Donde hoy hay fondo marino hubo, hace miles de años, bosques y pantanos costeros. Esos paisajes, inundados por la subida del mar, han reaparecido en el archipiélago de Bazaruto, en Mozambique, convertidos en arrecifes de turba: plataformas sólidas que, sin un solo coral vivo, rebosan de peces, langostas y otras especies marinas.
Un equipo liderado por Mario Lebrato, del Observatorio Oceánico del Centro Bazaruto de Estudios Científicos (BCSS), junto a siete coautores, ha publicado en Scientific Reports(1) lo que creen que es la primera caracterización ecológica de arrecifes de turba tropicales. El estudio, publicado el 12 de octubre, concluye que estos hábitats sostienen una biodiversidad que los autores comparan con la de los arrecifes de coral vecinos.
De bosque costero a arrecife
Los arrecifes están formados por turba: restos comprimidos y ricos en carbono de antiguos pantanos y bosques costeros. A medida que el nivel del mar subió durante los últimos miles de años –y continúa subiendo–, el agua inundó esos paisajes. Después, las olas erosionaron la arena que los cubría y dejaron al descubierto plataformas firmes de turba en el lecho marino, que la vida marina acabó colonizando.
Lo que fue el suelo de un bosque es ahora una guardería para peces de arrecife. Nos sorprendió la cantidad de vida que sostienen estos antiguos depósitos de turba
MARIO LEBRATO, Observatorio Oceánico BCSS
“Lo que fue el suelo de un bosque es ahora una guardería para peces de arrecife. Nos sorprendió la cantidad de vida que sostienen estos antiguos depósitos de turba y cuántas especies se mueven entre ellos y los arrecifes de coral cercanos”, ha explicado Lebrato, autor principal del estudio y cofundador del Observatorio Oceánico BCSS. El científico ha recordado que esta costa tiene muy poco fondo duro natural, sobre todo arena en movimiento, y que cuando el mar deja al descubierto las viejas capas de turba crea un hábitat sólido poco frecuente donde la vida marina puede asentarse, esconderse y alimentarse.
Las dataciones por radiocarbono –una técnica que calcula la edad de la materia orgánica a partir del carbono que conserva– sitúan la turba entre unos 300 y unos 5.000 años de antigüedad, y el análisis químico confirma que procede sobre todo de plantas y árboles de la costa. El equipo trabajó en 2023, fuera de las áreas marinas protegidas, y comparó tres arrecifes de turba con un arrecife de coral cercano.
En la investigación han participado además el Kisawa Sanctuary (Mozambique), las universidades de Southampton, Plymouth, Heriot-Watt y Newcastle, la Universidad de Nueva Inglaterra (Maine, EE UU) y Sound Ocean Science (Canadá). Las imágenes de satélite apuntan, por otra parte, a más formaciones similares en otros tramos de la costa del archipiélago que todavía no se han explorado.
Vida abundante, pero sin corales
Los arrecifes de turba no tienen ningún coral vivo, pero están lejos de estar vacíos. Sobre la turba crecen praderas marinas y algas, y sus grietas y repisas dan cobijo a langostas espinosas, ostras, percebes y peces jóvenes, entre ellos pargos y roncos que suelen asociarse a los arrecifes de coral, probablemente porque allí encuentran refugio frente a los depredadores.
Los arrecifes de turba comparten buena parte de su fauna de peces con los de coral, aunque los invertebrados fijados al fondo son completamente distintos
Los arrecifes de turba comparten buena parte de su fauna de peces con los de coral, aunque los invertebrados fijados al fondo son completamente distintos, según los autores. Cada arrecife de turba albergó entre 26 y 36 especies de peces pequeños, frente a las 54 del arrecife de coral de referencia, y 41 especies aparecieron en ambos hábitats. En los de turba hay menos ejemplares, pero su diversidad calculada es ligeramente superior.
