El mercurio que la humanidad lleva siglos liberando no desaparece: se acumula en suelos y océanos y el calentamiento global puede volver a ponerlo en circulación. Dos investigadores han advertido de que el clima cambiante podría aumentar los riesgos de este metal tóxico para la salud y los ecosistemas, incluso aunque las emisiones humanas sigan bajando.
Así lo han planteado Aryeh Feinberg y Alfonso Saiz-Lopez en un artículo de perspectiva publicado el 8 de octubre de 2026 en la revista Science(1). Los autores sostienen que el cambio climático puede movilizar el mercurio acumulado durante siglos y favorecer su transformación en metilmercurio, una forma muy tóxica, de modo que reducir las emisiones actuales podría no ser suficiente.
Un veneno que se recicla
Las personas emiten mercurio desde hace milenios. Las primeras liberaciones fueron involuntarias, durante la refinación de metales en la Antigüedad. A mediados del siglo XVIII, con la Revolución Industrial, se dispararon por el uso comercial e industrial del metal y por la quema de combustibles fósiles, que contienen trazas del elemento.
La concentración de metilmercurio se multiplica a medida que asciende por la cadena alimentaria y perjudica a los grandes depredadores, entre ellos los humanos
La concentración de metilmercurio se multiplica a medida que asciende por la cadena alimentaria y perjudica a los grandes depredadores, entre ellos los humanos, al dañar sus funciones reproductivas, neurológicas y cardiovasculares. El metilmercurio aparece cuando el mercurio inorgánico incorpora un grupo químico llamado metilo, un proceso conocido como metilación. También se genera como subproducto en plantas químicas que han usado sales de mercurio como catalizadores.
En las décadas de 1950 y 1960, los vertidos de metilmercurio de plantas químicas a bahías locales de Japón causaron brotes de la enfermedad de Minamata, un trastorno neurológico irreversible provocado por una intoxicación grave. Aquellos casos aumentaron la conciencia mundial sobre los riesgos de la contaminación por mercurio.
En 2013 se acordó el Convenio de Minamata de las Naciones Unidas, un tratado mundial que prevé aplicar la mejor tecnología disponible para limitar las emisiones de centrales eléctricas e instalaciones industriales, eliminar la minería primaria de mercurio y retirarlo de procesos químicos y productos de consumo.
Las políticas inspiradas en el convenio han dado resultados. El mercurio medido en la atmósfera desciende en Europa y Norteamérica desde los años noventa y en Asia oriental desde la década de 2010. Por eso se espera que también baje en los organismos acuáticos, aunque la recuperación de los peces depende de las características de cada cuenca: su tamaño, su hidrología y la química de sus suelos y sedimentos.
Se prevén nuevos recortes de las emisiones humanas, con la excepción de las fuentes más difíciles de regular, como la minería artesanal y de pequeña escala de oro.
Incendios, deshielo y calor
Aun con menos emisiones, los niveles de mercurio en el ambiente seguirán altos durante muchos años por culpa del mercurio heredado –el acumulado durante siglos en suelos y aguas–. Ese mercurio sigue circulando entre el océano, la tierra y la atmósfera y puede quedar atrapado en la biosfera durante siglos.
Alrededor del 60 % de las emisiones actuales de mercurio procede del mercurio heredado que se vuelve a evaporar desde los océanos y la superficie terrestre
Alrededor del 60 % de las emisiones actuales de mercurio procede del mercurio heredado que se vuelve a evaporar desde los océanos y la superficie terrestre, según el análisis. Un 30 % tiene origen en actividades humanas directas y el 10 % restante, en fuentes geológicas naturales. Si las emisiones humanas bajan, el peso de este legado en el ciclo del mercurio crecerá, pero los autores recuerdan que el impacto del clima sobre estas reservas sigue siendo en gran parte desconocido.
En tierra, la vegetación absorbe mercurio de la atmósfera y lo traspasa a los suelos, donde queda almacenado durante décadas o siglos. El calentamiento altera ese depósito. Los incendios forestales pueden volatilizar el mercurio de suelos y vegetación, y el aumento de las temperaturas podría liberar el que permanece encerrado en el permafrost, el suelo helado.
