Detrás de cada gran incendio reciente en California se esconde una transformación profunda: el fuego ha dejado de regenerar los bosques para empezar a arrasarlos.
Los incendios forestales de alta intensidad se han multiplicado p or treinta entre 1985 y 2024 y ya son el tipo de fuego más frecuente en los bosques del estado, según una investigación de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) publicada el 22 de junio en la revista PNAS (1). Hoy, los incendios queman cada año diez veces más superficie que en 1985 y, además, lo hacen con una virulencia mucho mayor.
El fuego que ya no regenera
Durante las décadas de 1980 y 1990, los incendios de California eran en su mayoría de baja o moderada intensidad y, en general, beneficiaban a los ecosistemas. Pero a medida que el fuego ha ganado tamaño, los incendios más intensos –los que matan árboles de forma masiva– han desplazado a esos fuegos beneficiosos hasta convertirse en la modalidad dominante.
Estos incendios de alta intensidad, que arrasan bosques, solían ser poco comunes, y ahora son el tipo de incendio predominante
A. PARK WILLIAMS, UCLA
“Estos incendios de alta intensidad, que arrasan bosques, solían ser poco comunes, y ahora son el tipo de incendio predominante”, ha afirmado A. Park Williams, bioclimatólogo y profesor de geografía de la UCLA y autor principal del trabajo. El estudio, que ha cartografiado 4.391 incendios forestales entre 1985 y 2024, muestra que la superficie de bosque quemada cada año por fuegos más intensos ha crecido mucho más deprisa que la arrasada por incendios beneficiosos de menor intensidad, aunque ambos hayan aumentado.
El punto de inflexión llegó en 2012. Desde entonces y hasta 2024, los incendios de alta intensidad han superado cada año a los de baja intensidad, según Mitchell J. Hung, coautor del estudio. Los datos de CalFire refuerzan esa tendencia: ocho de los diez mayores incendios de California en los últimos cien años se han producido en la última década. El peor año fue 2020, cuando ardió más superficie forestal que en ningún otro momento de la historia moderna del oeste de Estados Unidos; 2021 quedó en segundo lugar.
La intensidad de un incendio se mide de forma cuantitativa –por la proporción de copa de los árboles que se quema o el grado de carbonización del suelo–, pero también deja una huella reconocible. Hung la asocia a sus viajes por el Parque Nacional de Yosemite, donde, al doblar una curva, aparecen campos enteros de árboles calcinados. Solo quedan los troncos: “Son como lápidas de árboles”, ha descrito.
Más combustible y más sequedad
Los investigadores han identificado dos grandes causas detrás del agravamiento de los incendios. La primera es la densidad del combustible. El estudio muestra que los fuegos más intensos han crecido con más rapidez en los bosques de mayor biomasa, los de vegetación más espesa y sotobosques cargados de maleza inflamable. Paradójicamente, décadas de políticas de extinción han dejado que muchas masas forestales acumulen combustible.
Prevenir un incendio a menudo solo lo previene a corto plazo, pero pospone el problema hasta que haya aún más combustible para quemar
MITCHELL J. HUNG, Universidad de Stanford
“Prevenir un incendio a menudo solo lo previene a corto plazo, pero pospone el problema hasta que haya aún más combustible para quemar”, ha explicado Hung, investigador de sistemas terrestres que realizó el trabajo como estudiante de posgrado en la UCLA y hoy es doctorando en la Universidad de Stanford. El experto recuerda la célebre campaña del oso Smokey –Solo tú puedes prevenir los incendios forestales– y advierte de su efecto perjudicial, aunque involuntario, sobre unos ecosistemas que evolucionaron junto a fuegos frecuentes y poco intensos.
La segunda causa es la sequedad del ambiente. Para medirla, los científicos utilizan el déficit de presión de vapor –la diferencia entre la humedad que el aire puede contener y la que realmente contiene–: cuanto mayor es ese déficit, más seco está el aire y más agua extrae de las plantas y del suelo. El cambio climático ha calentado la atmósfera y, al hacerlo, ha aumentado su capacidad para retener agua.
Cuanto más cálida y seca es la atmósfera, mayor es la cantidad de incendios de alta intensidad que hemos visto en los últimos 40 años
MITCHELL J. HUNG, Universidad de Stanford
“Cuanto más cálida y seca es la atmósfera, mayor es la cantidad de incendios de alta intensidad que hemos visto en los últimos 40 años”, ha resumido Hung. Cuando el clima es caluroso y seco, ha añadido, la atmósfera funciona como una esponja que absorbe el agua de la superficie. Según el estudio, este efecto fue más acusado precisamente en las zonas de mayor densidad forestal.
Qué puede hacer la gestión forestal
El trabajo apunta a que California todavía puede proteger sus bosques con cambios en la gestión forestal, como una mayor limpieza manual de la maleza y un uso más amplio de las quemas controladas. Pero los autores advierten de que esas medidas tienen un límite claro.
Entre los principales factores que influyen en la gravedad de los incendios se encuentran el calentamiento y la sequedad de la atmósfera, algo que ninguna cantidad de aclareo forestal puede cambiar
MITCHELL J. HUNG, Universidad de Stanford
“Entre los principales factores que influyen en la gravedad de los incendios se encuentran el calentamiento y la sequedad de la atmósfera, algo que ninguna cantidad de aclareo forestal puede cambiar”, ha matizado Hung. Por eso, sostiene, la gestión forestal no resolverá el problema en todo el estado, pero sí puede reducir el riesgo de fuegos devastadores en lugares concretos si se toman buenas decisiones.
Lo que está en juego va más allá del paisaje. Cuando un incendio muy intenso abre grandes claros y reseca el suelo, las semillas vivas más cercanas suelen quedar demasiado lejos para que el bosque se regenere pronto, de modo que los ecosistemas forestales corren el riesgo de transformarse en pastizales y matorrales. Con ellos se perderían servicios como la purificación del aire, la regulación del clima o el control de las inundaciones, además de los ingresos de la industria maderera y el turismo.
“Tiene profundas repercusiones socioeconómicas”, ha subrayado Hung sobre la desaparición de estos bosques, que cada año se traduce en pérdidas económicas reales y en una presión añadida sobre una gestión del agua ya tensionada por la sequía. El estudio, contribución de la Western Fire and Forest Resilience Collaborative, ha contado con financiación de las fundaciones MacArthur y Moore, el Servicio Geológico de Estados Unidos, el Servicio de Parques Nacionales y el programa Sustainable LA Grand Challenge de la UCLA.
Referencias
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