Un viernes de junio a mediodía en Málaga. Frente a la Plaza de la Marina, una familia con inconfundible acento ruso se sube a un coche de caballos. Son cuatro niños y dos adultos, y como en el vehículo no caben los seis, el crío mayor acompaña al cochero en el asiento delantero. Hace calor, aunque lo peor para los equinos está por llegar. Los caballos de esta parada no tienen ninguna sombra natural que les proteja y cada año los cocheros, que en esto coinciden con los animalistas, piden al ayuntamiento unas marquesinas. Hasta hace unos pocos días no se han instalado unos toldos portátiles que ofrecen a los animales una tenue sombra.

Pero el problema no es solo térmico: la actividad de los carruajes, tan vinculada a las estampas turístico-folclóricas de la ciudad, sigue estando muy desregulada, hasta el punto de que nadie controla desde la administración cuántas horas trabajan estos animales. Además, cuadras como las de Málaga, levantadas un cuarto de siglo atrás, presentan unas condiciones muy precarias. Los coches de caballos son una actividad en el limbo desde hace demasiado tiempo.

"Llevan una pila de años estudiando el asunto… Sigo sin saber cuándo van a poner la sombra", lamenta Antonio Domínguez, portavoz oficioso de los cocheros malagueños. El portavoz oficial hasta hace unos meses responde por Whatsapp que ya está fuera del negocio, porque en Málaga cada vez hay menos coches de caballos. El ayuntamiento lleva varios años recuperando licencias, a 35.000 euros cada una. Quedan 28: la actividad está claramente en retroceso. "Antes éramos un gremio y ahora una familia. Hacen con nosotros lo que quieren", se lamenta Domínguez, que lleva en este sector desde los 12 años.

Un animal vigilado por activistas trabajó 13,5 horas a 38 grados de temperatura y solo bebió dos veces

La situación en la capital de la Costa del Sol contrasta con la de Sevilla, donde hay 98 licencias y los cocheros siguen gozando de una notable influencia. Para empezar, determinan cuántas horas deben trabajar los animales. Hace tres años, el grupo animalista PACMA fijó su atención en un caballo pío y le hizo un seguimiento exhaustivo durante un día entero, que luego reflejó en un informe. El caballo trabajó trece horas y media y el cochero le dio de beber un par de veces a lo largo de aquella extenuante jornada, pese a que se alcanzaron temperaturas de 38 grados, según denunciaron los activistas. Unas condiciones que rara vez conocen quienes usan los coches de caballos, mayoritariamente turistas.

En Sevilla, los coches de caballos mantienen intacto su marcado carácter folclórico. Así se explica en parte que el ayuntamiento nunca haya querido saber nada de la propuesta del partido animalista de ofrecer licencias de coches eléctricos que vayan sustituyendo progresivamente a los de caballos. "Cuando me reuní con Juan Carlos Cabrera [el concejal responsable], llegamos a un acuerdo con los ponis; con los circos acogió la propuesta de moción; pero cuando le hablé de los coches de caballos me respondió: "Eso ni lo toques, que es un emblema de Sevilla y los cocheros viven de eso", recuerda Javier Sanabria, coordinador de PACMA en Sevilla.

Es legendaria la capacidad de los cocheros para presionar en sus negociaciones con la administración local. Aún se recuerda en la ciudad la polémica con el exalcalde Alfredo Sánchez-Monteseirín, que intentó convencerlos de que pusieran un pañal a los équidos para librar las calles de sus heces. "El ayuntamiento nos exigía que tenía que ser ya, y nosotros queríamos probar. Nos habían quitado una parada y dijimos que pondríamos los pañales si nos la devolvían", recuerda hoy Milagros López, portavoz de los cocheros sevillanos, admitiendo implícitamente su condición de lobby influyente en la capital andaluza.

"Los horarios son cosa nuestra"

"Aquí el colectivo es grande y muy conflictivo. El ayuntamiento les tiene pánico", asegura Sanabria. "Cuando pedimos voluntarios para este tema, la gente se echa para atrás", añade. Fruto de ese poder, los cocheros disfrutan de gran autonomía, e incluso de cierta permisividad. Muchos en Sevilla ni siquiera están dados de alta como autónomos. "Sí, podrían venir y crujirnos. Pero no suelen hacerlo, no sé por qué", reconoce su portavoz.

Hace años, Sarabia pidió al consistorio la normativa que regula los horarios de trabajo de los caballos. No existe, le dijeron. Son los propios cocheros los que deciden en cada caso. "Los horarios son cosa interna nuestra", admite López, que asegura que son los propios conductores quienes vigilan el cumplimiento: "Tienen que alternarse, a no ser que el caballo al que le toque tenga una enfermedad. Entonces pasamos al siguiente", expone.

