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En Medyka, el ruido de las ruedas de las maletas llega antes que las personas. Después aparecen ellas, a ráfagas: mochilas, bolsas, niños en brazos y de la mano. Este pueblo polaco pegado a la frontera se ha convertido en la principal puerta de entrada a la Unión Europea para quienes huyen de la guerra en Ucrania.

Sumario

 

Dos meses después del inicio de la invasión rusa, el 24 de febrero, más de cinco millones de personas han huido de Ucrania. Más de la mitad –2,8 millones, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR)(1)– han cruzado a Polonia. Dicen que la primera víctima de una guerra es la verdad. Las siguientes, casi siempre, son los civiles.

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Entre el 19 y el 28 de marzo, EcoAvant.com recorrió por carretera los principales pasos fronterizos de cinco de los siete países que lindan con Ucrania: Medyka (Polonia), Vel’ke Slemence (Eslovaquia), Beregsurány (Hungría), Siret (Rumanía) y Palanca (Moldavia). Esta es la primera entrega de la serie. Sus escenas corresponden a aquellos días de marzo; sus cifras, a finales de abril.

Éxodo en la frontera de Ucrania por Medyka (Polonia) / Imagen: EcoAvant.com Éxodo en la frontera de Ucrania por Medyka (Polonia) / Imagen: EcoAvant.com

 

Medyka: la puerta de Europa se abre a ráfagas

 

Una mujer refugiada espera un autobús que sale desde Medyka, de Polonia / Foto: FFM - EA Una mujer refugiada espera un autobús que sale desde Medyka, de Polonia / Foto: FFM - EA

Tras la verja, Medyka es un pasillo de carpas y tiendas de campaña. Aquí se registra a cada persona que cruza y se reparten bebida, comida y tarjetas SIM polacas. Un poco más adelante esperan los autobuses: hacia centros de acogida como el del centro comercial Tesco, el más mediático de los primeros días, o hacia la estación de tren de Przemyśl, a menos de 15 kilómetros, desde donde se parte al resto de Europa.

La mitad de los niños de Ucrania ha abandonado su hogar en el primer mes de guerra

La mitad de los niños de Ucrania ha abandonado su hogar en el primer mes de guerra: más de 4,3 millones de los 7,5 millones de menores del país, según UNICEF(2). De ellos, 1,8 millones han cruzado una frontera y 2,5 millones son desplazados dentro del país. Son también los más expuestos a las redes de trata y explotación, que nunca desaprovechan una guerra. Por eso abundan en Medyka los puntos de ACNUR y UNICEF dedicados a la infancia: espacios para el descanso, la información y el apoyo psicosocial.

Medyka es uno de los ocho centros de acogida que Polonia ha abierto a lo largo de su frontera, junto a Dorohusk, Krościenko, Budomierz, Dołhobyczów, Zosin, Hrebenne y Korczowa. Ya no es como los primeros días, nos cuentan. El flujo ha disminuido: llegan a ráfagas y en menor cantidad.

Entre el tumulto de la crisis humanitaria y la solidaridad, alguien toca un piano

Entre el tumulto de la crisis humanitaria y la solidaridad, alguien toca un piano. Un instrumento de cámara a la intemperie, junto a una frontera. Las notas flotan sobre las carpas mientras siguen llegando maletas.

 

De los refugios de Járkov a un outlet de Korczowa: los que se van y los que se quedan

 

Olga, de 45 años, con sus tres hijos de 12, 13 y 17 años, en el interior de un vehículo en el Korczowa Dolina Centrum, en Polonia, a punto de partir hacia Madrid (España) / Foto: FFM - EA Olga, de 45 años, con sus tres hijos de 12, 13 y 17 años, en el interior de un vehículo en el Korczowa Dolina Centrum, en Polonia, a punto de partir hacia Madrid (España) / Foto: FFM - EA

Una furgoneta está a punto de partir hacia Madrid desde el aparcamiento del Korczowa Dolina Centrum, un outlet cercano a la frontera reconvertido en centro de acogida. Dentro esperan Olga, de 45 años, y sus tres hijos, de 12, 13 y 17. De España, reconoce, no sabe nada. Solo que a sus hijos les gustan el Real Madrid y el Barça.

Estar mejor que en Ucrania, que no haya guerra

OLGA, 45 años, refugiada de Járkov

"Estar mejor que en Ucrania, que no haya guerra", responde Olga cuando se le pregunta qué espera. Durante 21 días no pudo salir con los niños de un refugio en Járkov: las explosiones de misiles y bombas no daban tregua y los pequeños no dormían. Las autoridades de la ciudad les facilitaban agua, pero sin corredores ni ayuda humanitaria la supervivencia acabó siendo imposible.

