Calles y avenidas vacías, tiendas cerradas, trenes y vagones de metro circulando sin pasaje, autopistas surcadas solamente por camiones de reparto de productos básicos. Una Semana Santa sin procesiones y con las playas desiertas. Los pocos peatones que, respetando la obligatoria cuarentena, salen solamente a comprar lo imprescindible, protegidos con máscaras más o menos artesanales y guantes de látex o plástico transparente, igual que quienes les atienden. Quienes más transitan, los dueños de perros, seres confinados de por vida que ahora pasean más que nunca. Se habla incluso de préstamos y alquileres de mascotas para poder eludir la orden de permanecer en casa para frenar el avance de la pandemia. 

Largas colas reguladas por vigilantes o empleados ante los supermercados y las panaderías, de entre los pocos comercios autorizados a permanecer abiertos tras la adopción por el Gobierno del estado de alarma el pasado 14 de marzo, que los clientes abandonan con carros atiborrados inverosímilmente de alimentos (y rollos de papel higiénico).

En teoría, dicha alarma expiraba a medianoche del próximo domingo, pero el gabinete de Pedro Sánchez obtuvo ayer del Congreso de los Diputados su ampliación, por de pronto, hasta el día 26, aunque desde el martes algunos sectores laborales volverán al trabajo. Controles policiales ubicuos velan por el estricto cumplimiento de la orden de confinamiento. 

Sólo existe ajetreo en los hospitales, permanentes o de campaña, desbordados por las decenas de miles de infectados, las UCI ocupadas al cien por cien por personas que necesitan los insuficientes respiradores para no asfixiarse, con el personal desfalleciendo, falto del suficiente equipo de seguridad, lo que diezma sus filas, y lo mismo en los tanatorios. Pistas de hielo han tenido que cambiar su lúdica función por la de improvisadas morgues. Este es el desolador panorama que ha dejado en nuestras ciudades el coronavirus COVID-19, la pandemia mundial surgida en China que ha alcanzado la práctica totalidad de países en los cinco continentes. 

Todo está en silencio. Solo existe ajetreo en los hospitales y en los tanatorios

El estremecedor silencio en las calles solamente se ve alterado a las ocho de la tarde por los aplausos que los confinados domiciliarios regalan a los trabajadores de la sanidad que salvan nuestras vidas poniendo en peligro las suyas por culpa de años de recortes en los presupuestos sanitarios por parte de gobiernos que anteponen el saneamiento de las cuentas al de las personas.

Ante el inusual y tentador espectáculo de las ciudades y pueblos vacíos, numerosos animales salvajes empiezan a incursionar en ellas cada vez con mayor osadía: jabalíes bajados de Collserola en pleno centro de Barcelona, donde, a falta de otras fuentes de alimento, las gaviotas están masacrando a las palomas de la plaza de Catalunya; cisnes escapados del Retiro vagando por las calles del viejo Madrid, osos y lobos han sido filmados deambulando por dispersos pueblos de montaña gallegos y asturianos. 

El otro impacto positivo de nuestro confinamiento para el planeta, para el que tal vez seamos nosotros un virus, es el descenso rápido e inusitado de la contaminación atmosférica en las capitales, después de que el tráfico se haya reducido hasta en un 80% respecto a los demenciales niveles previos a la llegada de la pandemia. Es apreciable incluso a simple vista desde el espacio.    

Ciencia ficción o distopía cinematográfica

En Madrid, la estampa de la cuarentena admite todos los tópicos: película de ciencia ficción, distopía, catástrofe. Acostumbrados al bullicio, los ciudadanos que se mueven estos días por la urbe se sienten extraños, desubicados. En el centro, habitual nicho de brindis y tapeo desde el mediodía hasta la madrugada envueltos por conversaciones en todos los idiomas, reina el silencio. Las calles aún mantienen el contado trasiego de los trabajadores de los llamados “servicios esenciales”, pero les falta pulso. Bombea apenas un latido tenue de repartidores, empleados de tiendas de alimentación o cuerpos de seguridad.

