Los antiguos egipcios dejaron de enterrar a cada muerto en su propio ataúd y empezaron a superponer los cuerpos unos sobre otros. Una cámara funeraria intacta de la tumba tebana 209, en la orilla oeste de Luxor, ha permitido reconstruir ese cambio paso a paso: diecisiete cuerpos momificados depositados a lo largo de tres siglos, entre el siglo VIII a. C. y la época ptolemaica.
El trabajo, publicado en la revista Frontiers in Environmental Archaeology (1), lo firman Jared Carballo-Pérez (Universidad de Leiden y Universidad de La Laguna) y Miguel Ángel Molinero Polo (Universidad de La Laguna), director del Proyecto Dos Cero Nueve, la misión española que excava el monumento. Su conclusión es que ese apilamiento no supone desorden, sino una lógica funeraria distinta, en la que cada nuevo enterramiento se adapta a los que ya están allí.
Momias seleccionadas de SC3 (TT 209) que ilustran la variabilidad en la orientación y la posición de las extremidades superiores. Si bien todos los individuos se encuentran en posición supina, se documentan orientaciones tanto hacia el este (p. ej., M16, M10, M3) como hacia el oeste (p. ej., M14, M11, M8). Las posiciones de los brazos varían desde las manos sobre la pelvis o las extremidades en los depósitos más antiguos (p. ej., M16, M14) hasta los brazos predominantemente cruzados sobre el pecho en los individuos más recientes (p. ej., M11, M3, M1), con configuraciones asimétricas ocasionales (p. ej., M12) / Imagen: Frontiers
Del ataúd propio al apilamiento
Diagrama esquemático de las relaciones verticales y los patrones de superposición entre los depósitos funerarios (FD) en SC3, mostrados dentro de su contexto estratigráfico (SU 698–SU 211). Las momias individuales (M) están agrupadas por depósito funerario y dispuestas según su posición vertical relativa. Las líneas discontinuas indican contacto vertical directo entre individuos a través de diferentes depósitos. El conjunto secundario (FD6) está representado por separado dentro de SU 449. Los corchetes amarillos marcan la presencia de ataúdes asociados con individuos específicos en los niveles inferior e intermedio En las fases más antiguas, las de la dinastía XXV –la de los faraones kushitas llegados desde Nubia, que se hicieron con el poder en Egipto en la segunda mitad del siglo VIII a. C.–, cada enterramiento funciona como una unidad cerrada. Los cuerpos aparecen dentro de ataúdes de madera, colocados en sectores separados de la sala y acompañados de su propio ajuar: escarabeos, amuletos de los Hijos de Horus, cuentas tubulares de fayenza, ánforas fenicias y copas de incienso.
Desde finales de la dinastía XXV el patrón se vuelve más flexible y los nuevos cuerpos se insertan en espacios ya ocupados
Desde finales de la dinastía XXV el patrón se vuelve más flexible y los nuevos cuerpos se insertan en espacios ya ocupados, resume el estudio. En época persa una momia se deposita directamente sobre otra anterior y un ataúd llega a apoyarse encima del que ya contenía a un difunto, en una secuencia de encapsulado vertical. Los cuerpos dejan de estar separados y empiezan a tocarse.
El resultado es una columna funeraria que crece hacia arriba. Al menos seis de los nueve depósitos identificados presentan superposición vertical clara –en torno al 66,7 %–, mientras que los más antiguos no mantienen contacto con fases previas. El proceso se intensifica en época ptolemaica, ya en el tramo final del primer milenio a. C.
Los ataúdes no desaparecen de golpe: pierden función. Hay rastro de ellos en siete de los nueve depósitos, pero su uso sistemático se concentra en las fases iniciales y desaparece por completo en los niveles superiores. Al final, los cuerpos se depositan sin contenedor, condicionados por lo que ya había: uno apoya el cráneo en un fragmento de cerámica, otro queda encajado entre bloques de caliza.
Lo que apenas cambia es la postura. Todos los individuos en conexión anatómica aparecen boca arriba y paralelos a las paredes, con los pies hacia el este en el 61,5 % de los casos y hacia el oeste en el 38,5 % restante. Sí varían los brazos: las manos sobre la pelvis dominan al principio y los brazos cruzados sobre el pecho –rasgo recurrente en la iconografía de Osiris, el dios egipcio de los muertos– se imponen después, aunque los autores piden prudencia antes de leerlo como una osirianización.
Dieciséis personas y un cánido
La sala, identificada por los excavadores como SC3, ha entregado 1.444 huesos de 16 personas enterradas en posición primaria o parcialmente primaria y un cánido momificado –un animal de la familia del perro–, depositado sobre las piernas de dos difuntos de época persa. A ellos se suma un conjunto de 1.775 fragmentos óseos de al menos cuatro individuos más.
