Los incendios forestales afectan de forma inmediata y prolongada a la fauna silvestre, según explica el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales –CREAF– en un reportaje publicado el 20 de julio de 2026. Mamíferos, aves, reptiles, anfibios, insectos y animales que viven en arroyos sufren las consecuencias del fuego en los ecosistemas afectados porque las llamas provocan muertes y desplazamientos, pero también eliminan alimentos, refugios y lugares de reproducción.
Efectos más allá de las llamas
Cuando se produce un incendio forestal, la atención suele concentrarse en los bosques arrasados y los daños materiales, mientras que las consecuencias sobre los animales pueden pasar más desapercibidas. Sin embargo, los efectos del fuego sobre la fauna no terminan cuando se extinguen las llamas, sino que pueden prolongarse durante meses o incluso años.
El CREAF diferencia entre efectos inmediatos e indirectos. Los primeros incluyen la muerte de los individuos que no consiguen escapar y el desplazamiento de aquellos que abandonan el territorio afectado para buscar refugio en otras zonas.
Los efectos indirectos aparecen con la transformación posterior del hábitat. La desaparición de fuentes de alimento, refugios y lugares de nidificación modifica las condiciones necesarias para que las especies puedan mantenerse en el territorio.
El fuego también puede alterar las relaciones entre las distintas especies, cambiar las cadenas tróficas y afectar al equilibrio general del ecosistema. Por ello, sobrevivir al paso de las llamas no garantiza que un animal pueda continuar viviendo en la zona quemada.
Muchas especies pueden detectar la llegada del fuego antes de que las llamas las alcancen mediante el aumento de la temperatura, el olor del humo o incluso el sonido asociado al incendio
A diferencia de las plantas, los animales tienen capacidad para desplazarse. Muchas especies pueden detectar la llegada del fuego antes de que las llamas las alcancen mediante el aumento de la temperatura, el olor del humo o incluso el sonido asociado al incendio.
Estas señales pueden propagarse a grandes distancias y permiten que algunos animales reaccionen con rapidez. No obstante, las posibilidades de supervivencia varían en función de su movilidad, el lugar donde viven, la fase de su ciclo vital y la intensidad del incendio.
Las aves y los mamíferos con mayor capacidad de movimiento pueden huir hacia lugares seguros antes de que avance el frente de las llamas. Esta estrategia les permite abandonar la zona, aunque después deben encontrar alimento y refugio en otros territorios.
Otras especies sobreviven escondiéndose en nidos o refugios subterráneos, donde el suelo puede protegerlas de las temperaturas más elevadas. El resultado depende de la profundidad del refugio, de su estructura y de la intensidad alcanzada por el incendio.
Algunas especies de hormigas representan este tipo de respuesta. Aunque muchas pueden escapar de los efectos directos del fuego al permanecer bajo tierra, posteriormente se ven afectadas por los cambios producidos en el hábitat.
Refugios y ciclos vitales
Un bosque quemado puede transformarse con el tiempo en un prado o en un espacio más abierto. Este cambio suele perjudicar a las especies de hormigas forestales y favorecer a las que están adaptadas a ambientes abiertos.
Como consecuencia, varios años después del incendio puede registrarse una modificación en la composición de las comunidades de hormigas. La magnitud de este cambio depende, entre otros factores, de la intensidad del fuego y de la extensión de la superficie afectada.
Las especies que construyen sus nidos sobre la vegetación se encuentran mucho más expuestas. Las hormigas que anidan en agallas o cavidades de los árboles no pueden protegerse con la misma facilidad y sufren con mayor intensidad los efectos directos de las llamas.
El momento en que se produce el incendio también puede determinar la supervivencia. Algunas especies aprovechan una fase resistente de su ciclo de vida, como ocurre con ciertas crisálidas de mariposa que permanecen enterradas durante una etapa de su desarrollo.
