Aceptar un proyecto petrolero puede parecer contradictorio cuando se teme por el río y el bosque de los que se vive. Sin embargo, es lo que han hecho muchas comunidades indígenas quichuas de la Amazonía ecuatoriana, que aceptan nuevas operaciones de extracción de petróleo aunque prevén daños ecológicos e impactos en sus medios de subsistencia, según ha comprobado una investigadora de la Universidad de Exeter.
La doctora Julie Dayot, que comenzó la investigación durante su doctorado en la Universidad de Oxford y ahora trabaja en la Universidad de Exeter, ha pasado ocho meses con comunidades quichuas a lo largo del bajo río Napo, en la Amazonía de Ecuador, durante la expansión de un importante proyecto petrolero. Sus conclusiones, publicadas en la revista Geoforum(1), apuntan a que el reparto desigual de los impactos y los beneficios de la extracción de petróleo ayuda a explicar esas decisiones.
Un río contaminado antes del petróleo
Las decisiones de estas comunidades no pueden considerarse de forma aislada, según la investigación. El daño ambiental no se queda dentro de cada proyecto petrolero, sino que se extiende más allá. La contaminación de los ríos, por ejemplo, puede llegar a las comunidades que viven río abajo mucho antes de que la extracción de petróleo llegue a sus territorios.
El río del que dependen las comunidades ya estaba muy contaminado, en parte debido a la extracción de petróleo realizada anteriormente río arriba
JULIE DAYOT, Universidad de Exeter
“El río del que dependen las comunidades ya estaba muy contaminado, en parte debido a la extracción de petróleo realizada anteriormente río arriba”, ha explicado la doctora Dayot. Lo ha puesto como ejemplo de algo particularmente llamativo: el agua potable. Si el río ya está dañado, quienes dependen de él sufren las consecuencias aunque la compañía petrolera todavía no haya llegado a su comunidad.
Varias comunidades pidieron a la compañía petrolera sistemas de agua potable, tanto para solucionar un problema que ya existía como porque preveían que la nueva extracción contaminaría todavía más el río. Así es como, según la investigadora, el petróleo llega a ser visto en la zona como fuente de daño ambiental y, a la vez, como un medio para abordar algunos de esos impactos, previstos o ya presentes.
La propia investigadora se sorprendió al llegar. “Cuando conocí a gente de las comunidades quichuas, me sorprendió que muchos quisieran que viniera la compañía petrolera”, ha recordado. “Quería entender el porqué. Con el tiempo, vi cómo los costos y beneficios de la extracción de petróleo se distribuyen de manera desigual en el espacio y el tiempo”, ha añadido.
Daños primero, beneficios después
Esa distribución desigual es la clave del trabajo. Los beneficios que ofrecen las compañías petroleras solo llegan a las comunidades donde se desarrollan los proyectos. Los daños, en cambio, pueden extenderse más allá: como ocurre con la contaminación de un río, pueden alcanzar también a las comunidades situadas río abajo.
Desde la perspectiva de una comunidad específica, los impactos se producen antes y, potencialmente, sin los beneficios destinados a compensarlos
Desde la perspectiva de una comunidad específica, los impactos se producen antes y, potencialmente, sin los beneficios destinados a compensarlos, advierte el estudio. Dicho de otro modo, el perjuicio puede llegar primero y la compensación, en cambio, solo a las comunidades donde se perfora.
La atención suele centrarse en las comunidades que se resisten a la extracción de petróleo. El estudio de la doctora Dayot aporta la otra cara: muestra por qué puede parecer lógico que algunas personas acepten y negocien la extracción, a pesar de reconocer sus posibles daños.
“Debemos ir más allá de las decisiones en sí mismas y analizar las condiciones desiguales en las que se produce la aceptación”, ha defendido la investigadora. Según explica, en un contexto de continua degradación ambiental y con compañías que ofrecen dinero, empleos y mejoras en las infraestructuras, los proyectos perjudiciales pueden ser “aceptados, negociados o incluso deseados” a pesar de sus consecuencias dañinas para las mismas personas que los aceptan.
Un sustento ligado al río
Para entender el contexto, conviene saber que más de la mitad de la Amazonía ecuatoriana ha sido designada para la perforación petrolera. La investigación se llevó a cabo en comunidades quichuas a lo largo del bajo río Napo, entre ellas seis cuyos territorios se superponen con el proyecto petrolero Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT).
Las personas dependen directamente del río, el bosque y la tierra para obtener agua, alimentos y materiales para construir sus casas
JULIE DAYOT, Universidad de Exeter
“Las personas dependen directamente del río, el bosque y la tierra para obtener agua, alimentos y materiales para construir sus casas”, ha subrayado la doctora Dayot. Para las comunidades con las que ha trabajado, ha añadido, el daño ambiental no es una preocupación abstracta separada de la vida cotidiana: los proyectos que amenazan la naturaleza amenazan directamente su sustento.
Esto ayuda a entender por qué la decisión no resulta sencilla. Las propias comunidades prevén los daños ecológicos de la extracción y, aun así, algunas la aceptan y negocian. Según el estudio, su postura responde a unas condiciones desiguales: la contaminación que ya sufren, la llegada anticipada de los impactos y unos beneficios que solo se ofrecen donde se perfora.
La investigación ha sido financiada por una beca Wolfson Marriott, el Fondo para Mujeres Graduadas (FfWG) y el Fondo Sarah Andrieux. El artículo se titula “Dilemas asimétricos y compromisos petroleros en una frontera extractiva”, un término que alude a las zonas donde avanza la explotación de recursos naturales sobre nuevos territorios.
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