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Medio ambiente
23 de enero de 2018
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Martes, 27 de enero de 2015
Cristina Fernández
El mar también se muere
La humanidad está reproduciendo en los océanos el mismo modelo extractivo que ha acabado con miles de especies sobre la superficie terrestre
Los próximos 100 años serán clave para el medio acuático / Foto: Diverroy Los próximos 100 años serán clave para el medio acuático / Foto: Diverroy

Poco antes de finalizar el año, los expertos alertaban sobre la sexta extinción masiva en la historia de la Tierra: desde el siglo XVI, más de 500 especies de animales terrestres han desparecido de la superficie del planeta en lo que se ha dado en llamar la era de la defaunación. Ahora un estudio advierte de un futuro similar para la fauna marina. “Las tendencias oceánicas actuales, junto con las lecciones de la defaunación terrestre, sugieren que la defaunación marina se intensificará rápidamente a medida que aumenta la industrialización de los océanos”, explican los expertos estadounidenses que lo firman. 

Las cinco extinciones masivas registradas durante los 3.500-3.800 millones de años en que se calcula la antigüedad de la vida en nuestro mundo (en cada una de las cuales desapareció más de la mitad de las especies) fueron provocadas por catástrofes naturales como una gigantesca actividad volcánica global, cambios climáticos mucho más lentos que el actual o, en el caso de la última, el impacto de un meteorito hace 65 millones de años, mientras que la que se está produciendo es, además de la más rápida, la única causada por una de las especies animales que pueblan el planeta: el ser humano.

Sobrepesca y minería han dañado ya a todos los principales ecosistemas 

La comunidad científica ha identificado el inicio de la Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña como el punto de inflexión a partir del cual empezó a acelerarse la extinción de animales, fuera por el deseo de cazarlos o por la demanda de madera y la expansión de las tierras de cultivo y las fábricas, que acabaron con buena parte de sus hábitats. Unas prácticas que hoy los países ricos que las llevaron a cabo entonces intentan evitar en los países en desarrollo que siguen sus pasos.

El artículo Marine defaunation: animal loss in the global ocean (Defaunación marina: pérdida de animales en el océano global), publicado en la revista científica de referencia Science, denuncia la expansión de este modelo de crecimiento dañino también para los mares. “A pesar de nuestro retraso en el inicio, los humanos han cambiado ya prácticamente todos los principales ecosistemas marinos”, aseguran los autores de la investigación. 

El número de embarcaciones pesqueras que faenan en los mares no deja de aumentar, y los caladeros están cada vez más sobreexplotados. Las flotas industriales, guiadas por los mejores navegadores por satélite, aniquilan las poblaciones de peces y destruyen los fondos marinos con sus agresivas artes de arrastre. Y a pesar de que sólo suponen el 2% de todos los pesqueros del mundo, tienen una capacidad de capturar pescado “abrumadora” en relación con el resto de embarcaciones, denuncia la organización ecologista Greenpeace en su informe Monster Boats: una lacra para los océanos

El impacto de las piscifactorías

Además, grandes extensiones de los océanos se han convertido en piscifactorías, que contaminan y alteran el medio acuático con los piensos y productos químicos que se suministran a los peces. “Las granjas de camarones están destruyendo los manglares con una rapidez similar a la que hizo a la agricultura terrestre consumir las praderas nativas y los bosques”, sentencia el co-autor del artículo científico Steve Palumbi, de la Universidad de Stanford (EE UU), quien añade otra amenaza: las concesiones mineras para explorar y explotar los fondos marinos.

A los múltiples usos industriales del mar hay que añadir los efectos del cambio climático que, según los expertos, tiene un mayor impacto en la fauna marina que en la terrestre. “Cualquier persona que ha tenido una pecera sabe que, si pone un poco más alto el calentador del agua, provoca un aumento de la acidez de la misma y los peces empiezan a tener problemas”, explica otro de los co-autores del estudio, el ecólogo de la Universidad de Rutgers, Malin Pinsky.

Los investigadores consideran que bajo el mar se están produciendo tres tipos de extinción: la local, es decir, la desaparición de una especie en una zona concreta; la comercial, que tiene lugar cuando una especie existe pero no hay suficientes ejemplares como para que se pueda seguir pescando de forma rentable, y la ecológica, que es la más perjudicial, puesto que la especie sigue existiendo, pero está tan sobreexplotada que ya no puede desempeñar su papel ecológico tradicional, lo que altera los equilibrios del ecosistema y puede condenar a otros animales al favorecer la proliferación de terceros.

Es lo que sucedió con las nutrias marinas cuando estuvieron a punto de extinguirse a principios del siglo pasado: los pocos ejemplares que quedaban no eran suficientes para mantener los bosques de algas saludables y en crecimiento al no poder ya controlar la población de erizos de mar.

El cambio climático afecta en mayor medida a la vida acuática que a la terrestre

Para los especialistas, los próximos 100 años serán clave para la vida salvaje en los océanos, por lo que hay que actuar con rapidez. "Debido a que ha habido menos extinciones en los océanos, todavía disponemos de los elementos necesarios para la recuperación", opina el principal autor del trabajo, Douglas McCauley, profesor en la Universidad de Santa Barbara en California.

“Para las especies marinas hay todavía una cierta esperanza que ya no existe para los cientos de especies terrestres que ya han cruzado el umbral de la extinción”, ha añadido. Para evitar que también lo atraviesen, los científicos reclaman más medidas además de la declaración de determinadas áreas protegidas, que, por amplias que sean, estiman totalmente insuficiente.

Y como ejemplo de que el mar todavía puede salvarse destacan la restauración de la Bahía de Monterrey, en California, después de que fuera devastada por la contaminación y la sobrepesca hace 80 años. En 1992 se creó el Santuario Marino Nacional de la Bahía de Monterrey, que protege 14.000 quilómetros cuadrados  de la bahía y sus áreas próximas. Ello contribuyó a la recuperación de las nutrias marinas, que han podido empezar a repoblar toda la costa oeste norteamericana al prohibirse su caza y desarrollarse grandes esfuerzos de conservación y programas de reintroducción.

"El futuro del océano está aún por determinar. Podemos meter la pata y cometer los mismos errores en el mar que ya cometimos en tierra, o podemos trazar colectivamente un futuro diferente y mejor para nuestros océanos", concluye el también firmante del estudio de recopilación mundial de datos Robert Warner. Una vez más, la ciencia ha hablado. Y parece que por esta vez también ha sido escuchada.

El pasado fin de semana los Estados dieron un gran paso adelante en la protección de los océanos con un acuerdo histórico en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Los delegados se comprometieron a elaborar un tratado internacional vinculante para conservar la vida marina en las vastas áreas de agua que quedan fuera de las fronteras nacionales para las que actualmente no existe ningún tipo de legislación. Estas aguas representan casi la mitad de la superficie de la Tierra e incluyen algunos de los ecosistemas más importantes.

El llamado Comité Preparatorio deberá comenzar a trabajar a principios del próximo año para presentar su informe en 2017 en la Asamblea General de la ONU. El texto podría ser finalmente aprobado en septiembre de 2018. Aunque con demasiadas incertezas todavía, la comunidad internacional empieza a ocupar el lugar que le corresponde para salvar los ecosistemas marinos y el planeta. 

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