Entre los animales de más de 20 centímetros, tiburones, rayas y tortugas se registraron en ambos tipos de arrecife, y el pargo de bandas azules (Lutjanus kasmira) domina en los de turba. Los herbívoros presentes en la zona, como las tortugas verdes y los dugongos, podrían alimentarse de las praderas marinas que crecen sobre la turba. Entre los invertebrados la diferencia es mayor: cada arrecife de turba registró de 12 a 14 especies, frente a las 28 del de coral, y ninguna coincidió.
Los arrecifes de turba viven, además, una vida más dura. A solo 2 a 4 metros de profundidad y expuestos con frecuencia por las mareas, su temperatura oscila en un solo día entre 24,5 y 28,6 °C y reciben mucha más luz solar, mientras que el arrecife de coral, más profundo, apenas varía entre 26,8 y 27,6 °C. Las tormentas y los ciclones los entierran, los descubren y los rompen con regularidad, y muchos acaban desapareciendo por la erosión y el movimiento de la arena.
Carbono por medir y proteger
Una de las grandes incógnitas es cuánto carbono almacenan estas formaciones. Algunas muestras de turba contienen hasta un 40 % de carbono orgánico en peso seco, lo que confirma que se trata de un material muy rico en restos de plantas terrestres. Pero la cifra describe las muestras analizadas, no una reserva medida del hábitat completo.
El papel actual de los arrecifes de turba en el ciclo del carbono sigue sin resolverse y exige medir el grosor de la turba y su densidad
El papel actual de los arrecifes de turba en el ciclo del carbono sigue sin resolverse y exige medir el grosor de la turba y su densidad, además de las reservas de carbono por superficie, el ritmo de enterramiento o erosión y las emisiones de gases de efecto invernadero, según el artículo.
Como referencia, los pantanos de turba tropicales en tierra pueden guardar entre 1.000 y 2.000 toneladas de carbono por hectárea bajo el suelo, pero nadie sabe aún cuánto contienen los arrecifes sumergidos ni si hoy lo almacenan o lo liberan. Los autores no los consideran, por ahora, ecosistemas de “carbono azul” –el que capturan y almacenan los ecosistemas costeros– equivalentes a los manglares, las marismas o las praderas marinas. Piden averiguar si funcionan sobre todo como reservas de carbono heredado, si las comunidades vivas aportan nuevo carbono enterrado y cómo interactúan ambos procesos a medida que cambia el entorno.
Su contribución a la biodiversidad, al hábitat pesquero y a la posible preservación de carbono heredado debería reconocerse en la gestión costera
MARIO LEBRATO, Observatorio Oceánico BCSS
“Su contribución a la biodiversidad, al hábitat pesquero y a la posible preservación de carbono heredado debería reconocerse en la gestión costera y en las estrategias de conservación, sobre todo donde la salud de los arrecifes de coral está en declive”, ha defendido Lebrato. Para el investigador, la existencia de estos arrecifes subraya la resiliencia y la capacidad de reinvención de los ecosistemas costeros ante la subida del nivel del mar y los cambios en la línea de costa. Se muestra ilusionado ante la posibilidad de impulsar políticas de conservación que protejan zonas similares en otras partes del mundo.
Los autores añaden que los planificadores costeros y los conservacionistas rara vez cartografían o protegen estos hábitats, y que formaciones parecidas podrían estar sin descubrir en el sudeste asiático, el Caribe y África occidental. Piden incluir los arrecifes de turba en los mapas de hábitats costeros, los planes de conservación, las evaluaciones del carbono costero heredado y las políticas de economía azul. Y apuntan que, mientras los arrecifes de coral retroceden, estos refugios poco conocidos podrían servir de respaldo para algunas especies.
El estudio se apoya en el Observatorio Oceánico BCSS, que se estableció en 2017 en el archipiélago de Bazaruto y es el primer observatorio oceánico permanente de África. Ha generado más de 22 millones de mediciones de más de 30 variables químicas, ambientales y de biodiversidad en seis ecosistemas conectados, con 14 estaciones de seguimiento a largo plazo en un área de unos 6.850 km².
- (1) Ancient terrestrial forests reborn as modern marine ecosystems under shifting sea levels. Scientific Reports.
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