La acidificación oceánica es un proceso químico por el cual el pH del océano disminuye debido a la absorción de dióxido de carbono (CO₂) de la atmósfera. Es uno de los efectos directos del aumento de emisiones de gases de efecto invernadero.

Sumario

 

Los océanos actúan como un gigantesco sumidero natural de dióxido de carbono (CO₂). Cada año, absorben entre el 25 % y el 30 % de las emisiones antropogénicas de este gas. A primera vista esto podría parecer positivo, ya que reduce el CO₂ atmosférico y, con ello, contribuye a moderar el calentamiento global. Pero esta función viene con un coste: cuando el CO₂ se disuelve en el agua marina, desencadena reacciones químicas que reducen el pH del océano, volviéndolo progresivamente más ácido (o menos alcalino, para ser precisos).

El mecanismo químico es conocido:

  1. El CO₂ atmosférico se mezcla con el agua del mar.

  2. Se forma ácido carbónico.

  3. Este ácido se disocia, liberando iones de hidrógeno (H⁺), responsables del descenso del pH.

Aunque los océanos siguen siendo alcalinos, su pH ha disminuido aproximadamente un 30 % en acidez desde la era preindustrial. En términos geológicos, estos cambios son extremadamente rápidos y no tienen precedentes en la historia reciente de la Tierra.


 

¿Por qué pequeños cambios en el pH son tan importantes?


 

Los sistemas marinos son altamente sensibles. Una bajada aparentemente pequeña en el pH -por ejemplo, de 8.2 a 8.1- representa una modificación enorme en términos químicos. Este descenso afecta directamente a la disponibilidad de iones carbonato (CO₃²), un componente fundamental para que muchos organismos puedan formar estructuras de carbonato cálcico, como conchas, esqueletos o caparazones.

Cuando el pH baja, fabricar estas estructuras cuesta más energía, y en algunos casos se vuelven frágiles o llegan a disolverse.


 

Especies en riesgo: de los corales a los invisibles del océano


 

Cuando hablamos de acidificación oceánica, no solo pensamos en paisajes submarinos espectaculares, sino también en la vida que los habita y en las cadenas invisibles que sostienen la biodiversidad marina. Los organismos afectados son mucho más que simples iconos: son piezas clave del engranaje que mantiene la salud de los océanos.

1. Corales: arquitectos del océano

Los corales, responsables de construir arrecifes, dependen del carbonato cálcico para formar sus esqueletos. Cuando el pH del agua desciende, el crecimiento de los corales se ralentiza y, a largo plazo, los arrecifes pueden erosionarse más rápido de lo que se regeneran. Esto amenaza no solo a los corales, sino a multitud de especies que dependen de estos ecosistemas para sobrevivir.

2. Moluscos: ostras, mejillones y almejas en peligro

Moluscos como ostras, mejillones, caracoles y almejas fabrican sus conchas con carbonato cálcico. El aumento de la acidez del océano les plantea un doble reto:

  • Las larvas presentan tasas de mortalidad elevadas.

  • Las conchas tienden a ser más delgadas y frágiles.

  • El desarrollo de estos organismos se ve comprometido, afectando a su supervivencia y a la cadena alimentaria marina.

3. Fitoplancton y zooplancton calcáreo: los invisibles fundamentales

Aunque apenas perceptibles a simple vista, estos diminutos organismos están en la base de la cadena alimentaria marina. Si su población disminuye por la acidificación, el efecto cascada impacta a peces, aves marinas y mamíferos, poniendo en riesgo el equilibrio de todo el ecosistema.

4. Peces: cambios en el comportamiento y supervivencia

Los peces, aunque no fabrican estructuras de carbonato cálcico, tampoco se libran de las consecuencias. La acidificación puede alterar sus sentidos y comportamiento, dificultando su capacidad para encontrar alimento o evitar depredadores. Esto afecta directamente a la pesca y a la seguridad alimentaria de comunidades humanas.


 

Un impacto global: economía, biodiversidad y seguridad alimentaria


 

Los océanos sostienen a miles de millones de personas directa o indirectamente. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor de 3.000 millones de personas dependen del mar para obtener proteínas animales. Por esta razón, la acidificación no es solo un problema ecológico, sino también social y económico que amenaza el bienestar humano a nivel global.


 

Pesca y acuicultura


 

La disminución de moluscos y crustáceos, sumada a la alteración de las cadenas tróficas, impacta directamente en sectores productivos que dependen de estas especies. De acuerdo con el Banco Mundial, se estima que la pesca y la acuicultura proporcionan empleo a más de 60 millones de personas en todo el mundo. El deterioro de estos recursos marinos puede traducirse en pérdidas económicas significativas, riesgos para la seguridad alimentaria y conflictos derivados del acceso a recursos cada vez más limitados.


 

Turismo


 

El deterioro de los arrecifes coralinos, pilares de ecosistemas tropicales y atractivos turísticos, afecta a comunidades costeras que dependen de actividades como el buceo o la pesca artesanal. En regiones como el Caribe, el turismo relacionado con los arrecifes genera más de 3.000 millones de euros anuales, según datos de la Asociación Internacional de Arrecifes Coralinos. La acidificación amenaza este motor económico y social, poniendo en riesgo la subsistencia de miles de familias.


 

Regulación climática


 

La acidificación reduce la capacidad de los océanos para absorber CO₂ en el futuro, lo que podría acelerar aún más el cambio climático. Los océanos actualmente capturan aproximadamente el 25% de las emisiones de dióxido de carbono generadas por el ser humano, según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Si se debilita este “pulmón azul”, el planeta perderá un aliado clave en la lucha contra el calentamiento global.