“Vivo en el barrio de Huertas y estos días la verdad es que da mucha penita porque está muy vacío. Mi pareja no ha salido en todo el tiempo de casa, pero yo sí, a cuidar a mi abuela de 100 años; tiene un grado de dependencia 3 y estoy saliendo para ir a su casa, a unos cinco minutos de la mía”, indica Yolanda Garval, vecina de 38 años. “Lo que se ve, básicamente, son colas muy grandes en la puerta de la panadería o de los supermercados”, añade. “Por cierto, en los caminos a casa de mi yaya aprovecho para hacer la compra a un par de personas del barrio que están contagiadas; me hacen luego una transferencia, y me dan las gracias. Hacemos esto más llevadero a los que no pueden salir, o valerse por ellos mismos... Estamos deseando que el barrio vuelva a tener vida. ¡Deseando que el Cervantes vuelva a estar en su esplendor y la plaza de Platerías llena de mesitas y gente!”.

Óscar Pierre y Nathalie Jullin son, con 46 y 43 años respectivamente, propietarios de una sex shop del barrio de Malasaña. Cuentan por teléfono cómo hace dos semanas que no van hasta el local, pero que la última vez era por la mañana y les sorprendió ver que Madrid no estaba tan desierto como esperaban. “Entre los que iban a comprar y a pasear perros, se veía cierto movimiento. Pero nada que ver con los días normales de antes de la pandemia. Nuestra zona es habitualmente un río de gente. Ahora, con todo cerrado y este ambiente, no pasa nadie. Esperamos superarlo pronto”, anhelan.

"¡Solo deseamos que el Cervantes vuelva a su esplendor y la plaza de Platerías llena de gente!"

Tiene la misma percepción José Soto, periodista de 36 años. Su trabajo en una cadena nacional le hace salir de casa todos los días. Le asombra ver la ciudad vacía. “Creo que la gente que esté en casa no es consciente, porque verlo en foto o en vídeo no es lo mismo. El silencio y todo lo que habíamos visto mil veces en películas de ciencia ficción como Abre los ojos de Amenábar o Los últimos días de los hermanos Pastor no impresiona tanto como cuando lo experimentas en persona. Impresiona y da miedo porque estás en la calle, no oyes nada, no ves a nadie y de repente te das cuenta de lo frágiles que somos. Las ciudades se han vaciado, como en el final de La guerra de los mundos, con un enemigo invisible”, arguye.

“Soy de una generación que no ha vivido nunca un conflicto que nos haya dado miedo. Y ahora ves que es muy fácil perderlo todo en un momento, en un segundo. Perder derechos, familiares, trabajos, la economía... es tan frágil que alguien se puede aprovechar. ¿Y si esto nos cambia y ya no podemos movernos libremente nunca más? No sé. ¿Y si entramos en una distopía donde estamos permanentemente vigilados como por el Gran Hermano de 1984? Da miedo cómo se pueda utilizar todo eso. Estoy así, viviendo esta situación con el mismo temor y la perplejidad de todo el mundo y, por otro lado, como si estuviera asistiendo a una película. Es una sensación muy rara”, reflexiona el informador.

Fernando Moraño, cómico de 39 años, comenta con sorna desde casa (desde donde sigue trabajando) sus últimas incursiones hasta la oficina. “Mi sensación al pisar el despacho que tiene la productora, durante los primeros compases de la llegada del virus, fue la que podía tener una persona en Puerto Hurraco [pueblo extremeño escenario de una matanza en 1990] antes del primer disparo al aire. Ahora es la de Puerto Hurraco si los crímenes no se hubieran detenido nunca. Las ciudades vacías están descontextualizadas. Son como panales de abejas secos: solo pueden dar como miel la depresión y la angustia. Una ciudad sin gente esta desprovista de su propia naturaleza”.

Aún peor para los inmigrantes

Y desde el castizo barrio de Lavapiés, su compañera cómica y actriz Virginia Riezu, de 44 años, hace un llamamiento a la solidaridad. “Creo que la cultura y el entretenimiento deben valorarse. Me considero una privilegiada por poder seguir trabajando: hoy mismo, al ir a la compra, he visto una cola de inmigrantes que estaban recibiendo comida y para ellos todo esto va a ser mucho más duro. De cara al futuro, habrá que pensar como reinventarnos. Igual ya nada es como antes, pero no tiene por qué ser peor”, señala.