Hay efectos que se compensan. Un clima más cálido alarga las estaciones de crecimiento y, con el llamado efecto de fertilización por carbono, puede impulsar el crecimiento de los bosques y su captación de mercurio. Pero más CO₂ y sequías más frecuentes hacen que las hojas mantengan cerrados sus poros, lo que dificulta que las plantas absorban el mercurio gaseoso.
El clima también cambia el viaje del mercurio por el aire, los océanos y la tierra. Los vientos y las lluvias modifican dónde llega el mercurio al océano. Además, las olas de calor intensas y el ozono de las capas bajas de la atmósfera pueden acelerar la transformación del mercurio gaseoso, poco reactivo, en formas solubles en agua que llegan a la superficie con la lluvia, la nieve o la niebla.
En las regiones polares, la menor cobertura de nieve y hielo marino altera los niveles de radicales de bromo, las sustancias que más contribuyen a oxidar el mercurio en la atmósfera, aunque no está claro en qué dirección irán los cambios. A la vez, el agua más cálida disuelve peor el mercurio y lo empuja hacia el aire, y la pérdida de hielo retira barreras físicas a ese intercambio. Donde el viento se debilite, en cambio, habrá menos turbulencia y el traspaso será más lento.
Más mercurio en el marisco
Los cambios del clima también influyen en el mercurio de los peces y mariscos. Se ha sugerido que el agua más cálida y la expansión de las zonas del océano sin oxígeno favorecen que los microbios conviertan más mercurio en metilmercurio, la forma que se acumula en la cadena alimentaria.
El descenso de la clorofila y del hielo marino deja pasar más luz al océano superficial y acelera la eliminación del grupo metilo del metilmercurio
El descenso de la clorofila y del hielo marino deja pasar más luz al océano superficial y acelera la eliminación del grupo metilo del metilmercurio por la radiación solar, mediante reacciones de fotodesmetilación, un efecto que actúa en sentido contrario al anterior. El resultado final depende, por tanto, de cómo se combinen todos estos procesos.
La dieta de los peces también cuenta. Entre los años setenta y 2000, el bacalao del Atlántico pasó a alimentarse de especies más grandes por la sobrepesca del arenque, y ese cambio hizo que acumulara más mercurio en su cuerpo. Los autores señalan que los futuros cambios en las redes alimentarias también pueden modificar el mercurio del marisco.
En zonas costeras y aguas dulces, la acumulación de mercurio es sensible a la materia orgánica y al mercurio que la lluvia arrastra desde tierra, procesos que se prevé que aumenten con el cambio climático. Esa materia orgánica estimula a los microbios que metilan el mercurio y eleva el metilmercurio en los organismos costeros.
Los autores piden centrar los estudios en regiones sensibles al clima, como el Ártico y los trópicos, donde comunidades indígenas dependen del pescado capturado localmente como principal fuente de proteínas y son especialmente vulnerables. Destacan el caso de la Amazonia, amenazada por más sequías e incendios y por los vertidos continuos de mercurio de la minería artesanal y de pequeña escala de oro.
Hoy, muchos pronósticos consideran solo unos pocos mecanismos o se basan en un único modelo. Los autores proponen combinar mediciones de campo y de laboratorio, mantener una vigilancia atmosférica a largo plazo y obtener más series de medidas en suelos y masas de agua, de las que hay muy pocas.
Los modelos actuales del ciclo global del mercurio suelen estudiar cada compartimento ambiental por separado, en lugar de tratar el intercambio entre ellos como un sistema conectado. Los nuevos modelos del sistema terrestre ofrecen un marco más completo, aunque deben contrastarse con observaciones actuales y con registros del pasado, como los testigos de hielo y los sedimentos.
Si el clima moviliza más mercurio heredado o agrava su metilación, las reducciones de emisiones previstas podrían no bastar para reducir los riesgos para el medio ambiente y la salud. Eso podría exigir recortes más estrictos de las actividades humanas para compensar los efectos del clima, concluyen los autores, que reclaman entender mejor su papel para orientar las políticas.
- (1) Climate change reshapes the global mercury cycle. Science.
Añadir EcoAvant.com como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Activar ahora



Comentarios