Lo vivido en la infancia puede dejar rastro en la propia forma del cerebro. Un amplio estudio de neuroimagen dirigido por psicólogos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) ha encontrado que, cuanto más grave fue el maltrato sufrido de la niña o el niño, más cambios se aprecian en el grosor, la superficie y el volumen de algunas regiones cerebrales. El efecto ha resultado más pronunciado en las mujeres jóvenes que en los hombres, según las resonancias de 3.711 personas de ocho países.
El trabajo, publicado en la revista Biological Psychiatry(1), está firmado por Haley R. Wang –hoy investigadora posdoctoral en el departamento de Psiquiatría de la UCLA–, por Tiffany Ho, profesora de psicología de esa misma universidad y autora principal, y por un amplio equipo del consorcio internacional ENIGMA. Es el más extenso de su tipo en examinar el legado neurobiológico del maltrato infantil en una muestra global y diversa, según informa la propia universidad.
Qué han medido los científicos
Para saber si el maltrato infantil deja una huella visible, el equipo ha analizado imágenes de resonancia magnética de 1.389 pacientes –872 con depresión mayor y 517 con trastorno de estrés postraumático– y de 2.322 personas sanas. Las imágenes procedían de 25 centros de ocho países y los participantes tenían entre 8 y 69 años.
Sabemos que el maltrato infantil es un factor de riesgo importante para muchos trastornos relacionados con el estrés
TIFFANY HO, UCLA
“Sabemos que el maltrato infantil es un factor de riesgo importante para muchos trastornos relacionados con el estrés”, ha explicado Tiffany Ho, profesora de psicología de la UCLA y autora principal del estudio. Entre esos trastornos figuran la depresión mayor y el trastorno de estrés postraumático. Su equipo quería saber si existía una especie de “cicatriz neurobiológica” asociada a estas experiencias adversas.
Hasta ahora, buena parte de la investigación por imagen en este campo se ha centrado en los efectos acumulados de varias exposiciones. Pero en la infancia el cerebro todavía está desarrollando muchas de sus principales redes neuronales y es especialmente sensible al entorno, una situación conocida como plasticidad aumentada. Por eso, los autores sospechaban que el abuso podía alterar la estructura física del cerebro de maneras ligadas al momento del desarrollo en que se sufre.
El equipo ha medido tres cosas: el grosor de la corteza, la capa exterior del cerebro; el volumen de las capas internas, llamadas subcorteza; y la superficie cerebral total. Además, los participantes han respondido un cuestionario estándar para recordar, a posteriori, el maltrato físico, emocional y sexual y la negligencia física y emocional que sufrieron en la infancia. Con él, los investigadores han elaborado dos puntuaciones: una para la gravedad total del abuso y otra para la de la negligencia, que se separó para distinguirla de los efectos del trauma.
Para interpretar los resultados, los científicos han usado como referencia un índice que recoge cómo suele crecer y desarrollarse el cerebro, una especie de gráfico de crecimiento cerebral, como las curvas de crecimiento infantil. Se construyó con datos de más de 37.000 personas sanas de entre 3 y 90 años, y permite saber cuánto se aleja el cerebro de cada participante de lo esperable para su edad y su sexo.
Cambios distintos según sexo y edad
Con esa referencia, el estudio ha detectado un conjunto de diferencias estructurales distintas pero no uniformes en las personas con puntuaciones altas de maltrato. Según los autores, sugieren que la trayectoria de desarrollo de esas regiones se ha visto alterada por la adversidad vivida.
Los cambios que medimos en la corteza se distribuyeron en más de 70 regiones diferentes del cerebro. Sin embargo, no todas las regiones siguieron el mismo patrón
HALEY WANG, UCLA
“Los cambios que medimos en la corteza se distribuyeron en más de 70 regiones diferentes del cerebro. Sin embargo, no todas las regiones siguieron el mismo patrón”, ha explicado Haley Wang, primera firmante del estudio. “Encontramos un patrón generalizado de cambios de volumen, superficie y grosor en muchas regiones involucradas en el funcionamiento emocional y cognitivo. Observamos un adelgazamiento en algunas áreas, pero también, en algunas regiones potencialmente complementarias, observamos un engrosamiento. Algunas regiones se expandieron, mientras que otras se contrajeron”.
En el caso del abuso, cuanto más grave fue, mayor volumen tenían el tálamo y el pálido, dos estructuras situadas en el interior del cerebro. También se han observado regiones más pequeñas de lo esperable para la edad, como la corteza cingulada ístmica, y una corteza orbitofrontal medial más gruesa y, en las mujeres, con mayor superficie.
Esos cambios fueron más notables en las mujeres jóvenes, y muchos se mantuvieron también en las mujeres de más edad. En las jóvenes, además, una mayor gravedad del maltrato se asoció a un hipocampo y un putamen más pequeños, otras dos estructuras internas del cerebro. En los hombres, el abuso también dejó diferencias, con efectos amplios en el grosor y la superficie de la corteza.
Wang y Ho apuntan que la mayor intensidad en las mujeres podría deberse a la mayor incidencia de trauma sexual en niñas que en niños durante este periodo sensible del desarrollo, o a que sus cerebros respondan con más fuerza al trauma. Aclararlo exigirá más investigación.
La edad también importa. Los efectos fueron más marcados en los adultos jóvenes –de 18 a 35 años– que en quienes tenían 35 años o más. En el grupo de menores de 18 años, con 349 participantes, no se hallaron asociaciones significativas, algo que los autores atribuyen probablemente a la falta de potencia estadística y no a una ausencia real de efectos.
Lo que el estudio no demuestra
La negligencia –la falta de cuidados físicos o emocionales– dejó un rastro más acotado que el abuso. En los hombres jóvenes, sus efectos se limitaron a una corteza temporal media derecha más fina. Además, en la muestra abuso y negligencia solían darse a la vez y, cuando los autores tuvieron en cuenta la gravedad del abuso, los efectos de la negligencia se atenuaron en gran medida.
Distintos tipos de adversidad en la primera infancia pueden estar asociados con diversos cambios en la estructura cerebral que dependen de la edad y el sexo
Distintos tipos de adversidad en la primera infancia pueden estar asociados con diversos cambios en la estructura cerebral que dependen de la edad y el sexo, así lo advierte el estudio, que cuestiona la idea de que el trauma infantil tenga un efecto único y estático en el cerebro. Los autores subrayan, además, que los resultados no revelan nada sobre las capacidades cognitivas, emocionales o de desarrollo de las personas con esos cambios cerebrales.
El trabajo es transversal, es decir, observa a cada persona en un único momento, por lo que no permite concluir que el maltrato cause directamente los cambios. Además, el maltrato se midió con un cuestionario retrospectivo que no recoge todas las formas de adversidad infantil, y no se pudieron controlar del todo factores como el nivel socioeconómico, la gravedad de los síntomas o la medicación. Los resultados se mantuvieron al tener en cuenta el diagnóstico de los participantes.
Aun así, los autores creen que conocer la historia de adversidad en la infancia puede ser útil al planificar tratamientos de salud mental, y señalan que la adolescencia y la juventud pueden ser momentos clave para intervenir, sobre todo en mujeres con antecedentes de maltrato. Para saber si estos cambios explican la aparición de depresión o de estrés postraumático, harán falta estudios longitudinales.
La investigación ha sido financiada por varias agencias estadounidenses e internacionales, entre ellas los Institutos Nacionales de Salud y el Instituto Nacional de Salud Mental.
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