Prohibir los coches más contaminantes en el centro de las ciudades, cobrar un peaje por entrar en una zona de bajas emisiones o gravar los billetes de avión son medidas pensadas para recortar las emisiones que, sin embargo, despiertan un rechazo frecuente. La mayoría de la ciudadanía reconoce la realidad del cambio climático y afirma apoyar la acción climática en abstracto, pero ese respaldo se debilita en cuanto la política se traduce en una factura concreta.

Sumario

 

Una investigación publicada en la revista West European Politics (1) ha medido ese desgaste con dos experimentos aplicados a muestras representativas de la población española: 3.019 personas en abril de 2024 y 3.002 en noviembre del mismo año. El trabajo, firmado por Marc Guinjoan (Universitat Autònoma de Barcelona), Toni Rodon (Universitat Pompeu Fabra) y Joel Ardiaca (Universitat de Barcelona), concluye que informar de los costes de una medida reduce su apoyo de forma significativa, mientras que informar de sus beneficios apenas lo aumenta.

 

Diez políticas puestas a prueba

 

El primer experimento –llamado de viñetas, porque presenta a cada persona un escenario breve– se incluyó en las dos oleadas de encuesta y sometió a examen diez políticas climáticas, puntuadas en una escala de 0 a 10. Sin información añadida, las más aceptadas fueron limitar el número de cruceros, peatonalizar más calles y cerrar las centrales térmicas de carbón o petróleo, todas entre 6 y 7 puntos. Las menos respaldadas, por debajo de 5, fueron prohibir la venta de coches de combustión en 2035 y aplicar un impuesto progresivo a los vuelos.

Informar del coste reduce el apoyo medio en 0,3 puntos sobre 10, mientras que informar del beneficio solo lo aumenta en 0,04 y la subida no llega a ser significativa

Informar del coste reduce el apoyo medio en 0,3 puntos sobre 10, mientras que informar del beneficio solo lo aumenta en 0,04 y la subida no llega a ser estadísticamente significativa –es decir, es tan pequeña que puede deberse al azar–. La caída provocada por el coste, en cambio, es sistemática en casi todos los ámbitos.

El castigo, eso sí, no es uniforme. La mayor caída se produce al explicar el coste de reducir el regadío intensivo (–0,9 puntos), seguida del cierre de las centrales térmicas y de la implantación de un impuesto al carbono (–0,7 en ambos casos). En cambio, mencionar lo que cuesta peatonalizar calles, ampliar las zonas de bajas emisiones o restringir el tráfico en días contaminados no tiene ningún efecto medible.

Del lado de los beneficios, el efecto es escaso y desigual. Los mayores aumentos –en torno a 0,2 puntos– corresponden a peatonalizar más calles, por su impacto en el bienestar y la salud de los vecinos, y a reducir la superficie de regadío intensivo, por la sostenibilidad de la industria agroalimentaria local. En dos casos el mensaje positivo llegó incluso a restar apoyo: el fin de la venta de coches de combustión en 2035 y el veto a los vehículos no autorizados en jornadas de alta contaminación.

Esta asimetría subraya el desafío político de la acción climática: el dolor está más claro que la ganancia

Esta asimetría subraya el desafío político de la acción climática: el dolor está más claro que la ganancia. El fenómeno remite a un mecanismo psicológico bien documentado, la aversión a la pérdida –la tendencia a dar más peso a un quebranto inmediato y concreto que a una ganancia futura e incierta–, y explica por qué los costes de la transición son casi siempre más visibles que sus ventajas.

 

La suerte de los más pobres

 

El segundo experimento cambió de método. Presentaba a los encuestados dos ciudades ficticias y les pedía elegir en cuál preferirían vivir. Cada una combinaba cuatro medidas –zona de bajas emisiones, recogida de basura puerta a puerta, ayudas a la eficiencia energética de los edificios y entrega de paquetes solo en puntos de recogida–, un coste anual en impuestos y un beneficio esperado de 100, 300 o 500 euros por persona y año, además del efecto previsto sobre los vecinos más ricos y los más pobres al cabo de cinco años.