 

Un fenómeno global medido con precisión científica


 

Los datos más recientes confirman que la acidificación oceánica avanza a un ritmo sostenido en todo el planeta. Desde 1985, el pH medio del agua superficial ha descendido de 8,11 a 8,04, un cambio que implica un 18 % de aumento en acidez en menos de cuatro décadas y un 40 % respecto a los niveles preindustriales, según la Agencia Europea de Medio Ambiente. Este descenso, aparentemente pequeño, es químicamente muy significativo y afecta a la estabilidad de los ecosistemas marinos.

La tendencia global está respaldada por mediciones independientes. La Agencia Meteorológica de Japón detecta una reducción media de 0,018 unidades de pH por década entre 1990 y 2024, un patrón constante en los grandes océanos: Pacífico, Atlántico e Índico registran valores prácticamente idénticos. A ello se suman las reconstrucciones anuales de Copernicus Marine, que muestran un descenso continuado del pH desde 1984, evidenciando un fenómeno sostenido en el tiempo.

Los océanos absorben cerca del 25 % del CO₂ emitido por actividades humanas, lo que los convierte en una pieza clave de la regulación climática, pero también en víctimas directas del exceso de carbono en la atmósfera. Las redes de observación de NOAA, que registran niveles de CO₂ en la superficie marina varias veces al día, confirman un incremento continuado de este gas en el agua y en el aire, trazando una señal inequívoca del avance de la acidificación.

A escala regional, los mares más fríos —como los de Noruega y Groenlandia— están experimentando descensos de pH más acusados que la media global. En estaciones científicas de referencia, como ALOHA en Hawái o BATS en Bermudas, las largas series temporales muestran la misma tendencia descendente, acompañada de aumentos en el carbono inorgánico disuelto.

Las proyecciones a futuro apuntan a una disminución adicional del pH de entre 0,15 y 0,5 unidades para 2100, dependiendo del nivel de emisiones. Para los organismos marinos y los servicios ecosistémicos que dependen de ellos, estos cambios podrían suponer transformaciones profundas con efectos económicos y ecológicos duraderos.


 

¿Estamos a tiempo de revertirla?


 

Las posibles soluciones para frenar la acidificación oceánica pasan por una combinación de medidas globales y locales que atacan tanto las causas como las consecuencias de este fenómeno. La comunidad científica insiste en que la herramienta más decisiva es reducir drásticamente las emisiones de CO₂, ya que el exceso de este gas en la atmósfera es el origen directo del descenso del pH marino.

Diversos estudios —incluidos análisis del Instituto IERE y recientes evaluaciones científicas— subrayan que la transición hacia energías renovables, un transporte más sostenible y cambios en la gestión del suelo son esenciales para evitar que el problema siga agravándose. Además, investigaciones como las del consorcio EGUsphere apuntan que, incluso con nuevas técnicas de intervención oceánica, las reducciones rápidas de emisiones siguen siendo la estrategia más eficaz y urgente para mitigar la acidificación.

Junto a la mitigación, los científicos destacan la importancia de reforzar la resiliencia de los ecosistemas marinos. La creación y ampliación de áreas marinas protegidas, la restauración de praderas marinas, manglares y marismas, o programas de repoblación de especies como moluscos y bivalvos pueden ayudar a amortiguar los impactos locales. Estas medidas no detienen la acidificación, pero sí permiten que los ecosistemas conserven parte de su capacidad de adaptación ante un océano cada vez más ácido. Organizaciones como NOAA están también impulsando programas educativos y de participación ciudadana que preparan a las comunidades costeras para afrontar los cambios que ya se están produciendo.

A estas líneas de acción se suman soluciones innovadoras que están siendo investigadas en paralelo. Una de las más destacadas es el aumento de la alcalinidad oceánica (OAE), una técnica que consiste en añadir compuestos alcalinos al mar para neutralizar temporalmente la acidez. Estudios recientes indican que esta estrategia podría ayudar a reducir la acidificación a escala centenaria, aunque su eficacia varía según el escenario climático y no sustituye a la disminución de emisiones.

Otras propuestas, como la captura directa de CO₂ del aire, el almacenamiento geológico de carbono o el cultivo de grandes extensiones de macroalgas, buscan aliviar la presión de CO₂ sobre el océano, aunque todavía se encuentran en fases iniciales de desarrollo.

Finalmente, distintos gobiernos están incorporando este desafío a su agenda climática. El Ocean Acidification Action Plan de Estados Unidos, por ejemplo, recoge medidas para mejorar la monitorización, impulsar la adaptación y acelerar las acciones de mitigación a escala nacional e internacional. Planes estratégicos como los desarrollados por NOAA subrayan la necesidad de un enfoque coordinado entre ciencia, instituciones y comunidades, para asegurar que las decisiones se basan en los datos más recientes y en las necesidades reales de quienes dependen del océano


 

Un océano en equilibrio, un planeta vivo


 

La acidificación oceánica es un recordatorio de cómo las actividades humanas están modificando aspectos fundamentales del planeta que parecían inmutables. Aun así, también es una oportunidad para actuar con conocimiento, responsabilidad y cooperación global.

Cuidar de los océanos significa cuidar de nuestra propia supervivencia. Su salud es nuestra salud, y su equilibrio, el de todo el planeta.