Los bosques urbanos deben reconocerse como infraestructura esencial para reforzar la resiliencia climática, la equidad social y la biodiversidad en las ciudades, según plantea un ensayo publicado en la revista científica PLOS Climate (1), que advierte de que la pérdida de árboles maduros puede tardar décadas en compensarse y reclama inversiones sostenidas, protección legal y una gestión basada en evidencias.

 

Infraestructura viva urbana

 

Su papel resulta clave para mantener ciudades habitables ante el aumento de las temperaturas, la expansión urbana y la pérdida de biodiversidad

Los autores y autoras sostienen que los bosques urbanos no son únicamente elementos ornamentales ni espacios verdes complementarios, sino una parte central de la infraestructura urbana en un contexto de emergencia climática. Su papel, señalan, resulta clave para mantener ciudades habitables ante el aumento de las temperaturas, la expansión urbana y la pérdida de biodiversidad.

El ensayo recuerda que, para 2050, cerca del 70% de la humanidad vivirá en ciudades, lo que intensificará la demanda de espacios verdes y de los servicios ecosistémicos que proporcionan. En este escenario, las áreas urbanas se sitúan en primera línea de la crisis climática porque concentran riesgos, pero también oportunidades de transformación.

El concepto de bosque urbano incluye todos los árboles y la vegetación leñosa presentes en los paisajes urbanos, desde centros urbanos hasta zonas periurbanas. Abarca bosques, arboledas, árboles de calles, parques, jardines y parcelas públicas o privadas, así como formaciones plantadas, espontáneas o remanentes.

Ayudan a reducir las temperaturas urbanas, disminuyen la contaminación y el ruido, favorecen la infiltración del agua en el suelo, ralentizan la escorrentía, proporcionan hábitat, protegen de la radiación ultravioleta y sostienen espacios de recreo y de valor cultural

Estos sistemas ofrecen múltiples beneficios: ayudan a reducir las temperaturas urbanas, disminuyen la contaminación y el ruido, favorecen la infiltración del agua en el suelo, ralentizan la escorrentía, proporcionan hábitat, protegen de la radiación ultravioleta y sostienen espacios de recreo y de valor cultural.

El artículo subraya también que los árboles urbanos contribuyen tanto a la adaptación como a la mitigación climática. Lo hacen al amortiguar fenómenos meteorológicos extremos, secuestrar carbono y reducir la demanda energética asociada a la refrigeración, además de favorecer estilos de vida más saludables y mejorar el bienestar.

 

Cuatro prioridades políticas

 

El trabajo identifica cuatro prioridades para cambiar la manera en que las ciudades planifican, financian y protegen sus bosques urbanos. La primera consiste en invertir en ellos como infraestructura viva esencial, con integración en marcos legales, financieros y de planificación, incluidos presupuestos municipales y contabilidad ecosistémica.

Esta prioridad implica tratar el cuidado del arbolado urbano de forma similar a otras infraestructuras básicas, como los sistemas de drenaje, las carreteras, los puentes o las redes de agua y electricidad. Para los autores, esta equiparación permitiría revertir la pérdida de árboles maduros, crear espacios de plantación viables y preservar la biodiversidad.

La segunda prioridad se centra en garantizar un acceso equitativo a los espacios verdes. El ensayo advierte de que la pérdida de cubierta arbórea suele ser más aguda en barrios densamente poblados, donde sus beneficios son más necesarios, y que el acceso desigual agrava injusticias sociales y ambientales.

En varios países, las comunidades de bajos ingresos y los grupos marginados suelen registrar menor cobertura arbórea, menos proximidad a espacios verdes y mayor exposición al calor urbano y a la contaminación del aire. Estas desigualdades elevan los riesgos de estrés térmico, mala calidad del aire y menor acceso a beneficios recreativos y de bienestar.

