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El día que ardía el reactor cuatro llamaron a la puerta de Ivan Shilets para decirle que fuera a Chernóbil a rescatar sus ovejas. Nadie le explicó nada más. Hoy tiene 88 años y vive en la única casa habitada de Krasniahia, una aldea bielorrusa a 40 kilómetros de la central. El 26 de abril se cumplen 36 años del accidente de Chernóbil, y esta vez la efeméride llega con una guerra alrededor de la central.

Sumario

 

Mientras el núcleo del reactor cuatro ardía, el viento empujó hacia el norte buena parte de los residuos radiactivos y contaminó cerca de una cuarta parte de Bielorrusia. Antes de la invasión rusa de Ucrania, desde EcoAvant.com ya trabajábamos en este reportaje: nos acercamos a esa región fronteriza, a unos 30 kilómetros de la central, y recogimos los testimonios de los vecinos que todavía viven allí.

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Mapa de la extensión de la contaminación nuclear de la radiación resultante del accidente de la central nuclear de Chernóbil / Imagen: EcoAvant.com Mapa de la extensión de la contaminación nuclear resultante del accidente de la central nuclear de Chernóbil / Gráfico: EcoAvant.com

 

Krasniahia: la última casa habitada antes de la zona de exclusión

 

Iván y Vera Shilets viven en Krasniahia a 40 kilómetros de Chernóbil, permanecieron en su hogar tras el accidente. Iván trabajaba en una granja estatal / Foto: Alfons Rodríguez Ivan y Vera Shilets viven en Krasniahia, a 40 kilómetros de Chernóbil; permanecieron en su hogar tras el accidente. Ivan trabajaba en una granja estatal / Foto: Alfons Rodríguez

De las 20 casas que conforman Krasniahia, solo una está habitada. Sus dueños son Ivan Shilets y su mujer, Vera. Ambos tienen 88 años, son menudos y no dejan de sonreír, sentados en la cama de su habitación. Ivan, de cejas blancas pobladas y manos arrugadas y grandes, recuerda bien el día de la explosión.

Llamaron a mi puerta. Era el jefe de la granja estatal en la que trabajaba. Me dijo que había un incendio en la central y que tenía que ir a Chernóbil a evacuar el ganado. No me explicó nada más

IVAN SHILETS, vecino de Krasniahia, a 40 kilómetros de la central

"Llamaron a mi puerta. Era el jefe de la granja estatal en la que trabajaba. Me dijo que había un incendio en la central y que tenía que ir a Chernóbil a evacuar el ganado. No me explicó nada más", rememora. Cogió una furgoneta rudimentaria y se acercó a la planta a sacar sus ovejas. Por el camino se cruzó con convoyes militares y, sobre su cabeza, zumbaban los helicópteros. Cuando terminó, volvió a casa y se acostó sin saber qué estaba pasando. Pasarían varias semanas hasta que el Gobierno de la URSS explicara a los vecinos lo ocurrido.

A ellos los evacuaron en los días siguientes. Ivan y Vera se negaron a dejar su casa.

Los que se fueron y se realojaron en Minsk están hoy todos muertos. Se murieron de la pena. Nosotros estamos bien

IVAN SHILETS, vecino de Krasniahia, a 40 kilómetros de la central

"Los que se fueron y se realojaron en Minsk están hoy todos muertos. Se murieron de la pena. Nosotros estamos bien", relata Shilets. A su alrededor, decenas de aldeas lucen casas abandonadas, con los muebles cubiertos de polvo, mesas puestas y muñecas tiradas en el suelo con tierra en la cara. Como si todos hubieran salido corriendo, con lo puesto. El silencio es permanente y, en los bosques, los medidores de radiación empiezan a pitar.

 

Chernóbil voló al norte: el 70% de la radiación cayó en Bielorrusia

 

Además de en toda la zona de exclusión, a lo largo de toda el área afectada de la región de Gomel, en el sureste de Bielorrusia, existen cuantiosos cárteles que indican la radiación / Foto: Alfons Rodríguez En toda el área afectada de la región de Gomel, en el sureste de Bielorrusia, abundan los carteles que advierten de la radiación / Foto: Alfons Rodríguez

Nadie podía imaginarlo. El 26 de abril de 1986, durante una prueba de seguridad a baja potencia, el reactor número cuatro de Chernóbil experimentó un súbito aumento de potencia que lo sobrecalentó y provocó una explosión de hidrógeno.

