Rusia ha reanudado los bombardeos masivos sobre Ucrania tras rechazar la propuesta ucraniana de prorrogar la tregua de Oleshki, la pausa humanitaria más larga de la guerra, que permitió evacuar a cerca de 800 civiles de esa localidad ocupada de Jersón.

Sumario

 

La primera noche tras el vencimiento, Moscú lanzó 433 drones sobre territorio ucraniano. Todo ello a una semana de que Rusia, Ucrania y Estados Unidos retomen en Abu Dabi, el 10 y 11 de noviembre, las primeras conversaciones trilaterales desde febrero.

 

El mapa de la guerra hoy

 

Mapa de la guerra en Ucrania a 3 de noviembre de 2026 / Imagen: EA Mapa de la guerra en Ucrania a 3 de noviembre de 2026 / Imagen: EA

El mapa de la evolución de la guerra de Ucrania a 3 de noviembre de 2026 describe un conflicto encallado en una línea del frente con mínimos movimientos desde hace meses y con el absoluto predominio de la guerra aérea sobre ambas retaguardias.

Moscú mantiene bajo control la práctica totalidad de Lugansk, buena parte de Donetsk y amplias franjas de Zaporiyia y Jersón, además de Crimea. Trata de ganar terreno en la provincia de Járkov y de ampliar el territorio que controla en el este, mientras en la región anexionada de Donetsk se libran fuertes combates por su dominio.

Los impactos señalados dibujan la doble dirección de los ataques: los bombardeos rusos se concentran sobre Kiev, Sumy, Dnipró, Zaporiyia, Mykoláiv y Odesa, mientras los proyectiles ucranianos apuntan a Crimea. El mar Negro se ha convertido en otro campo de batalla, con el bombardeo de cualquier nave enemiga.

Un elemento añadido de riesgo es que los drones y naves lanzados por Rusia se acercan cada vez más a la frontera oeste de Ucrania y, por tanto, a territorio polaco y de la OTAN.

Cuánto terreno cambia de manos es, sin embargo, objeto de una disputa abierta entre contabilidades. El 16 de octubre, Putin cifró ante su jefe del Estado Mayor en 6.500 kilómetros cuadrados y 310 localidades lo conquistado desde enero, y sostuvo que Ucrania solo conserva el 10% de Donetsk.

El Instituto para el Estudio de la Guerra, un centro de análisis de Washington financiado por contratistas de defensa, rebaja esas cifras a unos 100 kilómetros cuadrados y 69 localidades, y calcula que Ucrania controla el 20,4% de Donetsk. Su método solo contabiliza avances confirmados por imágenes geolocalizadas, de modo que descarta todo lo que no puede verificar.

La distancia entre ambos relatos es de hasta 45 veces, pero ninguna de las dos fuentes es neutral y los verificadores tampoco coinciden entre sí: DeepState, un grupo cartográfico ucraniano, atribuyó a Rusia una ganancia neta de unos 47 kilómetros cuadrados en las cuatro semanas cerradas el 26 de octubre, justo lo contrario que el instituto estadounidense.

Zelenski, por su parte, afirmó el 1 de noviembre que Ucrania liberó 96,2 kilómetros cuadrados en octubre frente a los 85,8 tomados por Rusia. Las cifras de bajas humanas son aún más opacas: ninguno de los dos ejércitos publica sus propias pérdidas y los balances disponibles proceden en cada caso del adversario, sin verificación independiente.

 

Bombardeos contra la población civil

 

Dentro de la estrategia de predominio de las ofensivas aéreas de ambos bandos, se han multiplicado los ataques cruzados sobre las infraestructuras de la retaguardia del enemigo, con la guerra energética propia de cada invierno de nuevo en primer plano.

Para evitar esa escalada, Donald Trump anunció de manera unilateral una tregua energética, una iniciativa que ambos países han ignorado o han seguido apenas con cuentagotas, con sucesivos ataques sobre refinerías, complejos químicos e instalaciones energéticas.

Pero los ataques masivos también se han encaminado contra la población civil. El 29 de octubre, un dron ruso a reacción impactó contra un andén de la estación de tren de Dnipró donde esperaba un convoy con destino a Zaporiyia: mató al menos a 15 personas e hirió a otras 14.

El 2 de noviembre, al menos nueve bombas guiadas cayeron sobre una escuela de Komishuvaya habilitada como centro de reparto de ayuda humanitaria: al menos 31 personas murieron, según el balance de las autoridades regionales, que mantienen abiertas las labores de rescate.

Las autoridades regionales detallaron que el enemigo empleó primero bombas FAB-500 y después una FAB-3000, un artefacto de tres toneladas con casi tonelada y media de explosivo, empleado para destruir fortificaciones de hormigón.

Zelenski denunció que el ataque fue deliberado: "Los rusos sabían que esta era una edificación de uso humanitario". Este martes, un nuevo bombardeo contra un hospital y varias centrales eléctricas dejó al menos 73 heridos.

Además de la guerra aérea, con bombardeos mutuos y ataques a aeródromos, la batalla también se da en el agua: el mar Negro es un importante punto de comercio y comunicación donde se producen ataques mutuos contra petroleros, cargueros o cualquier tipo de barco del enemigo.

Esta guerra no tiene presencia solo en lo puramente militar, sino que también toma gran importancia la inteligencia, con la actuación de espías, infiltrados y múltiples actividades cruzadas de hackers y ataques informáticos.

La noticia esperanzadora llegó de la misión humanitaria conjunta organizada en Oleshki, en la línea del frente de Jersón y bajo ocupación rusa. El enclave recibió una labor previa de desminado y una posterior evacuación en autobuses hacia zonas más seguras, que engrosan una población ya marcada por el éxodo.