La tercera prioridad plantea incorporar los bosques urbanos en la gobernanza climática y de biodiversidad a escala global, nacional, regional y local. El texto propone integrarlos en planes nacionales de adaptación, contribuciones climáticas, estrategias de biodiversidad y planes de restauración de la naturaleza para mejorar la coherencia política.

Los autores señalan que esta integración debe acompañarse de financiación estable para la custodia, el mantenimiento y el seguimiento. Aunque las soluciones basadas en la naturaleza tienen un papel importante frente a desafíos climáticos y ambientales, el ensayo advierte de que la financiación suele centrarse en plantar árboles y no en garantizar su supervivencia a largo plazo.

El artículo estima que las soluciones basadas en la naturaleza necesitan más de 500.000 millones de dólares anuales para cumplir objetivos climáticos y de biodiversidad. En ese marco, plantea que bonos verdes, créditos de biodiversidad y mercados de carbono pueden complementar los presupuestos públicos destinados a los bosques urbanos.

La cuarta prioridad consiste en reforzar la resiliencia mediante una gestión adaptativa, con seguimiento continuo, participación comunitaria y decisiones basadas en evidencias. El texto defiende que los planes deben incorporar objetivos cuantitativos y alcanzables de cubierta arbórea, diversidad y calidad del hábitat.

 

Gestión y protección legal

 

Los árboles urbanos afrontan presiones crecientes, como sequías, estrés térmico, compactación del suelo, volumen limitado para las raíces, plagas, enfermedades invasoras, contaminación, heridas y vandalismo

El ensayo advierte de que los árboles urbanos afrontan presiones crecientes, como sequías, estrés térmico, compactación del suelo, volumen limitado para las raíces, plagas, enfermedades invasoras, contaminación, heridas y vandalismo. Estos factores pueden reducir el crecimiento del arbolado o provocar su mortalidad.

Estas amenazas se agravan cuando los bosques urbanos tienen baja diversidad de especies, una situación frecuente en el paisajismo urbano. La concentración de árboles de edades o tamaños similares también incrementa el riesgo de pérdida de copa, deterioro estructural y mortalidad simultánea.

Por ello, los autores y autoras defienden promover la diversidad taxonómica, genética, funcional y estructural para mantener la resiliencia y asegurar la estabilidad a largo plazo de los ecosistemas forestales urbanos. La selección de especies, añaden, debe responder a las condiciones locales y contar con las comunidades.

El texto también reconoce que los bosques urbanos pueden generar algunos efectos no deseados si no se planifican adecuadamente. Algunas especies pueden liberar alérgenos, emitir compuestos orgánicos volátiles biogénicos o causar daños en pavimentos, tuberías y otras infraestructuras cuando se plantan en ubicaciones inadecuadas.

Para reducir estos riesgos, el ensayo reclama una planificación inclusiva y basada en datos, que combine objetivos ecológicos con las necesidades y preferencias locales. La gestión debe equilibrar biodiversidad, función ecosistémica y demandas sociales, sin perder de vista la protección y restauración de los ecosistemas urbanos.

 

Los árboles maduros

 

Uno de los puntos centrales del trabajo es la defensa de los árboles maduros. Las autoras y los autores recuerdan que los ejemplares recién plantados no pueden reemplazar a corto plazo la cubierta perdida y pueden necesitar décadas para ofrecer servicios ecosistémicos comparables.

Por ese motivo, reclaman protecciones legales sólidas, mecanismos eficaces contra la tala ilegal, seguimiento transparente y participación comunitaria. Sin estas herramientas, advierten, los beneficios ecológicos, sociales y económicos de los bosques urbanos seguirán amenazados.

El ensayo concluye que replantear los bosques urbanos como infraestructura viva esencial permitiría construir ciudades más frescas, saludables, biodiversas y socialmente justas. En un contexto de urbanización creciente y presión climática, los autores consideran urgente invertir en ellos para asegurar beneficios a las generaciones actuales y futuras. 

Referencias

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