Ella niega el caso documentado por PACMA, aunque con un matiz: "A no ser que fuese un caballo de los que andan en doma, que hay que darle mucho trabajo para que se vaya acostumbrando". Según mantiene, en la mayoría de los casos realizan cuatro viajes al día. "Si es un poquito inquieto" puede hacer otros dos "para que se apacigüe". La cochera dibuja un escenario idílico, en el que los caballos apenas hacen un esfuerzo para tirar del carro, porque este va sobre "cuatro ruedas con cojinetes". Sin embargo, no suele prestarse atención al estado de las calzadas, que puede provocar heridas a los animales. En Marbella, alguna parada está en cuesta, de modo que el caballo sufre un fuerte desgaste físico.

Malos tratos y cocheras deficientes

¿Y el trato? "Eso es de cada uno, y nos llamamos la atención unos a otros", dice López, que admite que hay malos tratos. "Alguno que otro lo usa [el látigo] más de la cuenta, como en todos lados. Hay personas que no tratan bien a las mujeres, ¿cómo no va a haber con los caballos? Si no les ve la gente, les dan o tres castiguitos, a los animales no les puede domar sin darles algún toquecito", revela usando los diminutivos como eufemismo. La argumentación habitual de los cocheros es que se trata de casos aislados, porque el caballo es su fuente de ingresos y ellos son los primeros interesados en su bienestar.

Por último, está el lugar de supuesto descanso de los equinos. Los cocheros sevillanos están satisfechos con el estado de las cuadras, pero la situación en Málaga es muy diferente. Allí, las cocheras son de hojalata y uralita. Algunos boxes son tan pequeños que los caballos no pueden darse la vuelta, y tan bajos que no pueden ponerse a dos patas. Hay objetos cortantes. No hay ventilación adecuada. Hace un año, una avería dejó a las cuadras sin electricidad en pleno verano. El calor era tal que los cocheros dejaron las puertas abiertas durante la noche. Tuvo que intervenir la protectora de animales para que el ayuntamiento arreglara la avería.

Las cuadras malagueñas las levantaron los propios cocheros hace 25 años en un terreno cedido por el gobierno local. Un cuarto de siglo después, siguen en el mismo precario estado. Para animalistas como Virginia Márquez, de la Asociación CYD Santamaría, la solución pasa por tirar lo que hay y levantar unas nuevas cuadras con un enfoque totalmente distinto. "Se trataría de reconvertirlo en algo cultural, tipo granja-escuela y que los niños puedan darse una vuelta el fin de semana a ver los caballos y ponis".

Los animalistas proponen sustituir los equinos por motores eléctricos. Los cocheros no quieren ni oír hablar de ello

PACMA y entidades como la Protectora de Animales de Málaga son partidarias de sustituir la tracción animal por motores eléctricos, manteniendo el coche, pero los cocheros se niegan. "No queremos que pierdan su trabajo. Esto sería beneficioso para los trabajadores, porque es más económico que mantener los caballos", esgrime Sarabia, de PACMA. "No es lo mismo", replica Milagros López: "No hay ni punto de comparación entre esto y ver Sevilla en otra cosa. Y si pones un caballo de plástico tampoco. Ir por Santa Cruz escuchando el sonido de los caballos es encantador".

Otras ciudades han eliminado los coches de caballo de su paisaje urbano. Después de que un caballo muriera desfondado durante el verano de 2015, el Ayuntamiento de Barcelona decidió no renovar las licencias municipales en vigor. La última venció el 31 de mayo de 2018. Desde entonces, los coches de caballo con fines lucrativos están prohibidos en la capital catalana. "Pero con un colectivo de 100 trabajadores, que pueden organizar manifestaciones de 300 personas, como sucede en Sevilla, no es tan fácil", advierte Sanabria.

A la vista de la dificultad de hacer desaparecer esta forma de explotación animal en ciudades como Sevilla, Jerez o Málaga, los animalistas piden al menos una regulación que asegure el cumplimiento de unos horarios máximos razonables de trabajo, de unas condiciones dignas en las cuadras y que no pasen un calor asfixiante en aquella parte tan tórrida de la península. Las ordenanzas municipales se ocupan de las licencias, los recorridos y hasta del aspecto de los coches y los conductores, pero no de cuánto puede trabajar un caballo sin descansar, de hasta qué edad puede hacerlo y en qué condiciones climatológicas, a pesar de que en ciudades como Sevilla pueden alcanzarse temperaturas de hasta 40 grados en verano.

"Ahora mismo hay un vacío legal en España. No hay legislación o indicación de los mínimos exigibles de los coches de caballos y sus instalaciones", explica Aída Huertas, veterinaria que trabaja habitualmente con CYD Santamaría. El Consejo General de Colegios Veterinarios ha creado un subcomité de bienestar de équidos que empezará a desarrollar unas recomendaciones sobre coches de caballos, pero responde a EcoAvant que su trabajo "aún está muy verde" para valorar cuáles podrían ser esos mínimos.

"Llevamos mucho tiempo sólo para mejorar sus condiciones de vida, 15 años. Yo pensaba que era tan evidente que con uno o dos años de documentarlo y explicarlo lo solucionaríamos. Pero hay muchos intereses creados, de concejales, propietarios de caballos, licencias…", concluye Virginia Márquez.