Esta ubicación subterránea les proporciona una protección natural frente al fuego, aunque su supervivencia vuelve a depender de la profundidad a la que se encuentren. Si el incendio se produce durante otra fase de su ciclo vital, probablemente no consiguen sobrevivir.
No todos los animales disponen de mecanismos de defensa. La mayoría de los anfibios y reptiles no cuentan con estrategias suficientes para escapar o resistir el paso del fuego.
Aunque algunas de estas especies pueden detectar el incendio, generalmente no son lo bastante rápidas para alejarse de las llamas. La tortuga mediterránea y la salamandra son dos ejemplos de animales especialmente vulnerables.
Cuando una especie no puede huir, refugiarse o aprovechar una etapa resistente de su desarrollo, sus individuos pueden morir y desaparecer de la zona afectada. El impacto no depende únicamente de la presencia del fuego, sino también de sus características y de las condiciones ecológicas anteriores.
Pese a la imagen de devastación que ofrece un paisaje quemado, la recuperación comienza casi desde el primer momento. Al igual que la vegetación inicia un proceso de regeneración y sucesión ecológica, la fauna empieza a recolonizar el territorio.
Estudios realizados por el CREAF muestran que después de un incendio pueden aparecer especies de aves que antes no habitaban la zona. Muchas están adaptadas a espacios abiertos y encuentran nuevas oportunidades en los hábitats generados tras el fuego.
Algunas de estas aves están consideradas de interés para la conservación en Europa. La apertura del paisaje puede ofrecerles unas condiciones que no estaban disponibles cuando el territorio se encontraba cubierto por una masa forestal más cerrada.
La recuperación tiene límites
Los incendios forman parte de la dinámica natural de numerosos ecosistemas mediterráneos. Cuando se producen de manera ocasional, pueden favorecer la diversidad de hábitats y facilitar la aparición de especies adaptadas a espacios abiertos.
Sin embargo, este proceso no significa que el fuego sea siempre beneficioso. La frecuencia, intensidad y extensión de los incendios actuales, agravadas por el cambio climático y la actividad humana, superan en muchos casos la capacidad natural de recuperación de los ecosistemas.
Los mecanismos de regeneración de plantas y animales no son ilimitados. Cuando un mismo territorio se quema repetidamente, pueden agotarse procesos como el rebrote de la vegetación o la germinación de los bancos de semillas.
La repetición de los incendios acaba provocando cambios en la composición de las especies, una pérdida progresiva de biodiversidad y la formación de ecosistemas cada vez más frágiles.
Las actuaciones posteriores a un incendio deben decidirse después de realizar un diagnóstico del espacio afectado y evaluar la capacidad de regeneración de su fauna y su flora. El equipo responsable de la gestión debe determinar los objetivos antes de intervenir.
Estos objetivos pueden responder a prioridades de conservación, seguridad, producción agrícola o prevención de futuros incendios. Habitualmente se produce un solapamiento entre varias necesidades, por lo que la gestión de los ecosistemas requiere un enfoque interdisciplinar.
Entre las medidas disponibles se encuentra la selección de rebrotes o el uso del pastoreo para gestionar masas de especies rebrotadoras. También pueden aplicarse clareos en especies germinadoras que presentan un establecimiento elevado después del incendio.
Cuando las especies no tienen capacidad para regenerarse, las opciones incluyen la reforestación o la reintroducción de flora y fauna. En estos casos, el CREAF señala que es fundamental utilizar especies autóctonas y de procedencia local dentro de un plan adecuado.
La gestión de la fauna propia de los espacios abiertos puede requerir decisiones sobre la extracción o acumulación de madera y sobre la conservación o retirada de árboles muertos en pie, en función de los objetivos establecidos.
En cualquier caso, las actuaciones comienzan después de dejar transcurrir entre tres meses y un año de sucesión natural. Este periodo evita dañar un suelo que, tras el incendio, se encuentra especialmente frágil y expuesto a la erosión.
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