Veintiún días sin salir.

Su marido se ha quedado para combatir. Sus padres, por "tozudez", lamenta. La ley marcial impide abandonar el país a los varones de entre 18 y 60 años, y por eso por esta frontera pasan, sobre todo, mujeres, niños y mayores.

Olga y sus hijos son cuatro de los 5.133.747 refugiados que, según ACNUR, han salido de Ucrania hasta el 21 de abril: el mayor éxodo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Tras Polonia, los principales destinos son Rumanía, Hungría, Moldavia y Eslovaquia; más de medio millón de personas han cruzado a Rusia. Dentro del país hay otros 7,7 millones de desplazados internos –el 17% de la población–, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM)(3), y 13 millones más, calcula ACNUR, atrapados en zonas de combate o sin poder salir de ellas.

Casi un tercio de Ucrania, en fuga.

Un grupo de personas refugiadas ucranianas cruzan de noche la plaza de las afueras de la estación de Przemyśl (Polonia) para subir a un autobús con destino a otra ciudad europea / Foto: FFM - EA Un grupo de personas refugiadas ucranianas cruzan de noche la plaza de las afueras de la estación de Przemyśl (Polonia) para subir a un autobús con destino a otra ciudad europea / Foto: FFM - EA

En el mismo centro trabaja Tommi Djala, voluntario finlandés de 39 años. Empezó en el Tesco y ahora organiza, entre tiendas de saldo que aún exhiben marcas como Zara, el alojamiento y el transporte de los refugiados hacia otras ciudades europeas. Como la furgoneta de Olga.

Kosta Shyrobokov es la otra cara de esa ley marcial. Ucraniano residente en Polonia, estaba fuera del país cuando empezó la guerra. Su esposa y sus dos hijas se marcharon a una ciudad lejos del frente que prefiere no revelar. Él se ha quedado aquí, en la retaguardia.

Lo nuestro no es una ayuda, es una misión. Damos asistencia a quienes salen, pero también recogemos material para los soldados

KOSTA SHYROBOKOV, voluntario ucraniano residente en Polonia

"Lo nuestro no es una ayuda, es una misión. Damos asistencia a quienes salen, pero también recogemos material para los soldados", dice Shyrobokov, mientras enseña en el móvil fotos de los chalecos antibalas, cascos y material militar que recolecta desde Polonia.

Los refugiados, explica, no quieren ir muy lejos, y acertar con lo que espera cada familia es clave: le consta que, cuando no se hace bien, las personas quedan desamparadas en sus destinos, vagando por las calles sin saber qué hacer. Dentro del centro –donde no nos permiten tomar imágenes– no se detiene: va de un pasillo a otro asesorando a compatriotas y guiando a los extranjeros que llegan en busca de refugiados a los que llevar a sus ciudades.

De Korczowa salen furgonetas. De Przemyśl, trenes.

 

Los andenes de Przemyśl: la vida que se detuvo un 24 de febrero

 

Yulia Soroka, una joven ucraniana de Vyshneve cerca de Kiev, la capital de Ucrania, espera un transporte en la estación de Przemyśl (Polonia) rumbo Frankfurt, Alemania / Foto: FFM - EA Yulia Soroka, una joven ucraniana de Vyshneve cerca de Kiev, la capital de Ucrania, espera un transporte en la estación de Przemyśl (Polonia) rumbo Frankfurt, Alemania / Foto: FFM - EA

Son las dos de la madrugada del domingo 20 de marzo, día 25 de la guerra, en la estación de trenes de Przemyśl. Junto al monitor que anuncia los trenes que llegan de Ucrania y parten hacia el resto de Europa espera Yulia Soroka, 25 años, ingeniera aeronáutica. Una mochila y una maleta. Nada más.

Caían y se escuchaban bombas y misiles constantemente

YULIA SOROKA, 25 años, ingeniera aeronáutica de Vyshneve

"Caían y se escuchaban bombas y misiles constantemente", cuenta, con los ojos húmedos. Pasó la última semana en un subterráneo de hormigón junto a su casa, en Vyshneve, cerca de Kiev. No había tanques, pero las sirenas sonaban hasta siete veces al día. Sus padres se han quedado: no logró convencerlos.

