Las mujeres, la mitad de la población mundial, menstrúan (evacuan sangre procedente de la matriz) cada mes durante unos 35 o 40 años de su vida (con excepción de los periodos de embarazos, lactancia u otras circunstancias especiales). Si por cada día de la regla se necesitan una media de cinco compresas o tampones, cada mujer empleará entre 8.000 y 10.000 de estos artículos a lo largo de su vida fértil, sin contar con los salvaslips que sirven para retener pequeñas pérdidas. ¿Qué impacto tienen los mismos sobre el planeta? ¿Y para la salud? ¿Hay alternativas?

Desde la primera mitad del siglo XX, se han extendido masivamente los productos de higiene femenina de usar y tirar, sobre todo en el mundo desarrollado, y dominan con diferencia el mercado, que crecerá un 6,1% anualmente hasta alcanzar un valor de 42.700 millones de dólares (unos 38.800 millones de euros) en el año 2022, según un reciente estudio publicado por Allied Market Research. Las compresas, de diferentes tamaños, formas y niveles de absorción, son el producto de protección más utilizado en todo el mundo, seguidas de los tampones. Estos artículos desechables retienen bien los fluidos y resultan cómodos y prácticos.

La mayor parte de la población femenina utiliza compresas de usar y tirar

Las marcas que predominan en las estanterías de los supermercados españoles (Ausonia, Evax y Tampax) y los anuncios televisivos pertenecen todos ellos a la misma multinacional estadounidense: Procter & Gamble (P&G). Por detrás, se sitúan las marcas propias de las grandes cadenas de supermercados y, en el caso de los tampones y los salvaslips, la empresa estadounidense Johnson & Johnson, según datos del 2006 del Ministerio de Economía y Hacienda. Dichas marcas consiguen fidelizar a las consumidoras desde edades tempranas. 

Pero, a pesar del poder de las grandes multinacionales del sector, cada vez más mujeres cuestionan los beneficios de los productos de higiene íntima desechables, sobre todo para el planeta y la salud. La fabricación de estas compresas y tampones es agresiva para el entorno, tanto en la fase de la extracción como en el procesamiento de las materias primas, y generan enormes cantidades de residuos no reciclables.

Las compresas más vendidas tienen un núcleo de celulosa mezclada con polímeros superabsorbentes (SAP). Y causan un mayor impacto ambiental que los tampones debido, precisamente, a los componentes de plástico, según el estudio Comparative life cycle assessment of sanitary pads and tampons (Análisis comparativo del ciclo de vida de compresas y tampones) realizado en 2006 por el Instituto Real de Tecnología de Estocolmo (KTH, por sus siglas en sueco).

Eso no significa que los tampones (una mezcla de algodón, rayón ─una fibra artificial sintetizada a partir de la celulosa─ y plástico) no tengan también una huella ambiental: la fibra de algodón utilizada en la producción de los mismos contribuye al 80% de su impacto total, según el mismo informe. El cultivo de algodón requiere de grandes cantidades de agua, pesticidas y fertilizantes. Además, los residuos de ambos productos perduran cientos de años en el entorno si no se incineran, por no hablar de los problemas que causan en las redes de tratamiento de aguas residuales aquellos que se tiran en el inodoro.

Tejido más absorbente 

También hay riesgos para la salud. Los tampones se asocian al Síndrome del Shock Tóxico (SST), una enfermedad rara pero grave (puede llegar a ser mortal) causada por una toxina bacteriana, algo de lo que se informa en los paquetes de tampones con letra de muy pequeñas dimensiones. Asimismo, varios estudios y organizaciones denuncian que en la elaboración de los productos convencionales de higiene femenina se usan productos químicos nocivos para la salud humana, cuyos efectos a largo plazo son en gran parte desconocidos.

La organización estadounidense sin ánimo de lucro Women’s Voices for the Earth (WVE) mostró en un estudio la presencia en estos artículos de sustancias carcinógenas, alérgenas y disruptores endocrinos. “El tejido vaginal es mucho más absorbente que el resto de la piel, por lo que la presencia de productos químicos en los productos para el cuidado femenino es especialmente preocupante”, afirma. 

