En el camino –si es que puede denominarse de tal forma– se atraviesan poblados de adobe y paja. El suelo es arenoso y solo de vez en cuando se divisa un ligero tapiz vegetal. Las ortigas se anudan a cualquier elemento cercano. Da igual que sea una bota, un cordón, un calcetín o el asiento de una moto. En estos asentamientos en medio del fulgor la bienvenida se presenta en forma de plato de arroz o leche de cabra en un cucurucho de cuero. Los enhebra una línea imaginaria, sin trazado concreto, conocida como La Gran Muralla Verde. Empieza en Senegal, en un punto indeterminado de la región de Louga al que se accede después de ese trayecto jalonado por chozas y cardos.

Bajo una confederación de 11 países y a lo largo de unos 7.800 kilómetros que cruzan el eje africano, esta iniciativa pretende crear un cinturón natural contra la desertificación.

El avance del Sahel –zona de transición con el desierto del Sahara–, que cada año muerde un trozo más de tierra por el aumento de las temperaturas, pone en tensión esta zona geográfica.

Mapa de la Gran Muralla Verde / Imagen: APGMV Mapa de la Gran Muralla Verde / Imagen: APGMV

Naturaleza vs naturaleza

 

El método de contención de la progresión de los suelos áridos del Sahel es jugar con sus propias armas: la naturaleza contra la naturaleza. Una comisión panafricana presentó la idea en 2002, auspiciada por diversas organizaciones que implican a Malí, Mauritania, Burkina Faso, Eritrea y demás promotores (tejiendo un hilo de 15 kilómetros de ancho y una superficie estimada de 117.000 kilómetros cuadrados desde Dakar hasta Yibuti, en el lado oriental) y a otros afectados en la cara norte, como Libia, Egipto, Túnez o Argelia, donde gran parte de su territorio es desierto.

Senegal, primer implicado en este orden de oeste a este, ya ha dado algún paso. Pero los desajustes diplomáticos y los distintos avatares de estos años (conflictos bélicos, ataques terroristas, desplazamientos forzados) complican su puesta en firme. En Mbar Toubab, el aludido punto indeterminado de la geografía senegalesa, se ve ese reguero de obstáculos. El sargento Elhadji Goudiaby, encargado principal del proyecto a sus 24 años, muestra algunos arbustos repartidos por el mencionado piso pedregoso, yermo, y señala a los árboles que han ido plantando desde la Agencia Nacional de la Gran Muralla Verde, afincada aquí con una base destartalada.

Elhadji Goudiaby, sargento encargado principal del proyecto en Mbar Toubab, Senegal / Foto: AGP Elhadji Goudiaby, sargento encargado principal del proyecto en Mbar Toubab, Senegal / Foto: AGP

“Llueve 200 milímetros por metros anuales, es decir, una aridez extrema”, señala Goudiaby mientras apunta a las espinas que ha formado un zuzyphus de Mauritania, una especie del país vecino, al tener que enfrentarse con esas temperaturas. “Hemos ido probando desde 2010”, arguye el coordinador del área, “pero a veces funciona como ensayo y error”.

"Cada árbol que aguanta es un logro. Hay muchos que mueren y es por nuestra culpa. Algunos no son adecuados”

El plan era formar una línea de dos kilómetros de ancho y plantar 2.000 hectáreas. En Mbar Toubab ya iniciaron con esas 10 parcelas de 200 hectáreas el proyecto. Cada una iba a tener 250 plantas. Sin embargo, esa superficie es un campo ralo. “Reclutamos a 120 trabajadores por año, pero aun así es difícil. Cada árbol que aguanta es un logro. Hay muchos que mueren y es por nuestra culpa. Algunos no son adecuados”, confiesa entre ejemplares raquíticos de almendros o acacias.

Goudiaby asegura que “la lucha contra la desertificación” es “el futuro”, ampliando el concepto a “la diversidad de plantas y animales, así como a la capacidad alimentaria de la población”. Tienen, no obstante, inconvenientes propios del lugar: “Hay que pensar que no es una línea continua y que cada sitio tiene sus peculiaridades”, adelanta, sin entrar en detalles. “Hay venir a verlo para entender la realidad, porque sobre un papel no basta. No queremos comprometer a sus habitantes. Hay que analizar cómo viven y decidir qué medidas tomar”, zanja, comentando la visita de aves o de chacales que juegan en su contra.

Un reto de dimensión colosal

 

La coyuntura de la que habla es una sociedad rural de diferentes etnias. La mayoritaria es la de los peul o fulanis. Un pueblo nómada que habita en estas latitudes y que, solo en Senegal, suma 3,2 millones de personas. Son los que esta mañana guardan luto por el fallecimiento de un miembro de la aldea. Se pasan horas cocinando y velando el cuerpo, simultaneando rezos. Nadie parece pensar en la jornada laboral. Y esta manera de afrontar el día no es puntual: a menudo han de asistir a una celebración o ajustan sus precarias actividades agricultoras o ganaderas con el resto de tareas. Todo eso agrava el compromiso, así como la lejanía con el centro de operaciones en Dakar: a la distancia sobre el mapa hay que agregarle la brecha social entre la capital y el resto del territorio, aparte del deficiente transporte para recorrer ese arduo camino de cardos y broza.

Una mujer remueve el contenido de una cazuela en Mbar Toubab, en una comunidad imprecisa / Foto: AGP Una mujer remueve el contenido de una cazuela en Mbar Toubab, en una comunidad imprecisa / Foto: AGP

Desde Dakar, sin embargo, se muestran entusiastas con una empresa multinacional que, in situ, no acaba de arrancar. “La humanidad está ante un reto de dimensión colosal. Europa debería prestarle atención al Sáhara”, afirma Coumba Sow, coordinadora de la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), para la resiliencia en el África Occidental.