Para los que no residen en el centro y tienen que recorrer cada día muchos kilómetros, la coyuntura les transporta a un universo de irrealidad. “El último día que estuve en Madrid fue hace poco más de una semana. Al estar en el sector de las artes gráficas, todavía me dejaban bajar a la empresa como servicio esencial. Todo era desolador. en mi camino de Las Rozas a Madrid centro, solo vi tres coches, literalmente. Y eran las siete de la mañana”, narra Gonzalo Hernández, representante de artistas de 37 años. "Pasó una patrulla de la Policía a preguntar qué hacíamos y nada más”, remacha.

“Gracias a mi trabajo, llevo 20 años conociendo todas las Gran Vías que hay en la Gran Vía. Mañanas de atasco, tardes de paseo, compras, cañas, noches canallas también, claro... Todas estas Gran Vías tienen un denominador común, que forman la gente, los coches, los autobuses, las motos, las furgonetas... que no paran en todo el día. Y las noches, entre semana, las aceras casi desiertas y procesiones de taxis libres, con las lucecitas verdes paradas en Callao, a la espera”, rememora Juan Aranaz, técnico de radio de 44 años.

La gente sale a los balcones cada día a las ocho para aplaudir a los héroes de la sanidad

"Es bonito, dentro de estos días terribles y extraños que nos ha tocado vivir, que todo esto vuelve a sacar lo mejor de Madrid, que es su gente. Una gente que sale a los balcones y que aplaude a los médicos y enfermeros. El eco de estos aplausos no se va a disipar jamás. Esto no se nos va a olvidar nunca, lo vamos a llevar muy dentro", destaca. 

Pero no todo es solidaridad y civismo. Las distintas policías han tenido que multar e incluso que detener a miles de personas por no respetar el confinamiento y poner en peligro la salud de los demás. En Barcelona, donde el panorama urbano es tan desolador como el madrileño, con La Rambla, el Passeig de Gràcia o la Sagrada Família huérfanos de los ocho millones de turistas anuales que los atestan y donde también atruenan los aplausos desde los balcones cada día a las ocho de la tarde, este inicio de un largo fin de semana, los Mossos d'Esquadra han tenido que desplegar más de 200 controles para evitar que muchas personas traten de abandonar la ciudad para pasar pese a todo unas 'vacaciones' de Semana Santa en sus segundas residencias de la costa o las montañas. 

Mientras en Igualada y tres municipios vecinos se ha levantado el confinamiento hermético que han sufrido por semanas y ahora soportan las mismas privaciones que el resto del país, en poblaciones como Sant Carles de la Rápita (Tarragona), azotada no hace muchas semanas por la tempestad Gloria, la fuerza policial local ha bloqueado el principal acceso a la localidad. En Palafrugell, en la Costa Brava de Girona, drones lanzados por el ayuntamiento vigilan que no haya nadie en playas, calas, bosques o caminos rurales.

Los alcaldes de pequeños municipios a salvo hasta ahora de la infección aparecen en televisión implorando a los foráneos que se abstengan de visitarles hasta que la pandemia escampe. En muchas pequeñas localidades, otra de las inusuales misiones de los agentes del orden es la de felicitar por su cumpleaños haciendo ulular sus sirenas desee la calle a los pequeños confinados desde hace un mes en sus casas.

Viajar cada día en un tren vacío

Hasta nuevo aviso, solo pueden, y deben, viajar quienes son considerados empleados de 'servicios esenciales'. Es el caso de Cristina M., de 62 años, empleada de un registro oficial, que debe desplazarse cada madrugada hasta una localidad situada a una treintena de kilómetros de la capital catalana en un tren de cercanías casi vacío. Durante su fantasmagórico viaje, que emprende todavía de noche, admite haber "pasado miedo" y ha comprobado hasta qué punto pueden ser insolidarios e irresponsables algunos de nuestros conciudadanos, y poco profesionales algunos trabajadores.