La deflagración voló la estructura de hormigón y dejó el núcleo a cielo abierto

La deflagración voló la estructura de hormigón y dejó el núcleo a cielo abierto: los primeros helicópteros soviéticos que sobrevolaron el lugar vieron grafito ardiendo al rojo vivo y combustible bullendo a 2.500 grados. Era la mayor catástrofe nuclear de la historia.

Varios estudios estiman que el sur de Bielorrusia recibió entre el 60 y el 70% de la radiactividad, y allí hubo que desalojar a cerca de 300.000 personas

Varios estudios estiman que el sur de Bielorrusia recibió entre el 60 y el 70% de la radiactividad, y allí hubo que desalojar a cerca de 300.000 personas. Aunque la central está en Ucrania, la frontera queda a unos 30 kilómetros, y el viento y la lluvia empujaron la nube hacia el norte. Bielorrusia sigue siendo hoy el territorio más afectado: al sur de Gomel hay una zona de exclusión a la que está prohibido acceder por los altos niveles de contaminación. Justo antes de ese límite se alinean los últimos pueblos habitados, una frontera de aldeas donde los vecinos conviven como pueden con la radiación.

 

La catástrofe en cifras: de 31 muertos a 200.000

 

La catástrofe de Chernóbil en gráficos / Imagen: EA La catástrofe de Chernóbil en gráficos / Imagen: EA

El cesio y otros isótopos radiactivos llegaron hasta Suecia y Finlandia y se depositaron en otros puntos del hemisferio norte. La zona de exclusión que se cerró alrededor de la central ocupa 4.000 kilómetros cuadrados –más de seis veces y media Madrid–, pero el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA)(1) calcula que hay unos 150.000 kilómetros cuadrados contaminados en Bielorrusia, Rusia y Ucrania.

Unas 600.000 personas, los liquidadores, fueron movilizadas desde toda la Unión Soviética

Unas 600.000 personas, los liquidadores, fueron movilizadas desde toda la Unión Soviética, según los registros oficiales rusos: bomberos, médicos, militares, mineros, ingenieros y científicos que apagaron el fuego, descontaminaron la zona y levantaron el primer sarcófago. La central siguió funcionando hasta el 15 de diciembre de 2000, cuando se apagó el último de sus cuatro reactores, y la bóveda definitiva que hoy cubre el reactor cuatro –más de 30.000 toneladas, diseñada para aguantar un siglo– no se entregó a Ucrania hasta julio de 2019.

El recuento de víctimas va de los 31 muertos inmediatos que reconoce el OIEA a las 200.000 que calculó Greenpeace

El recuento de víctimas va de los 31 muertos inmediatos que reconoce el OIEA a las 200.000 que calculó Greenpeace en 2006 para Ucrania, Bielorrusia y Rusia entre 1990 y 2004. En medio caben casi todas las cifras: el Foro de Chernóbil –agencias de la ONU y los tres gobiernos– estimó en 2005 que unas 4.000 personas morirían de leucemia u otras enfermedades derivadas de la radiación; la Organización Mundial de la Salud contabilizaba 9.000 muertes por cáncer entre los liquidadores hasta 2006 y 230.000 personas reubicadas. En abril de 2021, el subdirector del Centro Nacional de Investigación de Medicina de Radiación de Ucrania, Viktor Sushko, resumía a la BBC por qué nadie cierra esa horquilla: el número real de afectados es imposible de determinar. Cinco millones de personas siguen viviendo en zonas contaminadas.

 

Ivankova y Stralichava: enfermos que no existen

 

Cuatro vecinas de Stralichava pasan la tarde junto a sus viviendas. La aldea perdió gran parte de sus habitantes. Los que se quedaron suelen sufrir las consecuencias: tiroides, tumores, problemas neuronales y otras secuelas / Foto: Alfons Rodríguez Cuatro vecinas de Stralichava pasan la tarde junto a sus viviendas; quienes se quedaron suelen sufrir problemas de tiroides, tumores y dolencias neuronales / Foto: Alfons Rodríguez

En Ivankova, otra de las aldeas fronterizas, solo quedan Alexandr Turchin y su madre. Las casas están cerradas con candado, con vegetación creciendo en los tejados y entre paredes medio derruidas. El medidor marca 0,90 microsieverts por hora, entre tres y nueve veces el fondo natural habitual, que suele situarse entre 0,1 y 0,3. Turchin está plantando patatas. Cuando termina, se sienta en una banqueta de madera en su cocina, se seca el sudor de la frente con la gorra y bebe un vaso de agua.

