Desde 1896, cada cuatro años —a excepción de 1916, 1940, 1944 y 2020 (aplazado a 2021 por la pandemia de covid-19)— los Juegos Olímpicos se han celebrado en diferentes ciudades de todo el mundo que han proporcionado todos los medios para acoger a miles de atletas y millones espectadores. Además de ser el acontecimiento deportivo internacional más importante del mundo, los JJ. OO. son el evento más visto y más caro del planeta.

Este verano se espera que la mitad de la población mundial siga la cobertura de los Juegos de Tokio, en Japón, retrasados por la pandemia, y que estos cuesten entre 12.000 y 28.000 millones de dólares. Aunque este año se celebrarán sin público por el coronavirus, esto refleja una tendencia hacia los grandes gastos, comenta Martin Müller (Pfarrkirchen, Alemania, 1982), profesor de Geografía en la Universidad de Lausana (Suiza) y autor de un reciente estudio publicado en la revista Nature Sustainability sobre la (in)sostenibilidad de los Juegos Olímpicos

Gracias a la creciente atención y las políticas destinadas a ellos, estos megaeventos podrían convertirse en un ejemplo de sostenibilidad y ser pioneros en las transformaciones necesarias en materia de construcción, desarrollo y operaciones. Sin embargo, tras analizar los últimos 16 Juegos de verano e invierno, el equipo de Müller apunta que estos acontecimientos han disminuido su rendimiento de sostenibilidad desde 1992, cuando se celebraron en Barcelona. 

 

¿A qué se refiere exactamente cuando habla de sostenibilidad en los Juegos Olímpicos? 

Tenemos que fijarnos en tres dimensiones: la sostenibilidad medioambiental, la social y la económica, también conocidas como planeta, personas y beneficios. Eso significa que la idea va mucho más allá de conseguir unos juegos verdes en cuanto a Juegos Olímpicos respetuosos con el medio ambiente. Para nosotros, unos JJ. OO. también tienen que tener sentido económico y ser socialmente justos. Una de las cosas que hemos analizado, por ejemplo, es si hay un buen uso posterior de todos los estadios deportivos o si la gente ha sido desplazada para poder acoger el evento

 

¿Cuáles son las consecuencias de no tener unos juegos sostenibles? 

La peor consecuencia es que se acaba gastando mucho dinero en un evento que destruye el planeta, perjudica a las personas y no contribuye mucho al desarrollo económico. Por desgracia, eso es lo que a menudo ocurre. Mientras que los Juegos Olímpicos podrían ser verdaderos motores de cambio hacia una transición sostenible, se limitan en realidad a hacer lo mismo de siempre, pero con un bonito envoltorio verde alrededor. 

 

Siendo uno de los eventos más caros del mundo, ¿qué debería cambiarse para que sean más sostenibles? 

Debería conseguirse lo que yo llamo las tres D: disminuir, desmaterializar y digitalizar. Los Juegos Olímpicos deben ser mucho más pequeños, con menos espectadores, menos periodistas y menos atletas (“disminuir”).

Las ciudades tampoco deben construir grandes infraestructuras como carreteras, hoteles o estadios para acogerlos, sino que deben arreglárselas con lo que tienen. Así que los Juegos deben adaptarse a la ciudad y no al revés (“desmaterializar”).

En tercer y último lugar, lo mejor de estos acontecimientos es que no hace falta estar allí para vivir una gran experiencia. Uno puede verlos desde casa o en las zonas especiales con grandes pantallas para aficionados de todo el mundo para compartir el ambiente festivo (“digitalizar”). 

 

En su estudio ha comparado 16 Juegos Olímpicos desde Barcelona 92. ¿Qué es lo que más le ha sorprendido? 

Nos sorprendió el hecho de que los juegos se han vuelto cada vez más insostenibles desde 1992. Sin embargo, parece que está sucediendo lo contrario si se escucha a los organizadores y al Comité Olímpico Internacional (COI), que siempre promocionan lo sostenibles que son, según ellos. Así que vamos en la dirección equivocada

 

¿Por qué cree que los Juegos de Barcelona, por ejemplo, fueron más sostenibles? 

