Cada día, miles de barcos de pesca de arrastre que faenan cerca de los litorales de todo el mundo realizan unas capturas nada deseadas: sus redes vuelven a bordo llenas de residuos de todo tipo. La mayor parte son plásticos, aunque también hay textiles, maderas, objetos de metal y, en los últimos tiempos, una enorme cantidad de toallitas húmedas. El ser humano ha convertido los fondos marinos en un enorme basurero.

Para tratar de dilucidar el alcance del problema, se ha puesto en marcha en Barcelona el proyecto Mar Viva, impulsado por el gobierno catalán, a través de la Agencia Catalana de Residuos, con el apoyo de la cofradía de pescadores y las autoridades portuarias de la ciudad. En el marco del mismo, se pide a los pescadores que vuelvan a puerto con todos los residuos atrapados para poderlos documentar y estudiar. Con ello se pretende identificar el problema, tratar de ponerle solución y además desarrollar una labor de concienciación ciudadana.

El 63% de los desechos recogidos son plásticos, un 18% tejidos y un 7% madera

Los pescadores son de los más interesados en tener un mar más limpio. La presencia de los residuos supone, además de un problema que colapsa y a menudo daña sus redes, una amenaza para la vida marina, que podría estar contribuyendo a la caída del volumen de sus capturas. Además, introducen contaminantes en la cadena trófica, al final de la cual están los consumidores humanos de pescado, y por supuesto degradan el medio ambiente y su imagen, lo que también puede afectar a la industria turística.

Se trata de un proyecto piloto de un año de duración. Llegados al muelle, los pescadores depositan los residuos recogidos en unos contenedores dispuestos para ello. Los mismos son clasificados, cuantificados, pesados y fotografiados para su posterior tratamiento. Las primeras cifras empiezan a hablar por si solas: en octubre, primer mes de implementación de la campaña, se pescaron 225 kilos de materiales de todo tipo, de los que el 63% eran plásticos, un 18% tejidos y un 7% fragmentos de madera.

"Los plásticos son lo que más abunda en el mar", coinciden los pescadores participantes. Un estudio de la Universidad de Cádiz (UCA) y el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA) calculaba que en el Mediterráneo hay un residuo plástico cada cuatro metros cuadrados. Pese a representar sólo el 1% de la superficie marina del globo, debido a lo poblado de sus costas, su intenso tráfico y su carácter cerrado, se ha convertido en la sexta región de la Tierra con mayor acumulación de esta clase de desechos. Hay entre 1.000 y 3.000 toneladas, estiman los autores de la investigación. 

Un carro y una bomba

Pero hay más basura. Mucha más. Los pescadores de Barcelona tienen mil y una anécdotas. Algunos han recogido en el pasado, lavadoras, colchones, motores o inodoros. Uno de ellos pescó un carro de los tirados por caballos y bueyes. Y otro, una bomba de la Guerra Civil. "Aunque no lo parezca, nosotros somos los barrenderos del mar", lamenta José Manuel Juárez, patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Barcelona.

Desde hace unos años, se ha añadido al problema una misteriosa pasta, como de celulosa, que se adhiere a las redes y las obtura. Ahora se sabe ya que son restos de las toallitas húmedas, supuestamente biodegradables según sus fabricantes. Para eliminarlas, hay que tender las mallas al sol durante varios meses antes de que el material se seque y pueda ser retirado manualmente, se quejan los pescadores.

"El problema de la basura en el mar es ya antiguo, pero todavía no tenemos conocimientos suficientes de la clase de residuos que hay, de qué fuentes los generan y de cómo podemos actuar para eliminarlos y disminuir su entrada", señala Ignasi Mateo, técnico de la Agencia de Residuos, organismo que quiere extender la iniciativa al resto de puertos de Cataluña, con la meta de crear mecanismos de cooperación permanente entre los profesionales de la pesca y las autoridades responsables de la conservación del medio ambiente.

Las toallitas húmedas colapsan las redes, y cuesta tres meses lograr sacarlas

En la misma participan de momento 11 de las 15 embarcaciones arrastreras con base en el puerto de la capital catalana, desde la que operan en la actualidad 38 barcos de pesca (hay también 21 barcos de cerco y dos embarcaciones de artes menores), en los cuales trabajan 324 personas. En sus aguas se capturan alrededor de un centenar de especies entre las destacan como las más valoradas la gamba, la cigala, la sardina, el boquerón, el bonito, el atún, el pez espada, el rape, la bacaladilla, la dorada y la merluza.

Según los impulsores del proyecto, los beneficios de combatir la proliferación de desechos en los fondos marinos son numerosos. Los más importantes son los medioambientales, que incluyen la reducción del impacto de los residuos sobre la fauna marina, desde la ingestión y el posible efecto toxicológico hasta el daño físico directo por asfixia o el estrangulamiento con elementos plásticos, de peces, cetáceos y tortugas marinas.

Pero, además, con una mejor calidad de las aguas se evitarían riesgos para los bañistas y se haría más segura la navegación. Y esta reducción del peligro de daños directos en las embarcaciones, como el que suponen los numerosos troncos que flotan a la deriva, así como del tiempo que se dedica a la limpieza y el mantenimiento de las redes, tendrían asimismo un evidente impacto sobre la economía de los pescadores.

También se reducirían los costes para las autoridades locales de la limpieza de las playas y de los sólidos flotantes. Y un aspecto menos sucio y degradado de playas, aguas costeras y fondos marinos podría hacer aumentar las visitas y los ingresos relacionados con el turismo. Así que llenar el mar de basura no beneficia a nadie. Ni tan siquiera a los desaprensivos que, en muchos casos sin ser conscientes de las consecuencias de sus actos, no quieren dedicar ni un segundo en buscar un destino más apropiado para sus residuos.

En las mismas playas de Barcelona, el pasado mes de agosto, un grupo de voluntarios recogió en una sola jornada 50 kilos de basura del fondo marino de la popular playa de la Mar Bella. La acumulación de desechos se hallaba a apenas 200 metros de la arena donde se tienden cada día decenas de miles de personas. Estaba a entre cuatro y seis metros de profundidad. Los bañistas se sumergen en unas aguas en cuyo fondo abundan elementos como compresas y preservativos usados, que los voluntarios no pudieron recoger debido a su pequeño tamaño. En un mar de basura.