A veces no me reconozco a mí mismo en el espejo. Es por culpa de la radiación. Mi mujer me abandonó por esto y se llevó a mis hijos. Y nadie me ayuda

ALEXANDR TURCHIN, vecino de Ivankova

"A veces no me reconozco a mí mismo en el espejo. Es por culpa de la radiación. Mi mujer me abandonó por esto y se llevó a mis hijos. Y nadie me ayuda", dice Turchin, que padece daños neuronales y pérdidas de memoria. "El gobierno no me facilita trasladarme de aquí porque dice que lo que me pasa no tiene nada que ver con la radiactividad".

Cerca de allí, en otra aldea semiabandonada llamada Stralichava, cuatro mujeres con pañuelos en la cabeza y bastones en la mano gastan la tarde sentadas en un banco. A su alrededor, unas gallinas picotean el suelo, ajenas a la radiación del ambiente.

Me operaron de tiroides dos veces. Tengo diabetes y dolor crónico de huesos. Las autoridades dicen que es por mi edad, que no tiene nada que ver con Chernóbil

ALLA TOLIMACH, vecina de Stralichava

"Me operaron de tiroides dos veces. Tengo diabetes y dolor crónico de huesos. Las autoridades dicen que es por mi edad, que no tiene nada que ver con Chernóbil", se queja Alla Tolimach. Su caso es muy común en el sur de Gomel: son pocos los vecinos que no padecen tiroides, tumores, dolores o problemas neuronales. Ninguno está reconocido oficialmente como víctima de la radiación.

 

Los muertos que Minsk no cuenta

 

Un aula en la escuela abandonada cercana a Buda Koshelenko. Zona afectada por la radiación del accidente de Chernobil.Esta escuela fue abandonada años después / Foto: Alfons Rodríguez Un aula de la escuela abandonada cercana a Buda-Koshelenko, en zona afectada por la radiación; el centro se abandonó años después del accidente / Foto: Alfons Rodríguez

Según el Gobierno bielorruso, los muertos por la explosión son 50. Los estudios independientes aplastan esa cifra bajo muchos ceros. El más citado es el que dirigió el experto medioambiental ruso Alexey Yablokov, Chernóbil: consecuencias de la catástrofe para las personas y el medio ambiente(2), publicado en 2009 por la Academia de Ciencias de Nueva York: con un modelo matemático que suma las víctimas directas y las muertes posteriores por enfermedades asociadas, estima en 1,4 millones los afectados y en 800.000 los fallecidos. Es un trabajo discutido por parte de la comunidad científica, pero la distancia con las cifras oficiales resulta difícil de explicar.

Lo más peligroso de la contaminación radiactiva es la herencia genética. Un vecino contaminado que se va a vivir a España o a Italia, tiene hijos ahí, y habrá llevado la contaminación radiactiva a esos países. Y esos hijos la trasladarán a sus nietos

ALEXEY NESTERENKO, director del Instituto de Radioprotección de Bielorrusia (BELRAD)

"Lo más peligroso de la contaminación radiactiva es la herencia genética. Un vecino contaminado que se va a vivir a España o a Italia, tiene hijos ahí, y habrá llevado la contaminación radiactiva a esos países. Y esos hijos la trasladarán a sus nietos", explica Alexey Nesterenko, director del Instituto de Radioprotección de Bielorrusia (BELRAD), una institución independiente que estudia los efectos de la catástrofe. Y va más allá: "Los efectos de la radiación de bajo nivel sobre la salud humana no se conocen todavía. Hay elementos radiactivos que tardarán miles de años en desintegrarse. Y cuando lo hagan, no sabemos cuáles serán las consecuencias. Personalmente, opino que la humanidad desaparecerá antes que la radiactividad".

Cementerio de Gubarevichi, un pueblo fronterizo con la zona de exclusión. Aquí yacen algunas de las víctimas de la catástrofe / Foto: Alfons Rodríguez Cementerio de Gubarevichi, pueblo fronterizo con la zona de exclusión, donde yacen algunas de las víctimas de la catástrofe / Foto: Alfons Rodríguez

En Gomel, quedarse embarazada es una experiencia angustiosa: las madres esperan nueve meses para saber si sus bebés llegarán con algún legado radiactivo. En Buda-Koshelenko, un pueblo muy cercano a la zona de exclusión, vive Lyudmila Sukhval, de 39 años y tres hijos. El mayor, Stas, tiene nueve años y una enorme cicatriz en la cabeza: un tumor que no deja de reproducirse pese a las operaciones. Tampoco él está considerado víctima de Chernóbil.

