Detrás de cada encuesta que mide la angustia provocada por el cambio climático hay millones de voces que nunca llegan a registrarse: las de los jóvenes que viven en los países más pobres y más castigados por la crisis ambiental, precisamente quienes más sufren sus efectos físicos y psicológicos. La razón es tan cotidiana como decisiva: no tienen acceso a internet, y buena parte de la investigación y de la ayuda en salud mental se ha mudado al terreno digital.

Sumario

 

Una investigación de la Universidad Queen Mary de Londres, publicada en la revista BMJ Mental Health (1), ha advertido de que las voces de estos jóvenes corren el riesgo de quedar ignoradas. El trabajo concluye que las comunidades más perjudicadas por el cambio climático son las que menos posibilidades tienen de participar en los estudios en línea diseñados para medir ese daño, al carecer de un suministro eléctrico fiable y de conexión a la red.

 

Hambruna y miedo en Madagascar

 

El nuevo estudio parte de una investigación previa, difundida el año pasado, que ya alertaba de las elevadas tasas de ansiedad y depresión vinculadas al clima entre los adolescentes del sur de Madagascar. Aquellos jóvenes convivían con la incertidumbre sobre el futuro, la pérdida de los recursos familiares y la quiebra de sus mecanismos para sobrellevarlo.

Entre 2018 y 2022, las sequías del sur de Madagascar derivaron en una grave inseguridad alimentaria y en lo que se ha descrito como la primera hambruna provocada por el clima del mundo

Entre 2018 y 2022, las sequías del sur de Madagascar derivaron en una grave inseguridad alimentaria y en lo que se ha descrito como la primera hambruna provocada por el clima del mundo. En esa región, conocida como el Grand Sud, los investigadores recogieron en persona en 2024 el testimonio de un grupo de jóvenes mediante un cuestionario validado de diez preguntas, y hallaron niveles de inquietud más altos que los registrados habitualmente en otros países.

El relato de un joven de la región de Bongolava resume esa angustia: “Si hay calor extremo, la gente se preocupa porque su cosecha anual determina su futuro. Y si esta se ve comprometida, tu futuro también lo está”, contó a los investigadores. Para él, lo más duro es “darse cuenta de que el clima está cambiando”. En estas comunidades, la cosecha marca la diferencia entre prepararse para el año siguiente o quedarse sin recursos.

 

Cuanto más riesgo, menos internet

 

El hallazgo central del trabajo es una relación inversa muy marcada entre la exposición al clima y la conexión a la red. Al cruzar datos públicos de vulnerabilidad climática y de acceso a internet de 184 territorios, los autores comprobaron que ambas variables van en sentidos opuestos: donde más aprieta el clima, menos gente está conectada.

Las poblaciones más vulnerables al cambio climático también son las que menos acceso tienen a internet

Isabelle Mareschal, Universidad Queen Mary de Londres

“Las poblaciones más vulnerables al cambio climático también son las que menos acceso tienen a internet”, ha resumido Isabelle Mareschal, catedrática de Cognición Visual en la Universidad Queen Mary de Londres y una de las autoras. Según ha explicado, ese desequilibrio no solo les dificulta acceder al apoyo psicológico en línea, sino que también las deja fuera de las investigaciones que buscan entender su situación.

El contraste se sostiene en cifras contundentes. A comienzos de 2025, más de 2.600 millones de personas seguían sin conexión a internet en todo el mundo, según los datos que maneja el estudio, y la falta de conexión y el riesgo climático se mueven casi en espejo. En el sur de Madagascar el caso es extremo: ninguno de los jóvenes encuestados disponía de electricidad fiable ni de acceso a la red.

 

Una ciencia sesgada hacia los ricos

 

El problema va más allá de un detalle técnico. Si la salud mental ligada al clima se mide sobre todo a través de encuestas en línea, la fotografía resultante deja fuera precisamente a quienes peor lo pasan. La consecuencia es una base de pruebas incompleta justo para las personas que más ayuda necesitan.

Esta tendencia también tiene un costo en términos de equidad, sesgando la evidencia hacia poblaciones más ricas y con mayor conectividad

Nambinina Rasolomalala, Universidad Católica de Madagascar

“Esta tendencia también tiene un costo en términos de equidad, sesgando la evidencia hacia poblaciones más ricas y con mayor conectividad”, ha advertido la doctora Nambinina Rasolomalala, de la Universidad Católica de Madagascar. Las pruebas en línea, ha reconocido, han ampliado el abanico de poblaciones estudiadas, pero a costa de inclinar la balanza hacia los países con más recursos.

El riesgo, según los autores, es que las políticas y las intervenciones se diseñen con datos que no representan a los más expuestos. Por eso reclaman métodos que lleguen más allá de la pantalla: trabajar a través de escuelas, centros comunitarios o personal sanitario local, y recurrir a entrevistas presenciales o telefónicas cuando no hay conexión.

La base de evidencia utilizada para desarrollar políticas o intervenciones podría no estar suficientemente desarrollada para las personas que más necesitan ayuda

Isabelle Mareschal, Universidad Queen Mary de Londres

“La base de evidencia utilizada para desarrollar políticas o intervenciones podría no estar suficientemente desarrollada para las personas que más necesitan ayuda”, ha alertado Mareschal. El estudio, de carácter preliminar y con una muestra reducida –83 participantes en la encuesta y 48 en los grupos de discusión–, pide ampliar este tipo de trabajo con muestras mayores y herramientas validadas en las lenguas locales. Su mensaje de fondo: mientras la investigación se vuelca en las plataformas digitales, las poblaciones golpeadas por el clima corren el riesgo de quedar, una vez más, fuera de la conversación.

Referencias

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