La lamprea marina (Petromyzon marinus) se encuentra en declive en España, donde se considera una especie en peligro crítico de extinción. La situación es especialmente preocupante en los ríos sureños, en los que ha sido registrada muy pocas veces en las últimas décadas, hasta el punto de que prácticamente se la consideraba extinta en el río Guadalquivir. Hasta ahora.
Acabamos de capturar una lamprea adulta de casi un metro de longitud en la Rivera de Huelva, uno de los principales afluentes del Bajo Guadalquivir (posteriormente, fue liberada). El hallazgo pone de manifiesto la importancia de los pocos tramos fluviales que aún conservan la conexión con el mar, fundamentales para estos animales. También pone el foco sobre la necesidad de mejorar nuestro conocimiento sobre peces migradores, uno de los grupos de animales más amenazados en España y en todo el mundo.
Detalle de la cabeza de la lamprea capturada, antes de su liberación. Miguel Clavero
Malos tiempos para ser un pez migrador
Los peces anádromos nacen en los ríos y tienen un periodo de crecimiento en el mar, por lo que necesitan moverse libremente entre ambos ambientes. Son particularmente sensibles a la fragmentación de ríos por la construcción de barreras (como presas y azudes), ya que el bloqueo de las rutas migratorias hace que pierdan el acceso a las zonas de reproducción.
En el Guadalquivir, la presa de Alcalá del Río, a pocos kilómetros aguas arriba de Sevilla y en funcionamiento desde 1931, hizo que la mayor parte de la cuenca perdiese la conexión con el mar. La peor parte de los impactos generados se la llevaron peces migradores como el sollo (Acipenser sturio), al que hoy llamamos esturión, y el sábalo (Alosa alosa).
En la década de 1970 la lamprea ya se consideraba una especie rara en el Bajo Guadalquivir. Los registros posteriores se cuentan con los dedos de la mano, el último de ellos en 2014.
Sin embargo, vecinos de Guillena, localidad situada a orillas de la Rivera de Huelva, nos contaron que en torno a 1980 podían pescarse muchas lampreas. Es por tanto probable que la escasez de registros de lamprea se deba, al menos en parte, a la falta de cultura culinaria asociada a la especie en el sur de España. De hecho, nos dijeron que las lampreas se solían coger por el simple gusto de la captura, porque “ese pez tan raro” no lo comían.
En el Bajo Guadiana sí existe una explotación comercial de la lamprea debido a su gran valor en la gastronomía portuguesa. Es por esto que, desde hace años, se dedican importantes esfuerzos a su estudio y monitorización, algo que no se hace en el Guadalquivir. Además, estas pesquerías dirigidas a la especie dan lugar a capturas más frecuentes y trazables.
Aún así, la lamprea también se ha convertido en un animal extraordinariamente escaso en el Bajo Guadiana, hasta el punto de que los pescadores portugueses se quejan de que ya casi no vale la pena salir a pescarla.
Lamprea en el interior de la nasa en la que fue capturada. Miguel Clavero
Un ciclo complejo
La vida de la lamprea sigue un ciclo fascinante. Los individuos reproductores, como el capturado en la Rivera de Huelva, remontan los ríos buscando lugares apropiados para el desove. Hacen nidos en zonas de arena, en los que eliminan las piedras, moviéndolas con su boca en forma de ventosa.
De las puestas nacen larvas que, rápidamente, se entierran en sedimentos arenosos, donde viven filtrando agua para alimentarse. Cuando acaba esa fase filtradora, que puede durar más de cinco años, las larvas sufren una metamorfosis durante la que, por primera vez, desarrollan ojos funcionales, una boca succionadora repleta de dientes córneos y una lengua raspadora.
Estas lampreas juveniles abandonan la arena y viajan al mar. Allí se alimentan como parásitos de otros peces, a los que se aferran con la ventosa que forma su boca. En el Mediterráneo se les ha visto alimentándose de peces tan grandes como el pez luna (Mola mola) o la manta de espina (Mobula mobular).
Boca de la lamprea capturada. Miguel Clavero Después de entre dos y tres años de vida en el mar, las lampreas dejan de comer y emprenden su regreso a los ríos para reproducirse.
Después de entre dos y tres años de vida en el mar, las lampreas dejan de comer y emprenden su regreso a los ríos para reproducirse.
La reproducción de la lamprea nunca se ha descrito en la cuenca del Guadalquivir, pero el tramo en el que ahora la hemos detectado podría tener las condiciones necesarias para albergarla, por sus grandes lechos de arena y aguas permanentes. De hecho, puede haber sido un lugar tradicional de reproducción, pero nadie ha estudiado esta posibilidad. Lo que sí es evidente es que en toda la cuenca del Guadalquivir quedan pocos lugares, si es que queda alguno, tan adecuados para la reproducción de la especie.
Un tramo excepcional y amenazado
El tramo de la Rivera de Huelva que queda aguas abajo del embalse del Gergal, del que se toma el agua que abastece al área metropolitana de Sevilla, es excepcional por ser el principal ecosistema fluvial de la cuenca del Guadalquivir que aún mantiene contacto directo con el estuario y, a través de él, con el mar.
En ese tramo coexisten anguilas, llegadas del mar, y lisas (llamadas albures en la zona), que se mueven entre este, el estuario y el río, con especies típicamente fluviales como el barbo, el camarón de río y hasta tres especies de náyades –grandes y muy amenazadas almejas de agua dulce–.
Este es seguramente el tramo más importante en toda la cuenca del Guadalquivir para la conservación de los peces y otra fauna acuática. Pero las figuras de protección de ríos, como las Reservas Naturales Fluviales, suelen establecerse en zonas de montaña, protegiendo tramos de río de aguas limpias y bien oxigenadas, que recorren bonitos paisajes con pocos impactos. Pero eso no implica que sean los más importantes para la conservación de la biodiversidad.
A pesar de sus indudables valores, el tramo bajo de la Rivera de Huelva enfrenta numerosas amenazas, entre las que destacan una nutrida representación de especies invasoras. Una especialmente preocupante es el siluro (Silurus glanis), capaz de comerse los elementos más valiosos de esta zona, como la anguila y, ahora lo sabemos, la lamprea.
La porción de la Rivera de Huelva que queda accesible a los peces migradores podría no ser suficiente para garantizar su conservación o favorecer su recuperación en la cuenca del Guadalquivir. Lo que vemos hoy es un residuo ínfimo de lo que debía ser una frecuente y abundante presencia en ríos y arroyos, un escenario que ha desaparecido de la memoria colectiva.
El descubrimiento de la lamprea en el Guadalquivir es una buena noticia. Sería todavía mejor si empezáramos a recuperar para los peces migradores parte de la enorme cantidad de hábitat que les hemos quitado.
En la cuenca del Guadalquivir sería fundamental eliminar las barreras que forman las presas de Alcalá del Río y Cantillana, estructuras antiguas, pequeñas, con una exigua producción eléctrica, pero con un impacto gigantesco
En la cuenca del Guadalquivir sería fundamental eliminar las barreras que forman las presas de Alcalá del Río y Cantillana, estructuras antiguas, pequeñas, con una exigua producción eléctrica, pero con un impacto gigantesco. Sin esas barreras, el tramo bajo de la Rivera de Huelva no sería tan excepcional y daríamos una oportunidad a varias especies de peces que están a punto de desaparecer, de los ríos y de nuestra memoria.![]()
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