Tras más de dos meses de amenazas y negociaciones, la mañana del 28 de febrero Estados Unidos e Israel iniciaron una operación militar a gran escala contra Irán. Los bombardeos no se limitaron a la infraestructura nuclear y militar del país. El ataque iba dirigido contra los principales líderes del país, incluido el líder supremo Alí Jamenei, el ministro de Defensa o el comandante de la Guardia Revolucionaria, que fueron asesinados bajo las bombas.
Los contraataques de Irán, por su parte, han golpeado en otros países de la región aliados de Estados Unidos y donde mantiene una importante presencia militar, como Baréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos, extendiendo la guerra por todo Oriente Próximo y cuestionando la rapidez que prometía la operación estadounidense.
El ataque sobre el régimen iraní es la culminación a cerca de dos años y medio de un conflicto que se inició con los atentados de Hamás el 7 de octubre de 2023, que a su vez hunde sus raíces en el histórico enfrentamiento árabe-israelí. Desde la masacre de la guerrilla palestina, Oriente Próximo ha vivido profundas transformaciones, con el mapa regional cambiando una y otra vez: la caída del régimen de Asad en Siria, la destrucción de la red de alianzas de Irán o la extensión del enfrentamiento a zonas marítimas estratégicas han volteado la geopolítica de la región. Ahora, con el ataque masivo sobre Irán, estos mapas ofrecen una guía para entender cómo se ha organizado el ataque, qué implicaciones tiene y qué futuro le espera a la República Islámica.
Estados Unidos, una presencia omnipresente en Oriente Próximo
El ataque contra el régimen de los ayatolás se ha apoyado en la extensa infraestructura militar que mantiene Estados Unidos en Oriente Próximo. La potencia norteamericana tiene más de una veintena de bases en trece países de la región. En ellas ya se encontraban desplegados entre 30.000 y 40.000 soldados.
Junto a esta presencia permanente, las negociaciones que se han alargado desde enero han servido como pretexto para ganar tiempo y preparar el mayor despliegue militar en la región desde la invasión de Irak en 2003. Este ha incluido el buque más moderno de la flota estadounidense, el USS Gerald R. Ford, que ha llegado desde el Caribe, o el portaaviones USS Abraham Lincoln, desde el mar del Sur de China.
Las bases militares de Estados Unidos en Oriente Próximo

El contraataque iraní se ha dirigido precisamente contra estas bases de Estados Unidos en Oriente Próximo, así como contra una base militar de Reino Unido en Chipre, además de barcos comerciales en el estrecho de Ormuz y zonas industriales y civiles en el golfo Pérsico. El objetivo de Teherán es enquistar el conflicto, extenderlo por la región y forzar a Estados Unidos y sus socios a negociar.
Irán se ha apoyado para estos ataques en el uso extensivo de drones. Más de 500 han sido interceptados en Emiratos Árabes Unidos, que junto con Israel, ha sido el principal blanco de los ataques, como confirma el análisis del Institute for the Study of War (ISW).
Junto a esto, Irán cuenta con el arsenal de misiles más grande y variado de Oriente Próximo, capaz de alcanzar Arabia Saudí e Israel, pero también objetivos en el mar Rojo, Turquía o incluso el extremo este de Europa.
El alcance de los misiles de Irán

Para completar el mapa del conflicto, el lunes también se reabrió el frente en Líbano con el enfrentamiento entre la milicia afín a Irán, Hezbolá, e Israel. Es el primer ataque de Hezbolá desde el alto el fuego firmado en 2024.
Irán después de Jamenei
El régimen que gobierna en Irán es el resultado de la revolución iraní de 1979, que desterró a la monarquía del sha e instauró una teocracia chií. Desde entonces, primero el ayatolá Ruhollah Jomeini y luego Alí Jamenei — que llevaba cuatro décadas al frente de Irán— han construido un aparato estatal fuertemente represivo en torno a instituciones como la Guardia Revolucionaria y el Consejo de Guardianes.