La probabilidad de elegir una ciudad sube a 0,60 cuando los más pobres mejoran y cae a 0,37 cuando empeoran, más de lo que mueve cualquier otro rasgo del experimento

La probabilidad de elegir una ciudad sube a 0,60 cuando los más pobres mejoran y cae a 0,37 cuando empeoran, más de lo que mueve cualquier otro rasgo del experimento: más que las propias medidas, más que su coste y mucho más que su beneficio. La redistribución se revela así como el factor más determinante.

El contraste con la otra cara del reparto resulta llamativo. Que los más ricos mejoren o empeoren apenas mueve la decisión: la probabilidad de escoger ese escenario es de 0,49 y 0,52, respectivamente, prácticamente un empate. Lo que pesa, por tanto, no es el resentimiento hacia los más acomodados, sino la preocupación por quienes menos tienen.

También en esta prueba el coste pesó más que el beneficio. Pasar de 100 a 500 euros anuales de ganancia esperada apenas alteró las elecciones –hubo incluso un empate perfecto entre los escenarios de 100 y 300 euros–, mientras que el mismo salto en el importe del recibo redujo con claridad la probabilidad de escoger esa ciudad.

El efecto de la equidad, sin embargo, es general y no específico. Cuando los autores comprobaron si la mejora de los más pobres cambiaba el apoyo a cada medida por separado, las diferencias no resultaron estadísticamente significativas. La justicia distributiva refuerza el paquete en su conjunto, no una política concreta.

 

Una brecha ideológica cada vez mayor

 

El respaldo varía con nitidez según la ideología. En la escala de 0 a 10, las personas de izquierdas puntúan las diez políticas con un 6,5 de media; las de centro, con un 5,4, y las de derechas, con un 4,7. Por simpatía de partido la horquilla se ensancha todavía más: 7,06 entre los votantes de Sumar y Podemos, 6,26 en el PSOE, 5,09 en el PP y 3,96 en Vox.

La política climática se está politizando cada vez más, y la oposición de la extrema derecha no solo refleja la actitud de sus votantes, sino que la refuerza

La política climática se está politizando cada vez más, y la oposición de la extrema derecha no solo refleja la actitud de sus votantes, sino que la refuerza. Así lo advierte el estudio, que señala a este espacio como actor central de la resistencia. En España, recuerda el estudio, Vox ha convertido el rechazo a la Agenda 2030 y la negación del cambio climático en un elemento central de su discurso.

Las diferencias no se limitan al nivel general de apoyo. Ante escenarios en los que los más pobres empeoran, la probabilidad de elegir esa ciudad baja hasta 0,34 entre los votantes de izquierda, 0,38 en el centro y 0,40 en la derecha: la sensibilidad al reparto está presente en todos los grupos, aunque sea más intensa a la izquierda.

El trabajo descarta además algunas explicaciones alternativas. Ni un mayor nivel educativo ni un mayor conocimiento político o climático se traducen en más apoyo a las medidas analizadas. Si acaso, quienes más saben sobre cambio climático reaccionan con más intensidad cuando se les informa del coste.

Estos resultados pueden ayudar a pasar de un apoyo abstracto a las políticas climáticas a un diseño más eficaz y socialmente aceptado de estas acciones

MARC GUINJOAN, Universitat Autònoma de Barcelona

“Estos resultados pueden ayudar a pasar de un apoyo abstracto a las políticas climáticas a un diseño más eficaz y socialmente aceptado de estas acciones”, ha señalado Guinjoan. La investigación concluye que subrayar la equidad en el reparto, abordar los costes con transparencia y adaptar la comunicación a cada segmento político son los ingredientes clave para que la acción climática sea, además de ambiental, políticamente viable.

Referencias

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