La situación en Oriente Próximo se mantiene en un equilibrio extremadamente frágil pese al acuerdo de paz que trata de desarrollarse mediante arduas negociaciones entre Irán y Estados Unidos, mientras continúan las escaramuzas en torno al estrecho de Ormuz, Líbano y Gaza.

Sumario

 

La precariedad del equilibrio de paz hace temer que cualquier suceso derrumbe el castillo de naipes y devuelva a la región a un conflicto abierto de consecuencias imprevisibles.

 

Ormuz mantiene la tensión

 

Mapa de los conflictos en Irán y Oriente Próximo a 6 de julio de 2026 / Imagen: EA Mapa de los conflictos en Irán y Oriente Próximo a 6 de julio de 2026 / Imagen: EA

Las negociaciones y la situación de alto el fuego no impiden que se produzcan intercambios de hostilidades con relativa violencia, como muestra de fuerza por ambas partes. El último gran momento de tensión se produjo durante el último fin de semana de junio, cuando el ataque iraní contra un petrolero que atravesaba Ormuz desencadenó una reacción en cadena.

Estados Unidos encontró entonces la ocasión para mostrar su represalia y lanzar varios ataques contra territorio iraní, sobre todo en instalaciones de control de la costa sur del país. Irán no ocultó su indignación y aprovechó para lanzar misiles y drones contra instalaciones estadounidenses en los países vecinos de Bahrein y Kuwait.

La vuelta a una relativa calma tras ese intercambio permite que, en un contexto algo más tranquilo, Irán organice los mayores funerales de la historia de la República Islámica para despedir a su líder supremo, Alí Jameini, asesinado en un ataque de Estados Unidos hace más de cuatro meses.

Los actos tendrán lugar en varias ciudades del país y durarán al menos seis días, un periodo durante el que se suspenderán las conversaciones de paz. La interrupción llega en un momento sensible, marcado por la tensión militar y por la necesidad de evitar que los gestos de fuerza deriven de nuevo en una escalada regional.

Aunque no se produzcan ataques a diario, la tirantez es máxima, especialmente sobre la apertura de Ormuz, ya que ambas partes quieren mantener el mando de este paso estratégico. La apertura sin límites del estrecho, el control establecido sobre él y la necesidad de comunicar el paso a las autoridades iraníes siguen siendo algunos de los puntos más delicados.

A esos elementos se suma la intención de Irán de imponer una tasa sobre los buques que quieran atravesar Ormuz, una medida que añade presión a un escenario ya marcado por la desconfianza. El estrecho se mantiene así como uno de los principales focos de fricción de la guerra de Irán y de la inestabilidad regional.

 

Negociaciones bajo presión

 

El diálogo parece avanzar con la habitual diferencia en el tono de las manifestaciones de ambas partes. El bando iraní se mantiene cauto y reservado, mientras que Donald Trump recurre a declaraciones grandilocuentes y llega a afirmar que Irán “aceptó prácticamente todo” lo que Estados Unidos necesita.

En todo caso, uno de los principales objetivos estadounidenses es impedir que el régimen iraní pueda desarrollar un arma nuclear. Ese punto sigue siendo uno de los ejes centrales de unas negociaciones que tratan de fijar condiciones de paz mientras el terreno militar continúa emitiendo señales de máxima fragilidad.

El diálogo permite mantener con gran dificultad el acuerdo vigente, pero cualquier desequilibrio podría provocar una nueva escalada de violencia en la zona. La suspensión temporal de las conversaciones por los funerales de Alí Jameini introduce además una pausa política en un proceso que ya avanzaba bajo una presión constante.

Precisamente la situación de Líbano es uno de los factores más complejos y uno de los que pueden romper ese equilibrio. Irán exige el respeto a la soberanía e integridad territorial libanesa, mientras que Israel se niega a abandonar la zona que ha ocupado en el sur del país.

Israel tampoco renuncia a continuar con las operaciones militares contra Hezbolá, un elemento que mantiene abierto otro frente de tensión en el tablero regional. La combinación de negociaciones suspendidas, ataques puntuales y frentes activos convierte el acuerdo de paz en una estructura vulnerable, expuesta a cualquier incidente militar o decisión política.

El resultado es un escenario en el que la paz no se presenta como una situación consolidada, sino como una tregua sometida a prueba de forma permanente. Ormuz, Líbano y Gaza funcionan como focos conectados de una misma crisis, en la que cada movimiento altera el equilibrio general y multiplica el riesgo de una respuesta encadenada.

 

Líbano y Gaza se agravan

 

En Líbano, la doble tregua anunciada en semanas pasadas entre Israel, el Estado libanés y Hezbolá no ha servido para frenar la violencia. Los combates continúan a diario ante el incumplimiento mutuo y la intención de Israel de mantener sus tropas en el sur del país.

Los enfrentamientos entre miembros de Hezbolá y el Ejército de Israel en el sur de Líbano son una constante. Los combates centrados en la mitad sur provocan que, pese al teórico alto el fuego, al menos 700.000 personas todavía se encuentren desplazadas de sus hogares por el miedo a la guerra.

Según los últimos números, más de 4.300 personas han muerto y más de 12.000 han resultado heridas desde que Israel retomó su descarnada ofensiva contra Líbano a inicios de marzo. La persistencia de los ataques mantiene abierto un frente que puede arrastrar de nuevo a la región hacia una fase de mayor confrontación.

Mientras, en la Franja de Gaza ya se han cumplido los 1.000 días del comienzo de la ofensiva israelí. Ese ataque, pese a la teórica situación de tregua vigente desde octubre de 2025, no impide ataques puntuales de Israel ni bombardeos en los que mueren civiles, miembros de Hamás y niños de corta edad.

Ese lento goteo de víctimas ya alcanza los 1.066 muertos desde el comienzo del teórico alto el fuego. La crisis humanitaria que vive la población gazatí se prolonga entre tiendas de campaña y campamentos dispersos por la franja, sin apenas recursos y con una presión territorial cada vez mayor.

La población permanece cada vez más rodeada por el lento pero inexorable avance de la línea amarilla, ese 70% del territorio de Gaza que sigue bajo ocupación militar israelí. La situación agrava la inseguridad de quienes ya han sido desplazados y reduce aún más el margen para una vida mínimamente estable.

Acción contra el Hambre ha denunciado la escasez absoluta de agua para la población gazatí, con menos de 15 litros por persona al día, el límite estándar para la supervivencia. A la carencia de agua se suman las restricciones de maquinaria y productos que pueden servir para desalinizar o potabilizar, así como la destrucción de las estructuras de abastecimiento y saneamiento.

La falta de agua potable, la destrucción de infraestructuras y el hacinamiento inciden también en la generación de plagas y enfermedades. Gaza, Líbano y Ormuz condensan así una misma advertencia: las treguas formales no bastan para estabilizar Oriente Próximo cuando los frentes militares siguen activos y la población civil continúa pagando el precio más alto.

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