El humo de los incendios ha agravado la contaminación por ozono troposférico en Estados Unidos entre 2006 y 2023 y ha añadido una carga creciente de mortalidad, especialmente entre la población mayor de 65 años, según un estudio publicado el 29 de abril de 2026 en Science Advances (1), que analiza este impacto porque hasta ahora la investigación se había centrado sobre todo en las partículas finas PM2,5.
Un riesgo poco medido
El trabajo concluye que el ozono generado o favorecido por el humo puede elevar la concentración diaria en superficie hasta 6,9 partes por mil millones en algunos puntos de control, lo que supone un aumento del 16% respecto a días sin humo comparables por condiciones meteorológicas.
Los autores explican que el humo de los incendios no solo transporta partículas finas, sino también gases precursores como compuestos orgánicos volátiles y óxidos de nitrógeno, capaces de favorecer la formación de ozono a nivel del suelo bajo determinadas condiciones.
El estudio estima que la exposición al ozono vinculado al humo causa una media de 2.045 muertes prematuras al año en la población mayor de 65 años entre 2006 y 2023, con un intervalo de confianza de 1.325 a 2.755 fallecimientos.
Diferencias con las partículas
La investigación subraya que los patrones del ozono asociado al humo no coinciden necesariamente con los de las PM2,5. En otras palabras, las zonas y los momentos con mayor carga de partículas no siempre son los mismos que los de mayor impacto por ozono.
Según los resultados, el aumento del ozono es más acusado en el este de Estados Unidos, especialmente en el sureste, mientras que las concentraciones más elevadas de partículas del humo se observan con más frecuencia en el oeste.
Los autores señalan que esta diferencia responde a varios factores, entre ellos la meteorología, la radiación ultravioleta, la temperatura, la distancia a los focos de fuego, la intensidad de los incendios y la química atmosférica local.
El trabajo también observa que, en condiciones de humo muy intenso, la relación entre PM2,5 y ozono puede debilitarse o incluso invertirse, porque una alta carga de aerosoles puede reducir la radiación y alterar las reacciones fotoquímicas que forman ozono.
Mortalidad en aumento
El estudio calcula que las muertes asociadas al ozono del humo equivalen al 15,8% de las muertes atribuidas a las PM2,5 del humo en el conjunto del periodo analizado. Sin embargo, esa proporción alcanzó el 61,5% en 2023.
Los autores destacan que la mortalidad por ozono procedente del humo ha mostrado una tendencia creciente y ha compensado parcialmente la reducción de muertes vinculadas al ozono no asociado al humo, cuya caída se relaciona con el descenso de emisiones precursoras de origen humano.
En concreto, el aumento de mortalidad por ozono del humo ha compensado un 24% de la tendencia descendente observada en la mortalidad por ozono no vinculado al humo.
El año 2023 aparece como un caso especialmente relevante. El estudio señala que fue el año con mayor ozono asociado al humo, con un incremento anual medio de 1,6 partes por mil millones en los monitores analizados, impulsado por episodios de transporte de humo a larga distancia.
La investigación también indica que en 2021 y 2023 la contribución del ozono del humo al total de la mortalidad por ozono alcanzó el 16% y el 26%, respectivamente, en la población mayor de 65 años.
Los mayores impactos se concentraron en el este y sur de Estados Unidos, donde coinciden niveles elevados de ozono asociado al humo y mayor densidad de población. Entre los estados con más muertes estimadas figuran Texas, Illinois y Florida.
El estudio advierte de que centrarse solo en las partículas finas puede subestimar o caracterizar de forma incompleta los riesgos sanitarios del humo de los incendios, ya que el ozono sigue una dinámica distinta y puede afectar a comunidades diferentes.
Los autores emplearon mediciones de calidad del aire en superficie, datos de satélite, información meteorológica y modelos de aprendizaje automático para comparar días con humo y días sin humo con condiciones similares de temperatura y radiación ultravioleta.
La investigación se basa en datos de 2006 a 2023 y utiliza el producto de penachos de humo del sistema HMS de la NOAA para identificar los días con humo, además de análisis de sensibilidad con concentraciones de PM2,5 en superficie.
Para estimar la mortalidad, los investigadores aplicaron funciones exposición-respuesta ya establecidas para el ozono de todas las fuentes, aunque reconocen que no existe todavía una función específica para exposición prolongada al ozono procedente del humo.
Esa limitación introduce incertidumbre, porque el ozono químicamente es el mismo con independencia de su origen, pero la exposición al humo puede ser más episódica y estar acompañada de otros contaminantes.
Pese a estas incertidumbres, los autores sostienen que sus conclusiones principales se mantienen: el ozono asociado al humo representa un riesgo sanitario creciente y sus efectos no quedan reflejados si solo se evalúan las PM2,5.
El estudio concluye que, ante un escenario en el que la frecuencia e intensidad del humo de incendios puede aumentar con el cambio climático, resulta necesario incorporar explícitamente el ozono del humo en las evaluaciones de riesgo, los sistemas de alerta temprana y las políticas de salud pública.




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