El sábado por la mañana salió en coche con una amiga. Ocho horas hasta la frontera. Un autobús hasta aquí. Ahora esperan un tren o un autobús a Fráncfort, donde las aguardan unos amigos. Su empresa, de servicios informáticos, sigue pagando los salarios. Algunos compañeros se han sumado a la defensa tras unos entrenamientos: "La mayoría realizan tareas de apoyo, de suministro o de logística en los puestos de control". En las farmacias ya escasean los medicamentos.

Hasta el 24 de febrero, su vida era la de cualquier joven europea: el trabajo, el gimnasio, los amigos el fin de semana. Había vuelto de unas pequeñas vacaciones tres días antes de la invasión. "La situación actual es una locura. Nadie podía imaginar hace tan solo un mes que esto iba a pasar".

Las bombas que escuchaba Yulia tienen ya una contabilidad provisional. Hasta el 21 de abril, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH)(4) ha documentado 2.435 civiles muertos –184 de ellos, niños y niñas– y 2.946 heridos. El propio organismo advierte de que las cifras reales son considerablemente más altas.

Una unidad móvil de TVP INFO, un canal polaco de noticias de la televisión pública en el interior de la estación de Przemyśl, Polonia / Foto: FFM - EA Una unidad móvil de TVP INFO, un canal polaco de noticias de la televisión pública en el interior de la estación de Przemyśl, Polonia / Foto: FFM - EA

La estación no siempre tuvo este orden. Julien De Lenart, voluntario belga, llegó hace una semana: "No podía quedarme en casa viendo esto por la tele y no hacer nada. Así se lo hice saber a mi jefe en el trabajo y entonces vine". Calcula que ahora llegan unas 10.000 personas al día, muchas menos que en las dos primeras semanas. En el móvil guarda una foto de entonces: "Había gente durmiendo en el suelo por todas partes aquí en la estación".

Era una auténtica pesadilla. Esto se les fue de las manos a todas las organizaciones. No daban abasto

JULIEN DE LENART, voluntario belga en la estación de Przemyśl

"Era una auténtica pesadilla. Esto se les fue de las manos a todas las organizaciones. No daban abasto", recuerda De Lenart. A su lado, su compañero de turnos, Illia Maslyanskyy, pone palabras a aquellos días: "Los primeros días no podían ni sentarse: estaba todo lleno de mujeres, niños, animales, voluntarios… Se palpaba la tristeza y olía a comida, a frío… Era el olor de la guerra".

 

Del Donbás a Kiev: la guerra que empezó en 2014

 

Los voluntarios de la Casa de Ucrania derecha Illia Maslyanskyy (ucraniano afincado en Canadá) y a la izquierda Julien De Lenart (procedente de Bélgica) / Foto: FFM - EA Los voluntarios de Casa Ucraniana: a la derecha, Illia Maslyanskyy (ucraniano afincado en Canadá), y a la izquierda, Julien De Lenart (procedente de Bélgica) / Foto: FFM - EA

Illia Maslyanskyy tiene 27 años y lleva al cuello una tarjeta: Intérprete de ucraniano. Vive en Canadá desde hace más de una década; al estallar la guerra pidió un mes libre en el trabajo, tomó un avión a Polonia y se hizo voluntario de la ONG Casa Ucraniana. Su familia ya lo perdió todo una vez: en 2014 vivían en el Donbás y dejaron atrás casa y negocios. Se instalaron cerca de Kiev y, tras ocho años de trabajo, reflotaron la economía familiar. Ahora han vuelto a huir, a un lugar que prefiere no revelar.

Y ahora, otra vez, volvemos a perderlo todo

ILLIA MASLYANSKYY, 27 años, voluntario e intérprete de Casa Ucraniana

"Y ahora, otra vez, volvemos a perderlo todo", dice. Ese otra vez resume la historia reciente de Ucrania. Para entenderlo hay que volver a 2013, cuando el entonces presidente, Víktor Yanukóvich, renunció a firmar un acuerdo de asociación con la UE y buscó a cambio un acercamiento a Rusia. La decisión desató las protestas proeuropeas del Euromaidán.

Tras tres meses de protestas en la plaza de la Independencia de Kiev, la violencia de febrero de 2014 dejó cerca de un centenar de muertos entre manifestantes y agentes. El 21 de febrero, Yanukóvich firmó con la oposición un acuerdo mediado por los ministros de Exteriores de Polonia, Alemania y Francia, pero esa misma noche abandonó la capital.