Viví mis embarazos con mucha preocupación. Nos pasa a todas las mujeres de este pueblo. Rezamos durante nueve meses para que todo salga bien. Pero casi todos los niños aquí tienen problemas de salud

LYUDMILA SUKHVAL, vecina de Buda-Koshelenko

"Viví mis embarazos con mucha preocupación. Nos pasa a todas las mujeres de este pueblo. Rezamos durante nueve meses para que todo salga bien. Pero casi todos los niños aquí tienen problemas de salud", relata. Ella misma padece un cáncer de riñón del que prefiere no hablar: "Chernóbil es el terror silencioso. Nos va atacando a todos lentamente". Los datos muestran que la mortalidad y las visitas a los centros sanitarios se han disparado en Gomel desde 1986. El Gobierno insiste en que nada tiene que ver con la central.

 

El tabú de Lukashenko: el país que prefiere no recordar

 

El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, sin máscarilla, visita un hospital de Minsk para pacientes de la pandemia de covid-19 / Foto: The Conversation El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, sin mascarilla, visita un hospital de Minsk para pacientes de covid-19 / Foto: The Conversation

El accidente ocurrió cuando Bielorrusia formaba parte de la URSS. Alexander Lukashenko llegó al poder ocho años después, al ganar las elecciones de 1994, tres años después de la independencia. Desde entonces gobierna con mano de hierro este país de 9,5 millones de habitantes, situado en torno al puesto 50 del Índice de Desarrollo Humano de la ONU. En el referéndum de 1995 –calificado de farsa por la oposición– se impuso el ruso como lengua cooficial, se recuperó la bandera soviética y se integró la economía en la órbita de Moscú.

El Estado controla la mayor parte de la economía y de ella depende buena parte del empleo del país

El Estado controla la mayor parte de la economía y de ella depende buena parte del empleo del país: quien se rebela pierde el trabajo o queda señalado. Una élite de oligarcas afines al régimen decide qué empresa puede instalarse en Bielorrusia, que tiene además, según denuncia la oposición, una de las mayores proporciones de policías por habitante del mundo. Su servicio secreto –que conserva el nombre de KGB y cuyo cuartel general se erige sobre la Plaza de la Independencia de Minsk– está presente en sindicatos, prensa, asociaciones, centros culturales o despachos de abogados. "Bielorrusia se ha convertido en un Estado policial", resumía la hermana de la opositora encarcelada María Kolésnikova.

En agosto de 2020, Lukashenko se proclamó vencedor con más del 80% de los votos en su sexto mandato consecutivo. La legitimidad del resultado fue discutida y protestada(3), y la ola de protestas se sofocó con violencia, torturas y durísimas penas de prisión, como recogen los informes de Amnistía Internacional(4). En diciembre de 2021, un tribunal condenó a 18 años de cárcel(5) al líder opositor Serguéi Tijanovski.

Los restos y enseres que muchos de los vecinos de los pueblos más cercanos en Bielorrusia a la frontera con Ucrania dejaron atrás, todavía se pueden ver hoy en las viviendas deshabitadas / Foto: Alfons Rodríguez Los enseres que los vecinos dejaron atrás todavía se ven hoy en las viviendas deshabitadas de los pueblos bielorrusos próximos a la frontera / Foto: Alfons Rodríguez

La catástrofe y sus efectos siempre han sido un tabú para Bielorrusia

La catástrofe y sus efectos siempre han sido un tabú para Bielorrusia. El régimen trata de dejar atrás ese capítulo para defender los intereses y la reputación de su aliada y protectora, Rusia, para blanquear su propia gestión y para despejar el camino a futuros proyectos nucleares de inversión rusa. Ese hermetismo es el que explica, en los pueblos de Gomel, que ningún enfermo sea nunca un enfermo de Chernóbil.

 

La guerra, el Bosque Rojo y una central nueva a 500 kilómetros

 

Los presidentes de Rusia y Bielorrusia, Vladimir Putin y Alexander Lukashenko / Foto: EP Los presidentes de Rusia y Bielorrusia, Vladímir Putin y Alexander Lukashenko / Foto: EP

El 24 de febrero de 2022, las tropas rusas entraron en Ucrania –en buena parte desde territorio bielorruso– y empezó la guerra. Al día siguiente, Rusia anunciaba que había tomado las instalaciones atómicas ucranianas y revivía el fantasma del peor siniestro nuclear de la historia. El personal técnico siguió operando en el mantenimiento de la planta, según confirmó(6) el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). La viceprimera ministra ucraniana, Iryna Vereshchuk, calificó las acciones del Kremlin de "irresponsables y poco profesionales" porque suponían "una amenaza muy grave no sólo para Ucrania, sino también para cientos de millones de europeos".