"El otro día, en la céntrica estación del Passeig de Gràcia, pude ver como un un joven acechaba a las pocas personas que cancelaban sus billetes para intentar pegarse a alguna y acceder al andén sin pagar, una práctica muy habitual pero más inadmisible que nunca en estos momentos. Yo esperé hasta que lo logró abalanzándose sobre una pobre señora a la que no logré alertar", narra. El colofón dela anécdota todavía es más entristecedor: "me acerqué a tres guardas de seguridad que estaban mirando sus móviles de espaldas a los accesos, sin máscaras ni guantes, les expliqué lo sucedido y me respondieron que eso no era su trabajo".

El pasado viernes debería haber sido un día grande en Málaga. A las puertas de la Semana Santa, la calle Larios debería verse llena, atestada por los turistas que cada año colonizaban el centro para desesperación de muchos residentes. La realidad es que de lo que podía preverse hace apenas mes y medio apenas se cumplió el buen tiempo: un sol radiante que llevó el termómetro a los 25 grados y daba a la estampa un aspecto de distopía sureña: sol y mar para dueños de perros.

El resto de los malagueños siguen el confinamiento, si es posible. Poco después de mediodía, Emilia vuelve a su lugar con una resistente bolsa de plástico. Trae zumo, lentejas, macarrones, pan. Y lo cocinará sirviéndose de un fuego, en la playa. Allí es donde vive. Ha recogido los víveres de Los Ángeles Malagueños de la Noche, que hasta el 31 de marzo repartía unas 200 comidas diarias en su local. Ese mismo día lo cerró la policía a petición de su propio presidente. Desde entonces, las voluntarias reparten desde una furgoneta. "Sigue habiendo cola", dice Emilia.

En Andalucía cuesta hacerse a la idea de que este año no habrá procesiones ni 'madrugás'

Ella lleva un año en la calle y hoy le han dicho que quizá haya sitio para ella en el albergue municipal. Nada más decretarse el estado de alarma, fue cerrado a nuevas entradas y salidas para evitar contagios. Pero ahora han hecho hueco trasladando a muchos a un espacio habilitado en Torremolinos. Mientras, el hijo de Emilia pasa estos días en la casa de una compañera del instituto, según cuenta.

Cerca del mercado de Atarazanas, una tienda de vinos mantiene un cartel que ahora parece de otra época: "Upcoming events. Thursday, wine masterclass by the winemaker Martin Kieninger from Ronda". La tienda está abierta, pero dice su dueño que es casualidad: va allí para arreglar las cuentas, comprobar el correo y poco más. Clientes no hay, y no porque hayan dejado de comprar vino. Es que todo se compra en el súper.

En la calle Larios apenas hay algún paseador de perros y un par de paisanos que van a comprar el periódico en patinete. En cambio, en la Alameda encontramos algo parecido a un ajetreo. Ocho o diez personas esperando su turno frente a un cajero, a distancia prudencial. También trabajadores que bajan del bus. Dusneye es auxiliar de dependencia y viene de trabajar. Habla con Raquel, que era empleada del hogar. La acaban de despedir y tiene en la mano la carta de despido: "Tienen una clínica de medicina estética, y me han dicho que como está todo parado no pueden seguir pagándome".

Ambas ven hoy más movimiento que en días anteriores. A finales de la semana pasada, la Policía Local de Málaga había puesto 1.965 denuncias y detenido a cuatro personas por incumplir las medidas de confinamiento. Alguna fiesta y alguna obra son los casos más destacados de incumplimiento. Nada comparable a la persecución que acabó en Granada con la incautación de casi tres mil plantas de marihuana ya florecida en un bloque de viviendas del barrio de Almanjáyar, y en una guerra de los Mindolos contra los Bananos y los Chumingos.

En Sevilla cuesta hacerse a la idea de que este año no habrá Domingo de Ramos, el día para estrenar ropa. Y en Porcuna (Jaén) un grupo de mujeres salió a la calle el viernes por la noche con bolsas de basura a modo de mantilla y peinetas de cartón, a pesar de que hermandades muy populares como El Cautivo (Málaga) ya lo habían advertido: "Este año la procesión va por dentro".