En primer lugar, fueron unos juegos pequeños, por lo que obtuvieron una buena puntuación en la dimensión medioambiental. Además, también tuvieron un buen uso posterior de las instalaciones deportivas y, en aquella época, la gente los apoyó ampliamente. Finalmente se respetó el estado de derecho del país y hubo pocos cambios en las leyes existentes para acoger este megaevento. 

 

En este sentido, ¿qué podemos aprender de los juegos de 1992? 

Esos juegos fueron la demostración de que se pueden hacer unos JJ. OO. más pequeños, con menos adornos, que sigan funcionando bien. Me gustaría que los futuros anfitriones se fijaran en algunos de esos primeros eventos y se inspiraran precisamente en la organización más sencilla y realista que se asoció a ellos. 

Pero, por supuesto, también hay otra gran lección a tener en cuenta sobre los Juegos de Barcelona, a menudo descritos como un ejemplo exitoso de cómo los Juegos Olímpicos pueden beneficiar a una ciudad. El acontecimiento inició un giro hacia el turismo como fuerza de desarrollo urbano, lo que ha dado lugar a que Barcelona se convirtiera en un excelente ejemplo del fenómeno de sobreturismo: una ciudad construida para los turistas y dominada por ellos, a expensas de la población local. 

 

A pesar de que Barcelona 92 fueron los más sostenibles, hasta los juegos de invierno de Vancouver en 2010 no se habló de sostenibilidad. ¿Qué pasó después de aquel evento canadiense? 

Los Juegos de Invierno de Vancouver en 2010 fueron los primeros que se declararon sostenibles. Por eso se pusieron grandes expectativas en ellos, y en los Juegos que vinieron después, medidos a partir de esas mismas características. Sin embargo, nuestro estudio muestra que los juegos posteriores a Vancouver 2010, es decir, los JJ. OO. de verano de Londres y de Río y los de invierno de Sochi y de Pyeongchang, fueron menos sostenibles que los anteriores a Vancouver. Así que hay mucha retórica en torno a la sostenibilidad, pero pocos resultados concretos.

 

En el caso concreto de los juegos de este verano en Tokio, ¿cómo influirán las consecuencias de la pandemia en estos aspectos? 

Ya podemos ver que los Juegos de Tokio tienen una puntuación problemática en materia de sostenibilidad, es decir, van a continuar más bien con el descenso de sostenibilidad que venimos observando. Paradójicamente, la pandemia de covid-19 ha hecho que el evento sea más sostenible, porque menos gente viajará ya que no habrá público para verlo. Sin embargo, como consecuencia de la crisis sanitaria, gran parte de las infraestructuras se han visto sobredimensionadas ahora, y los costes se han disparado. Además, el gobierno de Tokio está yendo en contra de la voluntad de la mayoría de la población al seguir adelante con los Juegos, y esto no es precisamente sostenibilidad social. Por desgracia, el COI sigue sin tomarse en serio su propio mensaje de sostenibilidad

 

En su opinión, ¿por qué cree que no se producen cambios para que los Juegos sean más sostenibles? 

Hacer que los Juegos Olímpicos sean más sostenibles requeriría un cambio significativo en el actual modelo de negocio. El COI no está dispuesto a hacerlo, también porque se enfrenta a la resistencia de las partes interesadas (como las federaciones deportivas). En general, estos acontecimientos son lentos en reaccionar a las circunstancias cambiantes y con frecuencia se necesita una fuerte presión externa —como protestas y boicots— para modificar las cosas. 

 

¿Cuál es la acción más importante que debe realizarse en los futuros juegos, más allá de Tokio? 

Creo que las ciudades anfitrionas tienen que darse cuenta de que están gastando mucho dinero en un evento que no es ni un buen negocio ni muy sostenible. Así es como lo han entendido muchas personas en ciudades de todo el mundo y por eso ahora protestan contra estos megaeventos. Si los ciudadanos tuvieran más voz en la organización de los Juegos Olímpicos, también veríamos resultados más razonables.