Las inundaciones que la tormenta Boris provocó en septiembre de 2024 en Europa central –con 27 víctimas mortales, evacuaciones y daños generalizados– fueron más graves por el cambio climático de lo que indica la lluvia caída. Un nuevo estudio ha calculado que el calentamiento global ha amplificado las crecidas de los ríos entre 2,1 y 2,9 veces más que las precipitaciones, de modo que medir solo la lluvia subestima el peligro real de inundación.

Sumario

 

El trabajo, dirigido por Peter Miersch, del Centro Helmholtz de Investigación Ambiental (UFZ, por sus siglas en alemán), se ha publicado el 28 de octubre en la revista Science Advances con el título “La evidencia de la tormenta Boris de 2024 indica que el cambio climático antropogénico amplifica las inundaciones más que las precipitaciones extremas” (del inglés, “Evidence from 2024 Storm Boris indicates anthropogenic climate change amplifies floods more than extreme precipitation”)(1). Participan en él otros ocho investigadores, entre ellos el catedrático Jakob Zscheischler, también del UFZ y de la Universidad Tecnológica de Dresde.

 

Más crecida que lluvia

 

Sin el cambio climático causado por el ser humano, la lluvia de Boris habría sido entre un 6 % y un 9 % menor, pero los picos de crecida –el caudal máximo que alcanza un río– habrían sido entre un 14 % y un 22 % menores en promedio. Es la diferencia que ha medido el equipo en cientos de cuencas afectadas de Austria, la República Checa y Polonia, donde localmente cayeron cerca de 400 milímetros en cinco días, el equivalente a 400 litros por metro cuadrado.

En todas las combinaciones de modelos, el aumento de las crecidas fue entre 2,1 y 2,9 veces mayor que el de la precipitación

En todas las combinaciones de modelos, el aumento de las crecidas fue entre 2,1 y 2,9 veces mayor que el de la precipitación, según el estudio. Los investigadores han combinado dos modelos climáticos con dos modelos hidrológicos –programas que calculan cómo la lluvia que cae en una cuenca acaba convertida en caudal–, y uno de estos últimos utiliza aprendizaje automático. Pese a los distintos enfoques, el patrón se repitió siempre.

El análisis se ha centrado en las cuencas donde Boris provocó inundaciones extremas: de las 1.397 cuencas estudiadas, en 484 la crecida superó la que cabe esperar, por término medio, una vez cada 25 años, y en 103 de ellas superó incluso la esperable una vez cada 200 años.

Un ejemplo es la estación de Nysa, en el río Nysa Kłodzka (Polonia), una zona con graves daños por la inundación. Allí, la crecida habría sido entre un 10,5 % y un 13,4 % menor sin cambio climático, mientras que la lluvia acumulada habría sido entre un 7,0 % y un 8,6 % menor. En este punto, el aumento de la crecida fue entre 1,4 y 1,6 veces el de la precipitación, una proporción inferior a la media del conjunto de cuencas.

Los efectos no fueron iguales en todo el territorio. Con uno de los modelos climáticos, la reducción de las crecidas sin cambio climático habría sido mayor en el oeste de la región –la frontera entre la Alta Austria y la Baja Austria, la frontera entre Bohemia y Moravia, y la provincia polaca de Dolnośląskie (Baja Silesia)–, mientras que en el este los cambios habrían sido pequeños o incluso habría un ligero aumento. Con el otro modelo, la reducción es más uniforme.

 

Por qué el suelo lo agrava

 

La explicación está en cómo responde una cuenca a la lluvia adicional. Al empezar un episodio de lluvia intensa, el suelo absorbe parte del agua; pero, cuando se satura, ya no admite más y el agua extra pasa a circular hacia el río, lo que se conoce como escorrentía.

Una vez que el suelo está saturado, las precipitaciones adicionales provocan un aumento particularmente pronunciado de la escorrentía

Una vez que el suelo está saturado, las precipitaciones adicionales provocan un aumento particularmente pronunciado de la escorrentía, destacan los autores. “El suelo puede absorber inicialmente parte de la lluvia durante un evento de lluvia intensa. Pero con el tiempo, el suelo se satura y cada milímetro adicional de lluvia fluye directamente al río”, explica Peter Miersch, autor principal del estudio.

Además, sin cambio climático no solo habría llovido menos, sino que la lluvia se habría convertido en picos de crecida con menos eficacia.

Para llegar a estas cifras, el equipo ha recurrido a un enfoque de storylines (del inglés, “historias”), que consiste en reproducir la tormenta tal y como ocurrió –con la misma circulación atmosférica– y repetir la simulación con las concentraciones de gases de efecto invernadero de la época preindustrial. Así se aísla el efecto del calentamiento de origen humano sobre la cantidad de lluvia.

Los investigadores han mantenido iguales las condiciones previas a la tormenta, como la humedad del suelo, y han comparado el mismo paisaje actual bajo distintas condiciones climáticas.

Estudios previos de atribución del cambio climático ya habían demostrado que el calentamiento global intensificó las precipitaciones durante Boris. Sin embargo, solían limitarse al evento meteorológico en sí, de modo que los efectos sobre el riesgo de inundación seguían sin estar claros.

 

Protección y límites del estudio

 

Este efecto es especialmente relevante cuando las medidas de protección contra inundaciones se diseñan para umbrales concretos. Las evaluaciones del riesgo y la protección en zonas inundables que solo consideran los cambios en las precipitaciones extremas pueden, por tanto, subestimar el aumento del peligro.

Si el cambio climático incrementa las precipitaciones extremas en un 10 %, no significa que las inundaciones aumentarán solo en un 10 %

JAKOB ZSCHEISCHLER, UFZ

“Si el cambio climático incrementa las precipitaciones extremas en un 10 %, no significa que las inundaciones aumentarán solo en un 10 %. Podrían aumentar también en un 20 %. Si los niveles de inundación superan los umbrales para los que se diseñan las medidas de protección, pueden producirse daños extensos muy rápidamente”, afirma Jakob Zscheischler, investigador climático del UFZ y catedrático de Análisis de Datos en Ciencias Hidrológicas de la Universidad Tecnológica de Dresde.

Los autores creen que sus resultados probablemente se extienden más allá de Boris a otras inundaciones en entornos similares, aunque la proporción exacta depende del episodio de lluvia y de las características de cada cuenca. También señalan que la relación entre la intensidad de la crecida y los daños no es lineal, por lo que cabe esperar que reducciones modestas de lluvia supongan reducciones desproporcionadas de daños y víctimas.

Los investigadores han limitado deliberadamente el alcance del trabajo. El estudio no establece si el cambio climático hace más o menos probable que se repitan patrones meteorológicos como el de Boris, y tampoco ha tenido en cuenta los cambios en el uso del suelo ni en la gestión del agua.

Los modelos climáticos empleados tienen una resolución espacial gruesa –en torno a un grado de latitud y longitud– y encajan especialmente bien con un episodio de lluvia como el de Boris, mientras que tienen más dificultades con las tormentas convectivas. Por eso, el equipo propone como siguientes pasos usar simulaciones de mayor resolución, incorporar el estado previo de humedad del suelo y de nieve, y extender el método a más episodios.

Los resultados demuestran, concluyen los autores, que los cambios en los riesgos de inundación asociados al cambio climático no pueden evaluarse únicamente por las variaciones de la lluvia. Al valorar los riesgos futuros y desarrollar estrategias de adaptación, es fundamental considerar todo el proceso, desde el fenómeno meteorológico hasta el caudal del río.

 

Referencias

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