Los suelos del planeta esconden una infraestructura viva de dimensiones gigantescas. Un equipo internacional de investigadores e investigadoras ha elaborado los primeros mapas globales de las redes de hongos micorrícicos arbusculares, unos organismos que viven asociados a las raíces de las plantas y que cumplen una función esencial: facilitan el acceso a agua y nutrientes a cambio del carbono que las plantas producen mediante la fotosíntesis.
Una red bajo tierra
Aunque no se ve a simple vista, esta red subterránea se extiende por buena parte del planeta. El estudio estima que las capas superficiales del suelo contienen alrededor de 110 cuatrillones de kilómetros de hifas vivas, los filamentos microscópicos que forman estos hongos. Es una cifra casi imposible de imaginar, pero ayuda a comprender la enorme escala de una vida subterránea que normalmente pasa desapercibida.
Estas redes de hongos funcionan como una especie de sistema de conexión bajo tierra. No son raíces, aunque viven junto a ellas. Tampoco son simples organismos aislados. Forman una trama de filamentos que se asocia con las plantas y les ayuda a captar elementos esenciales, como fósforo, nitrógeno y agua, especialmente en suelos donde estos recursos no están fácilmente disponibles.
A cambio, las plantas entregan a los hongos parte del carbono que capturan de la atmósfera. Ese intercambio convierte a los hongos micorrícicos en actores importantes del ciclo natural del carbono, porque ayudan a moverlo desde las plantas hacia el suelo.
El estudio calcula que estas redes trasladan cada año alrededor de 1.000 millones de toneladas métricas de carbono hacia los suelos. Expresado en dióxido de carbono, la cifra equivale aproximadamente a 3.900 millones de toneladas de CO₂. Por eso, los investigadores/investigadoras consideran que conocer mejor estas redes puede ayudar a entender cómo funcionan los ecosistemas y cómo se almacena carbono bajo tierra.
Hongos aliados de las plantas
Los hongos micorrícicos arbusculares no son una rareza. Según el estudio, están asociados con cerca del 70% de las especies de plantas terrestres. Su relación con la vegetación es muy antigua y forma parte del funcionamiento básico de bosques, pastizales, humedales y otros ecosistemas.
La clave está en la cooperación. Las plantas necesitan nutrientes del suelo para crecer, pero no siempre pueden acceder a ellos por sí solas. Los hongos, gracias a sus filamentos finísimos, exploran el suelo con una gran eficacia y llegan a lugares donde las raíces no alcanzan. De este modo, actúan como una extensión del sistema de alimentación de las plantas.
A cambio, reciben energía en forma de carbono vegetal. Ese carbono procede de la fotosíntesis, el proceso por el que las plantas capturan CO₂ de la atmósfera y lo transforman en materia orgánica. Parte de esa materia acaba circulando bajo tierra a través de las redes fúngicas.
El trabajo publicado en Science (1) intenta poner números a esa infraestructura invisible. Para ello, el equipo reunió datos de 322 estudios y de más de 16.000 muestras de suelo procedentes de diferentes regiones y biomas. Con esa información, los investigadores desarrollaron modelos para estimar dónde hay más densidad de hifas y cuánta biomasa representan estas redes a escala mundial.
Además, el estudio utilizó imágenes de más de 300.000 hifas para afinar los cálculos. La estimación final sitúa la biomasa de estas redes en unos 300 megatones, una cantidad equivalente a entre cuatro y seis veces la biomasa de todos los seres humanos.
Suelos aún poco conocidos
Uno de los resultados más destacados es la importancia de los pastizales. Según la investigación, estos ecosistemas contienen cerca del 40% de la infraestructura mundial de hongos micorrícicos arbusculares. Es decir, una parte muy relevante de estas redes se encuentra en zonas herbáceas, no solo en grandes bosques.
El hallazgo tiene implicaciones para la conservación. Los pastizales suelen recibir menos atención que otros ecosistemas y, en muchas regiones, están sometidos a transformación agrícola, ganadera o urbana. Si una parte importante de estas redes subterráneas se concentra en ellos, su degradación también puede afectar a procesos ecológicos que ocurren bajo tierra.
El estudio también apunta que los cultivos presentan densidades micorrícicas más bajas que los ecosistemas silvestres. La información difundida junto a la investigación señala que, en tierras agrícolas, las densidades previstas son aproximadamente la mitad de las observadas en ambientes naturales. Esto sugiere que los cambios de uso del suelo pueden reducir la presencia de estas redes fúngicas.
Los autores/autoras advierten, no obstante, de que todavía existen grandes vacíos de información. Algunas regiones y ecosistemas han sido mucho menos estudiados que otros, por lo que los mapas deben entenderse como una primera aproximación global. Para mejorar las estimaciones será necesario tomar más muestras y ampliar el conocimiento sobre la vida subterránea en zonas poco representadas.
La investigación también se ha acompañado de una visualización interactiva impulsada por la Society for the Protection of Underground Networks, conocida como SPUN. Esta herramienta permite explorar la distribución de estas redes y ayuda a identificar lugares donde la información aún es insuficiente.
El nuevo mapa global
Más allá de las cifras, el estudio lanza un mensaje claro: una parte esencial de la vida del planeta ocurre bajo nuestros pies. Las redes de hongos del suelo ayudan a las plantas, participan en el movimiento del carbono y sostienen procesos ecológicos que no siempre se tienen en cuenta en las políticas ambientales.
Durante años, la conservación se ha centrado sobre todo en lo visible: bosques, animales, ríos, océanos o paisajes amenazados. Este trabajo recuerda que la biodiversidad subterránea también es fundamental. Sin esos organismos microscópicos, muchos ecosistemas funcionarían de forma muy distinta.
El nuevo mapa global no resuelve todas las preguntas, pero abre una puerta importante. Permite empezar a medir una infraestructura natural que hasta ahora permanecía casi invisible y refuerza la idea de que proteger los suelos no significa solo evitar su erosión o contaminación, sino también conservar las redes vivas que sostienen buena parte de la vegetación terrestre.
Referencias
Añadir EcoAvant.com como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Activar ahora




Comentarios