Las revueltas desatadas en los primeros días de 2026 por la crisis económica se suman a una larga historia de protestas caracterizadas por la fuerte represión del régimen. Las movilizaciones de este año, donde han sido asesinadas 7.000 personas, han llevado a un punto de no retorno la relación entre la población y el aparto de la dictadura. Pese a esto, la República Islámica ha sobrevivido de crisis en crisis y el asesinato de Jamenei no conduce directamente a la caída del sistema. Si bien el régimen está fuertemente centralizado y el ayatolá cuenta con un poder casi absoluto, Irán cuenta con herramientas suficientes para garantizar su supervivencia en contextos de presión.
La Constitución establece que, ante la muerte del líder supremo, un consejo provisional compuesto por el presidente, el jefe del poder judicial y un clérigo de alto rango seleccionado a través del Consejo de Conveniencia asuma temporalmente sus funciones hasta que la Asamblea de Expertos elija a un sucesor.
La verdadera incógnita es cómo se resolverá la pugna entre las distintas facciones internas dentro de ese proceso formal y en el contexto de una guerra abierta contra la principal potencia del mundo. La transición podría tomar varias direcciones. La primera sería la del continuismo clerical con una figura del ala dura que mantenga intacta la estructura actual, como Ali Larijani. También podría darse un mayor protagonismo de la Guardia Revolucionaria que empuje hacia un modelo más militarizado y nacionalista, o un liderazgo más pragmático que, sin alterar el núcleo del poder, busque aliviar la presión externa mediante una apertura limitada.
En último lugar, el colapso de la teocracia iraní podría desembocar en un vacío de poder que derive en una desintegración territorial del país. Irán es un mosaico étnico complejo en el que conviven, además de los persas, otras minorías fuertes con aspiraciones propias como los kurdos en el noroeste o los baluchíes en el sureste, relacionados con movimientos transnacionales más amplios.

En cualquier caso, el escenario preferido por Estados Unidos e Israel sería una transformación más profunda, incluso el regreso de la dinastía Pahlavi bajo la figura de Reza Pahlaví, hijo del último sha iraní y que ha defendido desde el exilio una transición democrática y una eventual ampliación de los Acuerdos de Abraham hacia Irán.
El factor energético: el estrecho de Ormuz
Poco después del inicio del ataque estadounidense e israelí, la Guardia Revolucionaria iraní declaró que el estrecho de Ormuz, uno de los principales corredores energéticos globales, no era seguro para el tránsito. El sábado el tráfico comercial en el estrecho se había reducido ya en un 70% y los precios del crudo comenzaron a aumentar. Sin embargo, el cierre militar no llegó hasta el lunes, cuando el comandante de la Guardia Revolucionaria de Irán advirtió que “prenderían fuego” a cualquier barco que intentara pasar.
Por Ormuz circula el 20% del crudo mundial, que asciende al 30% de todo el que se comercializa por mar. Además, en el golfo Pérsico se encuentran dos tercios de las reservas mundiales probadas de petróleo y un tercio de las de gas. Aunque Irán nunca había cerrado completamente el estrecho, siempre ha empleado a Ormuz como palanca en las escaladas de tensión.
El cuello de botella de Ormuz