“En Senegal, un 70% de la población vive en el medio rural. Y hay un factor de generación de pobreza que se agrava con el cambio climático, porque tiene que ver con la agricultura y de ahí parte todo”, añade categórica esta mandataria nacida en Saint Louis (ciudad del norte de Senegal), enfatizando el papel de La Gran Muralla Verde y dirigiendo las preguntas a Gilles Boëtsch, miembro del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), director del observatorio en Téssékere.

“Hubo una reunión de 11 estados del Sahel en 2004 para prevenir el impacto de la desertificación y en 2008 se aplicó en el Chad, donde se plantan al día unas 12 hectáreas”, rememora Boëtsch por teléfono a EcoAvant.com, señalando que “en varios países se ha detenido por las guerras” y que existe un obstáculo fundamental: “La presión antrópica”. “No llueve y eso afecta a la agricultura, a la pesca y a la economía: a todas las actividades humanas”. 

“Los granos y las plantas son seleccionados localmente, y eso es positivo, porque no depende de fuera"

El investigador achaca a estos factores el poco éxito de la iniciativa. “Los granos y las plantas son seleccionados localmente, y eso es positivo, porque no depende de fuera ni afectan las restricciones de otras provincias”, esgrime, diciendo que el coronavirus “parece que no ha impedido nada”, pero tampoco ha detenido lo que ya estaba viéndose.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las condiciones meteorológicas produjeron aproximadamente 600.000 muertes en todo el mundo a lo largo de 2019; el 95% de ellas en países pobres.

La escasez de agua afecta ya a un 40% de la población mundial y su mala calidad pueden poner en peligro la salud y la higiene, con el consiguiente aumento del riesgo de enfermedades diarreicas (causa de la muerte de 2,2 millones de personas cada año), de tracoma (una infección ocular que puede producir ceguera) y otras enfermedades como el paludismo. Sin olvidar la alerta mundial por frenar la subida de temperatura, que fue de 1,5 grados centígrados en 2019 y puede ascender a tres grados centígrados antes de 2030.

Contra la desertificación 

 

Makhfousse Sarr, coordinador del proyecto contra la desertificación de la FAO y de La Gran Muralla Verde en este espacio de Senegal, aporta un enfoque más teórico y orientado a la alimentación, una de los pilares sobre los que orbita este proyecto. “La desertificación ocurre cuando se elimina el bosque y la cubierta vegetal que une el suelo.

Sucede cuando se talan árboles y arbustos para hacer leña o madera. Y también cuando los animales devoran los pastizales y erosionan la tierra cultivable con sus pezuñas. Y cuando el uso intensivo de una parcela agota los nutrientes. El viento y el agua aumentan el daño, eliminando la capa superior y dejando una mezcla muy infértil de polvo y arena, y son estos factores los que convierten la tierra degradada en desierto”, enumera.

Elhadji Goudiaby, sargento encargado principal del proyecto en Mbar Toubab, Senegal, muestra como de árido es el terreno agrietándolo con ayuda de una pequeña vara de madera / Foto: AGP Elhadji Goudiaby, sargento encargado principal del proyecto en Mbar Toubab, Senegal, muestra como de árido es el terreno agrietándolo con ayuda de una pequeña vara de madera / Foto: AGP

Las consecuencias de esta desertificación, sostiene Sarr, son “desastrosas para los ecosistemas”. Y agrega: “pérdida de biodiversidad, degradación de la fertilidad del suelo, de las cuencas hidrográficas, de la capacidad de retención de agua, aumento de la erosión hídrica y eólica, disminución de la capacidad de almacenamiento de carbono, debilitamiento general del papel regulador de los ecosistemas, etcétera”.

Por eso, calcula, “tres cuartos de los pastizales en las regiones secas están en proceso de degradación. Casi la mitad del área en cultivos de secano está amenazada, al igual que gran parte de los cultivos de regadío”.

La desnutrición y la inseguridad alimentaria del país son la tónica habitual con "grandes disparidades regionales”

“Además, este desajuste de los sistemas de cultivo se combina con la falta de agua y con que cada vez hay menos tierras en barbecho. La fertilidad disminuye, la erosión aumenta y las tierras agrícolas y ganaderas pierden gradualmente su capacidad productiva”, analiza de forma global, pasando a centrarse en el área de La Gran Muralla Verde de Senegal.

“La disponibilidad de forraje para el ganado en esta zona es un elemento esencial para la supervivencia de las comunidades que dependen completamente de las proteínas animales para su supervivencia (carne y leche)”, concede, mostrando cómo la desnutrición y la inseguridad alimentaria del país son la tónica habitual: “Incluso si la situación ha mejorado entre 2010 y 2016, sigue siendo generalmente precaria, con una prevalencia fluctuante a nivel nacional y grandes disparidades regionales”.

Puede verse en Mbar Toubab, esa comunidad imprecisa en medio de la nada, donde casi un 10% de la población sufre una desnutrición severa, a pesar de sus ofrecimientos de leche de cabra y arroz blanco. “Esperamos que algo funcione, porque nosotros dependemos de la tierra”, sentencia una de las mujeres que remueve con brío el contenido de una cazuela. Al fondo, el cartel de La Gran Muralla Verde se despedaza. Sus letras pasan desapercibidas entre el relieve hundido de neumáticos sobre la arena. Marcan, supuestamente, un camino hacia el cinturón vegetal que va a contrarrestar el cambio climático.