Al día siguiente, la Rada Suprema(5) aprobó su destitución con 328 votos, sin seguir el procedimiento de impeachment previsto en la Constitución, que exige tres cuartas partes de la cámara (338 diputados), como señaló entonces Radio Free Europe/Radio Liberty(6). Los juristas aún lo debaten. Moscú lo llamó “golpe de Estado” y lo convirtió en argumento para anexionarse Crimea. Para los manifestantes y la mayoría de gobiernos occidentales fue una revolución popular: la Revolución de la Dignidad.

Soldados ucranianos participan en ejercicios militares en la base del Batallón de Defensa Territorial Separado de Zaporizhzhya, el 18 de febrero de 2022, ante despliegue de tropas rusas en Ucrania / Foto: EP Soldados ucranianos participan en ejercicios militares en la base del Batallón de Defensa Territorial Separado de Zaporizhzhya, el 18 de febrero de 2022, ante despliegue de tropas rusas en Ucrania / Foto: EP

Lo que siguió fue una escalada con fechas. Marzo de 2014: un referéndum con un 97% de votos favorables sella la anexión de Crimea. Primavera de 2014: estallan las movilizaciones prorrusas en el Donbás, la tierra de la que huyó la familia de Illia. 2014 y 2015: los Acuerdos de Minsk intentan, sin éxito, apagar el conflicto. 21 de febrero de 2022: Moscú reconoce las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk y autoriza a sus tropas a entrar en ellas para el “mantenimiento de la paz”. 24 de febrero: Vladímir Putin anuncia una “operación militar especial” y los misiles alcanzan aeródromos y depósitos militares de Kiev, Járkov, Dnipró y Odesa. Empieza la guerra en Ucrania.

En menos de dos meses, el Banco Mundial(7) estima los daños materiales en edificios e infraestructuras en cerca de 60.000 millones de dólares, unos 55.494 millones de euros. Sin contar el coste económico. Sin contar el de las vidas.

Mis amigos que viven en Rusia odian la guerra porque entienden, como nosotros, que todos vamos a pagar la guerra de Putin

ILLIA MASLYANSKYY, 27 años, voluntario e intérprete de Casa Ucraniana

"Mis amigos que viven en Rusia odian la guerra porque entienden, como nosotros, que todos vamos a pagar la guerra de Putin", dice Maslyanskyy. Lo asombroso es la seguridad con la que afirma: "Putin ya ha perdido". No hace ni un mes que empezó la invasión y ningún analista se atreve a pronosticar su curso. "Aunque el coste de esta guerra será muy alto para nosotros, los ucranianos", matiza. Su certeza descansa en una convicción: "Queremos proteger nuestro país, nuestro patrimonio, nuestra historia. En comparación, el espíritu de los soldados rusos es muy débil".

 

Del muro de Bielorrusia al teatro de Przemyśl: la acogida y sus contradicciones

 

El presidente de Polonia, Andrzej Duda / Foto: EP El presidente de Polonia, Andrzej Duda / Foto: EP

En cuestión de meses, Polonia ha pasado de levantar un muro en la frontera con Bielorrusia para frenar las solicitudes de asilo a convertirse en el principal receptor de refugiados de la guerra de Ucrania. El país que en 2015 y 2016 encabezó, con el Grupo de Visegrado, el rechazo a las cuotas de acogida de Bruselas abre ahora sus casas, sus estaciones y hasta sus teatros.

Hasta ahora la respuesta ha venido casi exclusivamente de la sociedad civil

RAFAŁ PANKOWSKI, politólogo y portavoz de la asociación antirracista Never Again

"Hasta ahora la respuesta ha venido casi exclusivamente de la sociedad civil", advierte Rafał Pankowski, profesor del Collegium Civitas y portavoz de Never Again, en una entrevista con La Marea(8). Recuerda que, desde 2015 y hasta apenas dos semanas antes, el Gobierno no aceptaba refugiados y la actitud social era hostil; duda de cuánto durará la solidaridad y denuncia ataques racistas contra refugiados no blancos llegados desde Ucrania. ACNUR ha pedido los mismos derechos para todas las personas que huyen de la guerra; el Gobierno polaco asegura que acoge a todo aquel cuya vida corra peligro, sea cual sea su nacionalidad, según recoge Newtral(9).

La misma frontera. Distintas puertas.

La contradicción es también política. Gobernada por el partido ultraderechista Ley y Justicia (PiS) –con Mateusz Morawiecki como primer ministro y Andrzej Duda en la jefatura del Estado–, Polonia llevaba años haciendo bloque con Hungría frente a Bruselas: un procedimiento abierto por el artículo 7 del Tratado de la UE por riesgo de vulnerar los valores de la Unión, decenas de localidades declaradas libres de ideología LGTB. Hoy, el país de 38,5 millones de habitantes que dejó la órbita soviética en 1989, entró en la OTAN en 1999 y es la sexta economía de la Unión Europea(10) se reivindica como pieza clave frente a Moscú.