La cámara no fue alterada por las intervenciones de principios del siglo XX ni por intrusiones modernas posteriores
La cámara no fue alterada por las intervenciones de principios del siglo XX ni por intrusiones modernas posteriores, a diferencia de otros sectores del monumento. Un estudio preliminar publicado en Canarias Arqueológica(2) ya señaló que esa circunstancia la convierte en un contexto excepcional: casi todo sigue donde lo dejaron, y eso permite ordenar cada cuerpo dentro de la secuencia a partir de su posición.
El análisis antropológico permite conocer sexo y edad, no identidad. Hay una mujer de entre 17 y 20 años, un hombre de más de 60, un niño de siete y varios adultos de entre 20 y 59. Los dos varones más antiguos ocupan el sector este y las dos mujeres el suroeste, aunque los autores advierten de que la muestra es demasiado pequeña para hablar de una organización por sexos.
De los diecisiete cuerpos documentados, catorce conservan conexiones anatómicas parciales o completas, es decir, siguen articulados. Se han recuperado telas –vendajes o sudarios–, acumulaciones de resina y, en algunos casos, tejido momificado. Ninguno lleva nombre: la cámara dejó de ser el sepulcro de alguien concreto para convertirse en un espacio colectivo.
Riadas, fuego y muchas cautelas
La secuencia no es limpia. Entre dos niveles intermedios apareció un depósito secundario de huesos quemados: 1.775 fragmentos de un mínimo de cuatro individuos –tres adultos y un subadulto– sin conexión anatómica reconocible. El 88,6 % presenta alteración térmica y alrededor del 36 % roza la calcinación.
La intensidad del fuego apunta a temperaturas próximas a los 550 °C en condiciones mayoritariamente anaerobias
La intensidad del fuego apunta a temperaturas próximas a los 550 °C en condiciones mayoritariamente anaerobias, según el análisis macroscópico del color y de la superficie del hueso. El origen de estos restos sigue sin aclararse: pudieron proceder de un depósito anterior de la propia cámara o de otro sector de la tumba. Los cráneos y las extremidades inferiores son las zonas más afectadas; la columna y los brazos, las que menos.
El agua ha sido el otro gran agente. La TT 209 se excavó en la ladera norte del uadi Hatasun, dentro de un canal de drenaje activo, de modo que ha sufrido riadas repetidas tanto en la Antigüedad como durante el siglo XX. El seguimiento microclimático del interior, publicado en el Journal of Egyptian Archaeology(3), mostró que las salas más profundas mantuvieron durante largos periodos temperaturas estables y humedad muy alta; esa humedad degradó telas, resinas y maderas estucadas.
La tumba no se construyó para ninguno de estos difuntos. Su propietario original fue Nisemro, un alto funcionario de origen nubio activo en Tebas en la fase inicial de la dinastía XXV, según las evidencias reunidas por el Proyecto Dos Cero Nueve. El monumento era notable: superestructura de adobe en tres terrazas adaptadas a la pendiente y pilonos de casi 17 metros de longitud. Siglos después, otros ocuparon sus cámaras.
Hubo además reentradas humanas. Una intrusión abierta frente al acceso a la cámara contigua cortó la mitad inferior de una de las momias más antiguas. Los autores hablan de una “memoria” de la sala, pero en sentido estrictamente material: la persistencia de cuerpos, objetos y sedimentos que condicionó cada nueva deposición, no una relación consciente con el pasado.
Las inundaciones, el fuego y la conservación desigual dificultan distinguir las relaciones originales de las alteraciones posteriores, y algunas interpretaciones –como el origen del depósito quemado– son provisionales. Aun así, el caso encaja con lo observado en el resto de Tebas, donde alrededor del 80 % de las tumbas analizadas en otros trabajos fueron reutilizadas. Los trabajos en SC3, entre 2018 y 2026, han contado con el apoyo del Gobierno de Canarias, la Fundación Palarq y la Universidad de La Laguna.
Referencias
- (1) From individualized mummies to collective accumulations: an archaeothanatological analysis of funerary reuse in Theban Tomb 209 (Twenty-Fifth Dynasty–Ptolemaic Egypt). Frontiers in Environmental Archaeology.
- (2) Mummies under the wadi. Preliminary study of a burial deposit in Theban Tomb 209 (South Asasif, Egypt). Canarias Arqueológica, 22 (2021), pp. 615–628.
- (3) Environmental conditions in TT 209, Luxor. An example of Theban tomb subject to periodic flooding. Journal of Egyptian Archaeology.
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