El gran susto llegó el 4 de marzo, cuando un bombardeo ruso provocó un incendio en la central de Zaporiyia, la mayor de Europa. El ministro de Exteriores ucraniano, Dmytró Kuleba, advirtió de que, si el complejo estallaba, las consecuencias serían "10 veces mayores que las de Chernóbil". Propaganda de guerra o no, el pánico cundió, alimentado por el alarmismo de buena parte de los medios. Después llegaron la alerta de las fuerzas nucleares rusas y las alusiones de Joe Biden a una tercera guerra mundial. El clima preapocalíptico disparó la venta de búnkeres y de equipos de protección.

Edificio destruido en la ciudad ucraniana de Mariúpol / Foto: EP Edificio destruido en la ciudad ucraniana de Mariúpol / Foto: EP

A finales de marzo, la inteligencia estadounidense detectó la retirada de las tropas rusas de Chernóbil. Las autoridades ucranianas no han podido restablecer los sistemas de vigilancia por falta de electricidad y de servidores, y Rusia ha evacuado a cerca de 300 soldados con altas dosis de radiactividad tras haber estado atrincherados en el Bosque Rojo, el pinar que la lluvia radiactiva mató en los diez kilómetros alrededor de la central y que sigue siendo una de las áreas más contaminadas del planeta, según los informes de la Primera Conferencia Internacional sobre los Efectos del Accidente de Chernóbil(7).

Algunas personas y viajeros a la zona afectada se han acostumbrado a llevar y usar un medidor de radiación para evitar zonas más expuestas / Foto: Alfons Rodríguez Quienes viajan a la zona afectada se han acostumbrado a llevar medidor de radiación para evitar los puntos más expuestos / Foto: Alfons Rodríguez

En la zona de exclusión, mientras tanto, vuelven a verse aves, castores y lobos. Plantas y animales soportan la radiación de manera distinta a los humanos y, pese a las mutaciones documentadas sobre todo en aves y vegetales, hay especies que perduran; incluso se han hallado hongos junto a los restos del núcleo que se alimentan de la propia radiación. La ausencia de personas explica buena parte de esa recuperación.

Bielorrusia construye una nueva central nuclear a unos 500 kilómetros de Chernóbil y a medio centenar de Vilnius

Bielorrusia construye una nueva central nuclear a unos 500 kilómetros de Chernóbil y a medio centenar de Vilnius. El plan venía de los años ochenta y se suspendió tras la explosión de 1986; lo retomó Rusia, que financió con un crédito multimillonario los dos reactores de Astravets, construidos por Rosatom. El primero se conectó a la red en noviembre de 2020 y el segundo sigue pendiente. Las autoridades aseguran que no hay nada que temer, que se cumplen todos los requisitos internacionales y que la planta evitará millones de toneladas de emisiones al año. Quienes se oponen lo tienen difícil: el régimen advirtió de que hacerlo sería un ataque a los intereses nacionales. Lituania, en cambio, no ha dejado de protestar.

Si ustedes [Occidente] transfieren armas nucleares a Polonia o Lituania, a nuestras fronteras, entonces recurriré a Putin para recuperar las armas nucleares que entregué sin condiciones en 1994

ALEXANDER LUKASHENKO, presidente de Bielorrusia

"Si ustedes [Occidente] transfieren armas nucleares a Polonia o Lituania, a nuestras fronteras, entonces recurriré a Putin para recuperar las armas nucleares que entregué sin condiciones en 1994", advirtió Lukashenko tras el referéndum que cambió la Constitución para que el país pueda volver a albergar armamento nuclear. Niega haber participado en la invasión de Ucrania –"no tenemos nada que hacer allí", dijo, "no hemos sido invitados"–, aunque las tropas rusas atacaron desde su territorio y con su permiso.

A 40 kilómetros de la central, en la única casa habitada de Krasniahia, Ivan y Vera Shilets siguen sentados en la cama de su habitación, sonriendo. Vieron arder el reactor cuatro, se negaron a marcharse y llevan 36 años conviviendo con lo que no se ve. Ahora, al otro lado de la frontera, hay una guerra.

Y en los papeles no hay ni un solo enfermo de Chernóbil.

Referencias

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