Aunque el cierre del estrecho tendrá consecuencias severas también para el propio Irán, el régimen ha optado por esta medida como instrumento de presión para forzar negociaciones o un alto el fuego. Con apenas 32 kilómetros en su punto más estrecho, Ormuz es relativamente sencillo de bloquear desde el punto de vista militar.
Si el bloqueo se prolonga, el impacto sería inmediato: los productores del Golfo apenas podrán sostener su actividad unas semanas antes de saturar su capacidad de almacenamiento, lo que abriría la puerta a una crisis energética general. Europa, China y Estados Unidos se verían directamente afectados. Para Irán, es una forma de presión extrema, pero también una apuesta arriesgada: depende de esa misma vía para la mayor parte de sus exportaciones.
Si la interrupción se alarga, el precio del petróleo podría escalar rápidamente hacia los 100 dólares por barril, aumentando la presión económica y política también sobre Washington. Trump ya ha dejado entrever que la ofensiva podría prolongarse hasta un mes, aumentando la incertidumbre sobre la duración y consecuencias de la crisis.
El nuevo mapa de Oriente Próximo
La operación lanzada el sábado 28 de febrero se ha extendido rápidamente por Oriente Próximo. A los ataques contra las monarquías del Golfo y sus instalaciones energéticas se ha sumado la reactivación del frente libanés, con fuego cruzado entre Hezbolá e Israel. Si el conflicto culmina con la caída del régimen iraní, el equilibrio de poder en Oriente Próximo vivirá un profunda reconfiguración.
De hecho, esta nueva intervención no surge en el vacío, sino que constituye el desenlace de una reordenación regional iniciada en 2023 tras los ataques de Hamás del 7 de octubre y la posterior escalada.

El desmembramiento de Hezbolá, Hamás y el régimen sirio de Asad —tres de los cinco principales integrantes del Eje de la Resistencia— a manos de Israel y las dos rondas anteriores de ataques contra Irán en 2024 y junio de 2025 han debilitado profundamente la red de alianzas de Teherán y erosionado su influencia regional.
A ello se suma que Irán ha dejado de contar con el respaldo activo de Rusia, cuyo papel en la crisis actual ha sido limitado y se ha visto afectado por su guerra de desgaste en Ucrania y su incapacidad para sostener a sus aliados tradicionales en Oriente Próximo, incluido el régimen sirio de Asad.

El eventual colapso de la República Islámica dejaría un vacío de poder en el corazón de Oriente Próximo. Israel neutralizaría a su principal amenaza estratégica; Arabia Saudí reforzaría su posición frente a su rival en el mundo musulmán; y Turquía ampliaría su influencia en Siria y su entorno inmediato. Los tres son socios de Estados Unidos, pero no forman un bloque homogéneo y tienen sus propias agendas regionales.
Turquía e Israel chocan en Siria, con el primero intentando contener la cuestión kurda para asegurar su propia esfera de influencia. Arabia Saudí, por su parte, mantiene reservas ante una ampliación de los Acuerdos de Abraham. Las monarquías del Golfo pueden celebrar el debilitamiento de Irán, pero su modelo económico —basado en la estabilidad, el comercio y el turismo— es especialmente vulnerable a una escalada prolongada en la región.
Por su parte, los aliados europeos del E3 —Alemania, Francia y Reino Unido— han incrementado su apoyo a Estados Unidos, facilitando el uso de bases militares y considerando medidas que podrían implicar una escalada adicional contra Irán para proteger a sus aliados del Golfo.
Una intervención con muchos riesgos
Los ataques contra Irán se enmarcan en la idea más amplia de asegurar Oriente Próximo para Israel. Estados Unidos e Israel buscan consolidar un nuevo equilibrio regional que favorezca a sus aliados y deje a Irán fuera de juego. Sin embargo, la complejidad de las relaciones en el Golfo, la incertidumbre sobre la sucesión en Teherán y los riesgos energéticos muestran que esta escalada tiene numerosos riesgos.
Más allá de que un enfrentamiento largo ponga a Trump contra las cuerdas de cara a sus votantes, la experiencia de otras operaciones en la región no augura nada bueno en caso de que se alargue. En el caso de Irak, la ejecución de Saddam Hussein en 2006 fue el principio de un conflicto enquistado que derivó en cientos de miles de muertos y desplazados y una inestabilidad que condujo al nacimiento del Estado Islámico.
Pero incluso si la operación se resolviera en cuestión de semanas, tampoco está garantizado que el resultado sea un Oriente Próximo más estable. La eventual desaparición de Irán como potencia regional no eliminará la competencia regional, sino que dará paso a nuevas rivalidades, especialmente entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, cuyas agendas en Yemen, el Cuerno de África o el mar Rojo ya divergen.




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