Un bosque puede seguir en pie y estar, en realidad, medio vacío. En 2015, el 88 % de las áreas tropicales del planeta registraba una probabilidad superior al 50 % de que allí se cazara fauna silvestre –para comer o para el comercio de mascotas y ornamentos–, y apenas un 0,03 % de esos espacios podía considerarse un refugio. Lo revelan los primeros mapas globales estandarizados que predicen dónde se caza en los bosques tropicales: dos fotografías del planeta, tomadas en 2000 y en 2015, que por primera vez permiten comparar cómo ha avanzado esta presión.
El trabajo lo han liderado investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), y se ha publicado este 18 de agosto en la revista Nature Sustainability(1). Su conclusión es que la caza está mucho más extendida de lo que se pensaba en el trópico –la franja continental donde se concentra el mayor número de especies del planeta– y que ha avanzado hacia algunas de las últimas áreas que se mantenían relativamente intactas.
Mapa de la probabilidad de que haya caza en las áreas tropicales del planeta / Imagen: Nature Sustainabiility
El equipo ha construido dos mapas globales estandarizados, uno referido al año 2000 y otro a 2015, con una resolución de un kilómetro cuadrado. Cada punto del mapa indica la probabilidad de que allí se cace. Para llegar hasta ahí, los investigadores han empleado algoritmos de aprendizaje automático –programas que aprenden a reconocer patrones a partir de ejemplos– entrenados con información procedente de 2.463 localidades repartidas por África, Asia y América tropical, tanto lugares donde se caza como lugares donde no.
Lo que hemos logrado con estos mapas es mostrar con precisión dónde se concentra esta presión y cómo está cambiando con el tiempo
ANA BENÍTEZ, investigadora del MNCN-CSIC
“Lo que hemos logrado con estos mapas es mostrar con precisión dónde se concentra esta presión y cómo está cambiando con el tiempo”, explica la investigadora del MNCN Ana Benítez, que concibió la idea original del estudio. El modelo cruza esas 2.463 localidades con variables ecológicas y socioeconómicas: desde la productividad del bosque o el relieve hasta la densidad de población, el producto interior bruto o el tiempo de viaje hasta la ciudad más próxima.
¿Quién caza? El modelo no lo distingue: predice si en un punto hay caza, no quién la practica ni con qué fin. Y bajo esa misma etiqueta conviven dos realidades muy distintas. Por un lado, la caza de subsistencia de comunidades locales, que los autores recuerdan que no es una actividad negativa en todos los contextos, porque forma parte intrínseca de la forma de vida de algunas culturas que conviven con su entorno natural.
Por otro, la caza comercial y el comercio ilegal de especies, formas insostenibles de explotación que amenazan cada vez más la integridad ecológica de los bosques tropicales. “Cuando el control de estas actividades se reduce, la caza de la fauna silvestre se convierte en una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el mundo”, advierte Benítez. El propio trabajo retiró del repositorio público una parte de los registros para proteger la identidad de las comunidades vinculadas a actividades descritas como ilegales.
El resultado es una cifra contundente. En 2015, en el 88 % de las áreas tropicales la probabilidad de que se cazara era superior al 50 %, y solo el 0,03 % de esos espacios podía considerarse refugio para la fauna, es decir, con una probabilidad por debajo del 20 %. La huella espacial de la caza, señala el estudio, se extiende hoy por toda la franja pantropical.
El acceso humano, factor decisivo
Si un único factor explica por qué la caza se extiende, ese factor es la accesibilidad. La probabilidad aumenta de forma notable en las zonas situadas a menos de 25 kilómetros de pueblos y aldeas, lo que convierte la distancia a los asentamientos humanos en el predictor más importante de todo el modelo. Donde llegan las carreteras y las pistas forestales, llega también la presión sobre la fauna.
La expansión de infraestructuras y el aumento del acceso a áreas remotas están facilitando la expansión geográfica de formas de caza insostenibles
MARTIN PHILIPPE-LESAFFRE, investigador del MNCN-CSIC
“La expansión de infraestructuras y el aumento del acceso a áreas remotas están facilitando la expansión geográfica de formas de caza insostenibles hacia regiones que hasta hace poco permanecían relativamente protegidas”, señala el investigador del MNCN Martin Philippe-Lesaffre, primer firmante del trabajo. Y añade una consecuencia que preocupa especialmente a los ecólogos: “Esta tendencia es especialmente preocupante porque puede provocar el efecto de bosques vacíos: ecosistemas que aparentemente mantienen su cubierta forestal, pero que han perdido gran parte de su fauna debido a la sobreexplotación”.
El mapa dibuja focos muy definidos. Los puntos calientes de mayor probabilidad se concentran en el ámbito indomalayo –China, Sri Lanka y el oeste de la India–, en el Bosque Atlántico brasileño y en algunas zonas de África occidental. Entre 2000 y 2015, los incrementos más marcados se registraron en el ámbito indomalayo y en varias regiones neotropicales, mientras que África tropical mostró una situación relativamente estable.
Lo llamativo es dónde ha crecido más la presión. “Las mayores expansiones se observaron tanto en regiones como el sudeste asiático, donde la presión humana es muy alta, como en áreas que históricamente se consideraban remotas, como amplias zonas de la cuenca amazónica”, aclara Iago Ferreiro-Arias, investigador del MNCN y de la Estación Biológica de Doñana. Los refugios que aún resisten, añade, se localizan allí donde el aislamiento geográfico sigue dificultando el acceso: el interior de Borneo, Papúa Nueva Guinea, África Central y el oeste de la Amazonía.
Una herramienta para la conservación
A diferencia de otras amenazas ambientales, como la deforestación o la urbanización, la caza es muy difícil de detectar mediante teledetección e imágenes de satélite: no deja un rastro visible desde el aire. De ahí la relevancia de unos mapas que aportan datos hasta ahora desconocidos y que pueden usarse como capa de partida en la planificación de la conservación.
Nuestro objetivo no es sustituir el conocimiento local ni las evaluaciones de campo, sino aportar una capa estandarizada de información
MARTIN PHILIPPE-LESAFFRE, investigador del MNCN-CSIC
“Nuestro objetivo no es sustituir el conocimiento local ni las evaluaciones de campo, sino aportar una capa estandarizada de información que permita entender dónde existe una mayor exposición potencial a la caza y cómo está cambiando esa exposición con el tiempo”, concluye Philippe-Lesaffre. Los autores presentan el trabajo como un modelo replicable para orientar medidas de gestión e intervenciones políticas dirigidas.
Conocer cómo avanza la caza resulta clave para dos compromisos internacionales en vigor: el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal y los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Sin una medida homogénea de dónde se caza y con qué intensidad, los países carecen de una referencia común para evaluar si las medidas de protección están funcionando.
El estudio lo firman también Jedediah F. Brodie (Universidad de Montana y Universiti Malaysia Sarawak), Dominik Schüßler (Universidad de Hildesheim) y Laura Maeso-Pueyo (MNCN-CSIC). La investigación se ha desarrollado en el marco del proyecto EVAHUNT, financiado por el Ministerio de Ciencia con fondos europeos NextGenerationEU, y los mapas y el código quedan disponibles en abierto en el repositorio Zenodo(2) para que otros equipos puedan reutilizarlos.
Referencias
- (1) Mapping hunting probability across the tropics in space and time. Nature Sustainability.
- (2) Hotspots, refuges, and rising accessibility: predicting tropical hunting probability across space and time. Zenodo.
- (3) Elaboran los primeros mapas globales que muestran cómo se expande la caza y los efectos que provoca en los trópicos. MNCN-CSIC.
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