La guerra ha abierto grietas con Hungría, que no comparte su postura. Varsovia apoyó el Maidán en 2014; al inicio de la invasión, su Parlamento aprobó una declaración de "apoyo total" a Ucrania y, a finales de marzo, el Sejm sostuvo que "la evidencia disponible públicamente justifica que Vladímir Putin ya sea reconocido por el Sejm de la República de Polonia y la comunidad internacional como un criminal de guerra". Ha expulsado a 45 diplomáticos rusos por espionaje –Moscú lo atribuyó a las "directrices de la OTAN" y a la "franca rusofobia"– y por su territorio pasa buena parte del armamento que llega a Ucrania, incluidos los misiles tierra-aire Piorun de fabricación propia, según explica Daniel Szeligowski, del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales (PISM), a Franceinfo(11).

Unos jóvenes contemplan un lienzo en el que se puede leer ‘Solidaridad Ucrania’ en una de las plazas más céntricas de Przemyśl, Polonia / Foto: FFM - EA Unos jóvenes contemplan un lienzo en el que se puede leer ‘Solidaridad Ucrania’ en una de las plazas más céntricas de Przemyśl, Polonia / Foto: FFM - EA

Pero el motor de la acogida está en la calle. Los vínculos históricos y culturales entre polacos y ucranianos explican, según ACNUR, una ola de solidaridad "increíble". En Przemyśl, esa solidaridad tiene incluso escenario.

Teatro habilitado como centro de acogida de refugiados en la población de Przemyśl, Polonia / FFM - EA Teatro habilitado como centro de acogida de refugiados en la población de Przemyśl, Polonia / FFM - EA

En una plaza del casco histórico de esta ciudad de cerca de 60.000 habitantes se alza, tras un muro, la Casa de Ucrania: dos plantas, una oficina para trámites, varios despachos y un teatro. La platea y el escenario, presidido por el escudo de Ucrania, son ahora un dormitorio. Decenas de camillas en fila, cubiertas de mantas. A los lados, maletas, juguetes y los pocos enseres rescatados de una huida apresurada.

"Hay espacio para unas 80 personas. Acogemos a las de más edad o que vienen en un estado más débil", explica Lila Kalinowska, voluntaria de 41 años. La idea de este sitio “no oficial” es que nadie pase más de una noche, aunque no siempre se cumple: "Depende de cómo esté la gente. En realidad, no hay ninguna regla fija".

Alrededor, la gente carga el móvil, suspira o se tumba en silencio. Andrea, de 65 años, llegó de Leópolis el 4 de marzo y ordena los documentos con los que piensa seguir camino: "No importa el sitio, solo la seguridad".

Lumila, una mujer refugiada se lamenta de su huida de la guerra enJárkov, ante una cámara de Noticias Telemundo / Foto: FFM - EA Lumila, una mujer refugiada se lamenta de su huida de la guerra en Járkov, ante una cámara de Noticias Telemundo / Foto: FFM - EA

No me importan las condiciones. Solo quiero rehacer mi vida

LUMILA, refugiada de Járkov

"No me importan las condiciones. Solo quiero rehacer mi vida", dice Lumila. Como Olga, ha escapado de Járkov. Busca con quién viajar a Francia o a Bratislava. "En cuanto escuché las primeras explosiones fui a avisar a los vecinos y decidí marcharme", cuenta entre lágrimas.

En el aparcamiento de Korczowa, la furgoneta de Olga arranca hacia Madrid. Casi tres mil kilómetros por delante. Tres hijos que solo conocen de España dos equipos de fútbol. Un marido en el frente.

Veintiún días en un refugio.

Ni uno más.

Las cifras se cuentan por millones. Las maletas, de una en una. La de Yulia viaja hacia Fráncfort; la de Lumila, hacia Francia o Bratislava; los papeles de Andrea, hacia cualquier lugar seguro. Europa las reparte por sus ciudades mientras en Kiev escasean los medicamentos y sobre Járkov siguen cayendo misiles.

Pero en Medyka el sonido es otro.

Llegan sin casa.

Llegan sin los hombres que se han quedado a combatir.

Llegan con una mochila y una maleta.

En Medyka no se oyen las bombas. Se oye el exilio.

Referencias

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