Las multinacionales
del sector no detallan
la composición de estos artículos

La revista francesa 60 millions de consommateurs (60 millones de consumidores) publicó el pasado marzo una investigación en la que se revelaba la presencia, en niveles bajos, de residuos potencialmente tóxicos en cinco de 11 productos de higiene femenina analizados: trazas de dioxinas, glifosato y residuos de derivados halogenados, pesticidas organoclorados y piretroides. Sin embargo, las autoridades sanitarias afirman que los productos de higiene femenina disponibles en el mercado no suponen ningún riesgo para la salud.

Las multinacionales de productos de higiene femenina no están obligadas a pormenorizar la composición de sus artículos, al contrario de lo que pasa, por ejemplo, con los alimentos. Es decir, que las mujeres pasan horas y horas expuestas a compresas y tampones sin saber realmente qué se están metiendo en sus vaginas porque no existe una legislación específica para estos productos. 

Ante tal escenario, cada vez se difunden más los métodos alternativos: productos reutilizables que no hay que comprar con regularidad, que suponen un menor coste económico y son más sostenibles. Uno de los más extendidos en los últimos años es la copa menstrual. Hay diferentes tipos, pero la más común es la que tiene forma de campana elaborada con látex, silicona o plástico quirúrgico. El producto no absorbe la sangre, como hace el tampón, sino que la recoge sin alterar la flora vaginal. Al final del ciclo, además del lavado habitual con agua y jabón tras cada extracción, se debe esterilizar hirviéndola. Cuesta una media de 20 euros y puede durar 10 años e incluso más.

“La copa menstrual se dobla, se introduce dentro de la vagina y allí dentro se despliega. Cuando está llena ─tiene el triple de capacidad que tampones y compresas y de media dura unas 8 horas pero puedes dejarla puesta hasta 12─, la quitas, la vacías, la lavas y la vuelves a meter”, explican a EcoAvant.com desde la Asociación para la Difusión de la Copa Menstrual y la Cultura Femenina (ADCM), creada a finales de 2014.

Rompiendo tabús

“Mucha gente cree que la copa es un método sucio, pero lo que realmente es una guarrada es usar tampones y compresas y tirarlos a la basura, que a fin de cuentas acaba siendo el planeta, porque, ¿dónde creen que acaba la basura?”, sentencia. Este grupo de mujeres potencian el uso de copas menstruales de alta calidad y denuncia la gran ola de copas chinas que están llegando al mercado, las cuales carecen de las suficientes garantías de calidad ante la pasividad de las autoridades competentes.

Pero, además de difundir el uso de la copa menstrual, desde la ADCM  se ayuda a las mujeres a encontrar alternativas saludables a los problemas relacionados con la menstruación y se defiende que, gracias a este artículo inventado en la década de los 30 del pasado siglo en Estados Unidos, la mujer “descubre una parte desconocida de su cuerpo”. “Empezamos usando la copa por probar otro método higiénico, pero sin darnos cuenta sentimos que habíamos abierto una ventana a un mundo desconocido: la mujer, de repente, se encuentra con su cuerpo, lo empieza a conocer, ve una función biológica que le era desconocida o escondida… rompe tabús, deja de escandalizarse por algo que es normal”.

La copa menstrual cuesta una media de
20 euros y puede durar 10 o más años

Otra opción, aunque muy minoritaria, son las esponjas marinas, que funcionan de forma similar a un tampón, pero cuando están llenas se enjuagan y se vuelven a colocar. Se pueden utilizar durante un año y las hay sintéticas y de origen animal (estas últimas no aptas para veganos). También hay en el mercado compresas de tela reutilizables y ropa interior absorbente, como la de la marca Thinx. E incluso tampones de tejido de punto o de ganchillo. Además, existen productos de higiene íntima femenina desechables más sostenibles que los convencionales, elaborados con algodón ecológico certificado, plástico biodegradable y sin producto químicos, como los que elabora la empresa española Cohitech.

Estos métodos alternativos a las compresas y tampones convencionales se difunden sobre todo gracias al boca a boca entre las usuarias. “Ha habido un gran cambio desde hace cinco años. No es culpa de nadie que no se haya podido promocionar de la misma forma que los otros productos de higiene para la menstruación y, al mismo tiempo, es culpa de todos, del sistema en el que vivimos y en el cual estamos acomodados”, considera la ADCM. Porque, sin información ni transparencia, las mujeres no tienen la posibilidad de decidir conscientemente qué método se adapta mejor a su cuerpo y a su manera de vivir.