Hoy, 9 de marzo de 2026, se cumplen diez días del ataque aéreo lanzado por Estados Unidos e Israel contra Irán, una operación militar que ha abierto una de las crisis geopolíticas más graves de los últimos años y que amenaza con alterar profundamente el equilibrio estratégico en Oriente Próximo.

Sumario

 

La ofensiva comenzó durante la madrugada del 28 de febrero, cuando fuerzas estadounidenses e israelíes iniciaron una campaña coordinada de bombardeos contra infraestructuras militares iraníes. Lo que durante años había sido una confrontación indirecta —basada en sanciones económicas, operaciones encubiertas, sabotajes y enfrentamientos a través de milicias aliadas— se ha transformado en un enfrentamiento militar directo entre Estados.

Mapa de ataques sobre Irán / Imagen: EA Mapa de ataques sobre Irán / Imagen: EA

En apenas diez días, el conflicto ha evolucionado hacia una escalada regional cada vez más compleja. Irán ha respondido con ataques con misiles y drones contra Israel y contra bases militares estadounidenses en varios países del Golfo Pérsico, mientras milicias aliadas de Teherán han abierto nuevos frentes en la región.

Al mismo tiempo, la crisis ha tenido un impacto inmediato en los mercados energéticos internacionales. El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril, impulsado por el temor a interrupciones en el suministro energético mundial.

Más allá del terreno militar, la ofensiva ha abierto un intenso debate político y jurídico. La operación fue ordenada por el presidente estadounidense Donald Trump sin autorización del Congreso ni mandato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que ha generado críticas internacionales y ha reactivado el debate sobre el respeto al derecho internacional en el uso de la fuerza.

 

Una ofensiva aérea que golpea el corazón militar de Irán

 

Los primeros bombardeos alcanzaron bases de misiles, sistemas de defensa aérea y centros de mando del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, la principal fuerza militar del régimen iraní y uno de los pilares del poder político en la República Islámica.

Según diversos análisis militares basados en imágenes satelitales y evaluaciones de inteligencia, durante las primeras horas de la ofensiva se ejecutaron cerca de un millar de ataques de precisión en distintas regiones del país.

Entre los objetivos alcanzados figuran instalaciones militares situadas en las proximidades de Teherán, donde se concentran algunos de los centros de mando más importantes del aparato de seguridad iraní.

También fueron atacadas bases de misiles en la provincia de Isfahán, especialmente en el enclave de Najafabad, asociado al despliegue de misiles balísticos de alcance medio que forman parte del sistema de disuasión estratégica de Irán.

El oeste del país fue otro de los principales focos de los bombardeos. Provincias como Kermanshah y Hamadán albergan complejas redes de bases subterráneas utilizadas para almacenar misiles y desplegar plataformas móviles de lanzamiento.

Además, la campaña aérea alcanzó la costa del Golfo Pérsico, especialmente la zona de Bandar Abbas, donde se encuentran algunas de las principales bases navales iraníes y centros logísticos vinculados a la Guardia Revolucionaria.

La amplitud geográfica de los ataques sugiere que la operación no estaba dirigida únicamente a neutralizar objetivos concretos, sino a degradar de forma sistemática la capacidad militar iraní.

 

El ataque al liderazgo iraní y la escalada política

 

Uno de los episodios más controvertidos de la ofensiva fue el ataque que provocó la muerte del líder supremo iraní Alí Jameneí, alcanzado durante los primeros bombardeos en las cercanías de Teherán.

La muerte del máximo dirigente político y religioso de la República Islámica supuso una escalada sin precedentes en el conflicto y abrió una nueva etapa política en el país.

Tras el ataque, el poder fue asumido por su hijo Mojtaba Jameneí, considerado durante años uno de los posibles sucesores del líder supremo.

Analistas militares consideran que el ataque pudo formar parte de una estrategia destinada a desarticular el núcleo de poder del régimen iraní, una táctica conocida en el ámbito militar como “ataque de decapitación”.

Sin embargo, este tipo de operaciones también incrementa el riesgo de una escalada rápida, ya que golpea directamente el liderazgo político del país atacado y puede desencadenar una respuesta más agresiva.

 

La guerra se extiende por todo Oriente Próximo

 

Las alianzas del conflicto con Irán en Oriente Próximo / Infografia: EA Las alianzas del conflicto con Irán en Oriente Próximo / Infografia: EA

La respuesta iraní no tardó en llegar. Teherán lanzó misiles y drones contra Israel y contra instalaciones militares estadounidenses en varios países del Golfo, entre ellos Bahréin, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos.

Estas bases forman parte de la red militar que Estados Unidos mantiene en la región para garantizar su presencia estratégica en Oriente Próximo.

Además, varios grupos armados aliados de Irán han entrado en el conflicto.

El grupo chií Hezbolá, respaldado por Teherán, ha lanzado ataques desde el sur del Líbano contra el norte de Israel, ampliando el escenario del enfrentamiento.

Como muestran las infografías que acompañan esta información, el conflicto ha terminado afectando ya a gran parte de Oriente Próximo, donde las alianzas militares y políticas dibujan un complejo tablero geopolítico.

 

El estrecho de Ormuz y el impacto en los mercados energéticos

 

Uno de los puntos más sensibles del conflicto es el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo.

La amenaza de Irán de restringir o bloquear el tráfico marítimo en esta zona ha provocado una fuerte reacción en los mercados energéticos.

En apenas unos días, el precio del petróleo ha experimentado una de las mayores subidas registradas en décadas, superando los 100 dólares por barril.

El temor a una interrupción del suministro energético mundial ha puesto en alerta a gobiernos y mercados financieros.

 

España pide desescalar el conflicto mientras resurge el “No a la guerra”

 

La Organización de las Naciones Unidas ha pedido un alto el fuego inmediato y ha advertido de que el conflicto podría derivar en una guerra regional de gran escala con consecuencias imprevisibles para la estabilidad internacional.

En Europa, varios gobiernos han reclamado una solución diplomática. El Gobierno español se ha sumado a estos llamamientos y ha insistido en que la prioridad debe ser evitar una escalada militar en Oriente Próximo y apostar por la vía del diálogo.

El Ministerio de Asuntos Exteriores ha subrayado que cualquier respuesta al conflicto debe ajustarse al derecho internacional y a la Carta de Naciones Unidas, y ha respaldado las iniciativas diplomáticas impulsadas por la Organización de Naciones Unidas (ONU) para rebajar la tensión.

Al mismo tiempo, en España y en otros países europeos han comenzado a escucharse de nuevo consignas de “No a la guerra”, especialmente en movilizaciones sociales celebradas con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Colectivos feministas y organizaciones pacifistas han advertido del riesgo de que el conflicto derive en una nueva guerra regional y han reclamado soluciones diplomáticas frente a la escalada militar.

 

Un conflicto con consecuencias globales

 

Diez días después del inicio de los bombardeos, el conflicto continúa evolucionando rápidamente.

Los ataques cruzados, la implicación de numerosos actores regionales y la amenaza sobre las rutas energéticas han convertido esta crisis en uno de los episodios de mayor tensión geopolítica del siglo XXI.

Además de sus implicaciones militares, la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel tiene el potencial de alterar profundamente la economía mundial, especialmente si el conflicto afecta de forma prolongada al suministro energético.

Mientras la guerra entra en su segunda semana, la comunidad internacional observa con creciente preocupación el desarrollo de los acontecimientos.

El temor compartido por muchos analistas es que la crisis termine transformándose en una guerra regional de gran escala, cuyas consecuencias podrían extenderse mucho más allá de Oriente Próximo.