El alto el fuego estuvo vigente del 27 de octubre al 1 de noviembre, gracias a la mediación de la primera dama estadounidense, Melania Trump, con la participación del papa León XIV, y permitió la salida de cerca de 800 personas. Fue la pausa más larga de toda la guerra y ninguna de las partes denunció violaciones.

Kiev propuso prorrogarla, pero Moscú rechazó la oferta. De los 433 drones lanzados esa primera noche, la defensa ucraniana derribó o neutralizó 371. El portavoz del Kremlin sí valoró la operación de Oleshki como posible precedente para otras iniciativas humanitarias.

 

El malestar interno en Ucrania

 

Kiev llega a esa cita con una retaguardia tensionada. El 62% de los ucranianos cree que ninguno de los dos bandos está ganando la guerra y el 57% prefiere cesar las hostilidades y negociar un compromiso, según el sondeo que Rating Group realizó a primeros de octubre.

Ese mismo trabajo recoge que el 68% quiere que una eventual cesión territorial se decida en referéndum, y no por el presidente. El Instituto Internacional de Sociología de Kiev sitúa en el 45% a quienes ven el país en rumbo equivocado, con la decepción y la vergüenza como sentimientos más citados hacia el poder.

El descontento no equivale, sin embargo, a disposición a rendirse. El 76% sostiene que hay que resistir aunque Rusia deje al país sin luz, calefacción y alcantarillado este invierno, y el 61% considera inaceptable entregar el Donbás a cambio de garantías de seguridad.

El segundo frente interno es la corrupción. El 72% cree que ha aumentado desde la invasión y otro 72% responsabiliza personalmente a Zelenski de la de su entorno. La operación Midas destapó el desvío de unos 100 millones de dólares de la eléctrica estatal Energoatom, parte de ellos destinados a proteger la red de los ataques rusos.

Aquel caso costó el puesto a dos ministros y al jefe de la Oficina del Presidente. En octubre se sumaron dos imputaciones más: la compra de 5.100 drones con sobreprecios de hasta el 90% y el desvío de 43 millones de dólares en la empresa estatal de exportación de armamento.

El tercer foco es la movilización. La Fiscalía General contabilizó más de 311.000 causas por abandono de unidad y deserción hasta octubre de 2025, cuando dejó de publicar esa estadística. El defensor del pueblo, Dmytro Lubinets, habló el 22 de octubre de una crisis sistémica y de más de 6.000 denuncias contra los centros de reclutamiento en lo que va de año.

La tensión ha llegado a la calle. El cese del ministro de Defensa Mijailo Fédorov, en julio, desató la mayor ola de protestas desde 2022, con concentraciones en 33 ciudades, y el pasado 2 de noviembre decenas de vecinos se enfrentaron a militares ante un edificio del distrito de Bucha donde había movilizados y desertores retenidos.

De aquel episodio hay cuatro hospitalizados y varias investigaciones abiertas; las cifras de retenidos siguen en disputa entre la Guardia Nacional y las autoridades, y medios estatales rusos difundieron versiones sobre muertes que ninguna fuente independiente acredita y que la policía ucraniana desmiente.

Pese a todo, la confianza en Zelenski subió en octubre del 43% al 62% en apenas dos semanas, un efecto de cierre de filas que los sociólogos atribuyen a la presión de Washington. El malestar apunta a la gestión de la guerra, no a la causa.

 

Las conversaciones de Abu Dabi

 

Las conversaciones de Abu Dabi se celebrarán a nivel técnico y serán las primeras trilaterales desde febrero. Por parte estadounidense acudirán Steve Witkoff y Jared Kushner; Moscú envía como negociador jefe a Vladímir Medinski, el mismo que encabezó la ronda de Estambul de 2025, que solo se tradujo en canjes de prisioneros.

Las exigencias rusas siguen sin moverse: renuncia de Ucrania a la OTAN, ausencia de tropas extranjeras en su territorio y control del conjunto del Donbás. Putin ha rechazado además un alto el fuego breve que, a su juicio, permitiría a Kiev reagruparse y rearmarse, y reclama en su lugar un acuerdo integral.

El Kremlin ha descartado cualquier presencia europea en la mesa, por lo que sería una reunión a tres. El canciller alemán, Friedrich Merz, ha exigido voz para Europa al sostener que las sanciones y la arquitectura de seguridad no pueden resolverse sin los europeos, y ha convocado una cumbre en Berlín el día 19.

En el escenario internacional, el Departamento de Estado autorizó el 30 de octubre la venta a Ucrania de 500 misiles Patriot PAC-3 por valor de 2.100 millones de dólares, después de que Kiev denunciara durante semanas los retrasos en el suministro.

Ucrania pagará esos interceptores con aportaciones de Canadá, Alemania y Noruega canalizadas a través del programa estadounidense Jumpstart, más fondos nacionales cubiertos por el préstamo de apoyo de la Unión Europea, cuyo siguiente desembolso Bruselas trata de agilizar.

El refuerzo, sin embargo, no es inmediato: los misiles aún no están fabricados y su entrega se proyecta ya entrada la próxima década, por lo que Kiev reclama al Pentágono que adelante material de los arsenales ya disponibles.

La operación se produce en medio de un giro estadounidense que ha levantado recelos en el bando europeo: antes de las legislativas, Washington relajó sanciones contra Moscú y cerró un acuerdo de compra de diésel ruso, con las sanciones sobre ese combustible suspendidas hasta abril de 2027.

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