La edición de 2026 del Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía pone el foco en los pastizales, ecosistemas clave para la biodiversidad, la seguridad alimentaria y la resiliencia frente al cambio climático. Bajo el lema “Pastizales: Reconocer. Respetar. Restaurar.”, la jornada, que se conmemora el 17 de junio, tendrá a Kenia como país anfitrión.
La efeméride impulsada por Naciones Unidas vuelve a situar en primer plano uno de los grandes retos ambientales de nuestro tiempo: la degradación del suelo y el avance de la sequía. La jornada busca movilizar atención pública e institucional sobre la necesidad de preservar los recursos naturales, restaurar los ecosistemas degradados y actuar frente a un problema con consecuencias sociales, económicas y ambientales cada vez más visibles.
La edición de 2026 pone el foco en el valor estratégico de los pastizales para la resiliencia climática, la seguridad alimentaria e hídrica, la conservación de la biodiversidad y la protección de los medios de vida de comunidades pastoriles e indígenas.
Kenia pone el foco internacional sobre los pastizales
Kenia acogerá la celebración global de este año, organizada junto a la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación. La cita quiere situar a los pastizales en el centro de la conversación internacional para subrayar su papel en la resiliencia frente a la sequía, la disponibilidad de agua, la biodiversidad y el sustento de millones de personas.
La elección de Kenia refuerza la visibilidad de los territorios secos y de las comunidades que dependen directamente de estos ecosistemas. En un contexto marcado por la presión climática, la degradación del suelo y la competencia por los usos del territorio, el foco de este año invita a reconocer el valor ecológico, económico y social de los pastizales, respetar a sus custodios tradicionales y acelerar su restauración.
La conmemoración de 2026 quiere visibilizar soluciones impulsadas desde los territorios, la ciencia y las comunidades que conviven con la sequía y la degradación del suelo. El mensaje es claro: restaurar los ecosistemas degradados no es solo una necesidad ambiental, sino también una condición para fortalecer la seguridad alimentaria, reducir vulnerabilidades sociales y avanzar hacia un uso más equilibrado del territorio.
Orígenes de la celebración
La desertificación, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, se identificaron como los mayores desafíos para el desarrollo sostenible durante la Cumbre de la Tierra de Río de 1992. Fue dos años más tarde, en 1994, cuando se estableció la Convención de las Naciones Unidas para Combatir la Desertificación (CNULD-UNCCD) y se designó el 17 de junio como el "Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía". En 2007, se declaró el Decenio de las Naciones Unidas para los Desiertos y la lucha contra la Desertificación 2010-2020, con el objetivo de abordar la degradación de la tierra. Las partes de la CNULD trabajan juntas para mantener y restaurar la productividad de la tierra y el suelo, y para mitigar los efectos de la sequía en las zonas áridas y vulnerables. Desde 2017, esta entidad ha apoyado a numerosos países propensos a la sequía en el desarrollo de planes de acción nacionales para reducir los desastres causados por este fenómeno.
El 40 % de la superficie terrestre ya muestra signos de degradación
Según datos recientes de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, hasta el 40 % de las tierras del planeta están degradadas, con efectos directos sobre el clima, la biodiversidad, la seguridad alimentaria y los medios de vida de miles de millones de personas. Entre 2015 y 2019, al menos 100 millones de hectáreas de tierra sana y productiva se degradaron cada año, una superficie equivalente aproximadamente al tamaño de Egipto.
La restauración de tierras no solo es una prioridad ambiental: también es una inversión rentable. Cada dólar destinado a recuperar tierras degradadas puede generar entre 7 y 30 dólares en beneficios económicos, además de reforzar la productividad, la resiliencia hídrica y la estabilidad de las comunidades más expuestas.
Acelerar la restauración es clave para frenar esta tendencia. Los compromisos voluntarios internacionales ya alcanzan 1.000 millones de hectáreas para 2030, aunque, si continúan las tendencias actuales, será necesario restaurar 1.500 millones de hectáreas para avanzar hacia un mundo con degradación neutra de la tierra.
La degradación del suelo y la sequía golpean ya a miles de millones de personas
La desertificación se caracteriza por la degradación de las tierras en zonas secas, y sus consecuencias abarcan aspectos económicos, sociales y ambientales significativos. Entre estos impactos se encuentran la disminución de la productividad del suelo, el aumento del despoblamiento en áreas rurales y la pérdida de biodiversidad. Las causas de la desertificación son diversas, pero el cambio climático y la explotación insostenible de los recursos naturales son los principales impulsores.
La degradación de la tierra afecta ya a entre 3.000 y 3.200 millones de personas en todo el mundo. A ello se suma el avance de la sequía: el número y la duración de los periodos de sequía han aumentado un 29 % desde el año 2000, y en la actualidad más de 2.300 millones de personas viven en situación de estrés hídrico.
Las proyecciones científicas apuntan a un agravamiento del problema si no se acelera la acción. Para 2050, las sequías podrían afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial, mientras que entre 4.800 y 5.700 millones de personas podrían vivir al menos un mes al año en zonas con escasez de agua. En paralelo, la degradación de la tierra y la aridez creciente seguirán incrementando la presión sobre la agricultura, los ecosistemas y la estabilidad social.
España, entre los países europeos más expuestos a la desertificación
España no es ajena a esta realidad. Según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, el 74 % del territorio español es susceptible de verse afectado por procesos de desertificación, especialmente en las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas del país.
Las regiones más áridas de nuestro país, como el sureste peninsular y las zonas orientales de Canarias, figuran entre las áreas más expuestas. A ello se suman otros territorios vulnerables, como el valle del Ebro o algunas áreas de la meseta sur, donde la combinación de aumento de temperaturas, menor disponibilidad hídrica y presión sobre los suelos incrementa el riesgo de degradación.
El Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía vuelve así a recordar que la salud del suelo está estrechamente ligada a la del planeta y a la de quienes lo habitan. Cuidar los pastizales, restaurar los ecosistemas degradados y anticiparse a los efectos de la sequía no es solo una cuestión ambiental: es una decisión que afecta al bienestar, la economía y la vida cotidiana de millones de personas.
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