Solo siete días de entrenamiento de fuerza han bastado para provocar cambios en la grasa visceral de ratones obesos antes de que perdieran peso. Así lo ha comprobado un equipo de la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp), en Brasil, que quería saber qué ocurre en el tejido graso al empezar a practicar musculación. El ejercicio favoreció la degradación de la grasa, redujo el tamaño de las células que la almacenan y disminuyó la que rodea el intestino.

Sumario

 

El trabajo, firmado por Diego Gomes de Melo como primer autor y por el profesor Leandro Pereira de Moura, entre otros investigadores e investigadoras de la Unicamp, se ha publicado en el volumen de septiembre de la revista Life Sciences(1). Su conclusión principal es que algunos efectos del ejercicio empiezan antes de que sean visibles en la báscula.

 

Cambios antes de adelgazar

 

El estudio se ha centrado en una etapa muy temprana del ejercicio para separar sus efectos de los del adelgazamiento. Cuando una persona o un animal pierde peso, su organismo cambia de muchas formas a la vez, y resulta difícil saber qué se debe a la actividad física y qué a esa pérdida de kilos.

Los científicos analizaron a los animales después de únicamente siete sesiones de entrenamiento, cuando todavía no se apreciaban diferencias en su peso corporal

Los científicos analizaron a los animales después de únicamente siete sesiones de entrenamiento, cuando todavía no se apreciaban diferencias en su peso corporal. Aun así, encontraron modificaciones en el tejido graso de los ratones que se habían ejercitado.

Las pruebas se hicieron con ratones machos de la cepa Swiss. Una parte recibió alimentación estándar y otra siguió durante 14 semanas una dieta con un 35 % de grasa para provocar obesidad. Después, los animales obesos se dividieron en dos grupos: uno sedentario y otro que hizo entrenamiento de fuerza.

Ambos grupos obesos mantuvieron la misma dieta rica en grasas durante todo el experimento. Así, la principal diferencia entre ellos era la actividad física, y el equipo podía atribuir los efectos al entrenamiento sin que un cambio de alimentación interfiriera en los resultados.

Para imitar el esfuerzo de la musculación, los ratones tuvieron que subir una escalera de 70 centímetros con un peso sujeto a la cola. Cada sesión incluyó 20 subidas con una carga equivalente al 70 % de su capacidad máxima, con descansos de entre 60 y 90 segundos entre una y otra.

Leandro Moura explica que este método no reproduce literalmente lo que hace una persona en un gimnasio. Sin embargo, permite provocar una contracción muscular intensa comparable al entrenamiento de fuerza, que es lo que el equipo necesitaba estudiar.

Los ratones tuvieron que subir una escalera de 70 centímetros mientras cargaban un peso sujeto a sus colas para simular un entrenamiento de fuerza Los ratones tuvieron que subir una escalera de 70 centímetros mientras cargaban un peso sujeto a sus colas para simular un entrenamiento de fuerza

 

Menos grasa alrededor del intestino

 

Los investigadores se fijaron sobre todo en el tejido adiposo mesentérico, la grasa que envuelve los intestinos, que usaron como referencia de la grasa visceral. En las personas, este tipo de grasa se acumula en las zonas profundas del abdomen, alrededor de los órganos.

La acumulación excesiva de grasa visceral tiene especial importancia metabólica porque puede favorecer la liberación de sustancias inflamatorias a la sangre

La acumulación excesiva de grasa visceral tiene especial importancia metabólica porque puede favorecer la liberación de sustancias inflamatorias a la sangre. El equipo quería comprobar si el entrenamiento podía modificar este tejido incluso sin una bajada general del peso.

Los resultados han mostrado que los ratones obesos que hicieron musculación tenían menos grasa mesentérica que los que permanecieron sedentarios. Sus adipocitos –las células encargadas de almacenar la grasa– también eran más pequeños.

Este detalle es relevante porque, con la obesidad, los adipocitos pueden aumentar mucho de tamaño y sufrir estrés celular, un proceso relacionado con la liberación de sustancias inflamatorias y con alteraciones del metabolismo.

Según el artículo, el entrenamiento también modificó la actividad de dos enzimas, MMP2 y MMP9, que remodelan el entramado que sostiene las células. Ese patrón es compatible con una reorganización adaptativa del tejido y no con su evolución hacia la fibrosis, es decir, hacia un tejido endurecido.

En resumen, la báscula no reflejó una pérdida de peso en ese breve periodo, pero el tejido graso sí mostró cambios metabólicos y celulares asociados al entrenamiento. Para el equipo, esto indica que algunos efectos del ejercicio comienzan antes de ser visibles desde fuera.

El experimento forma parte de una línea de investigación que, desde hace casi 20 años, estudia cómo influye la actividad física en la salud metabólica y en enfermedades como la obesidad y la diabetes. Las técnicas de análisis molecular han permitido al equipo observar lo que ocurre en el interior de las células.

 

Cómo se moviliza la grasa

 

El equipo examinó después los mecanismos que podían explicar estos cambios. Los análisis mostraron que la obesidad había perjudicado a varias proteínas relacionadas con la lipólisis, el proceso por el que la grasa almacenada se descompone para poder usarse como fuente de energía.

Tras las sesiones de ejercicio, el tejido adiposo presentaba menos actividad relacionada con el almacenamiento de grasa y más relacionada con su degradación

Tras las sesiones de ejercicio, el tejido adiposo presentaba menos actividad relacionada con el almacenamiento de grasa y más relacionada con su degradación. Es la principal conclusión del análisis molecular, que se ha centrado en tres proteínas: PLIN1, ABHD5 y ATGL.

De forma simplificada, funcionan como una cadena. PLIN1 controla la grasa guardada dentro de las células y, ante ciertos estímulos relacionados con el ejercicio, facilita la liberación de ABHD5. Esta puede activar a su vez a ATGL, una enzima que da uno de los primeros pasos para descomponer los triglicéridos acumulados.

En los ratones obesos sedentarios, el equipo detectó menos cantidad de ABHD5, por lo que ese mecanismo estaba menos activo. Tras el entrenamiento, en cambio, aumentó la interacción entre ABHD5 y ATGL y se activaron otros indicadores de la lipólisis.

También disminuyó la actividad –lo que en biología se llama expresión– del gen Scd1, relacionado con la fabricación de moléculas de grasa. Es decir, el ejercicio frenó una vía de almacenamiento a la vez que impulsaba otra de degradación.

Moura señala que estos cambios ayudan a entender por qué valorar el ejercicio solo por el número que marca la báscula puede ofrecer una imagen incompleta. Al menos en este modelo experimental, algunas adaptaciones metabólicas aparecen rápidamente, antes de que el peso corporal baje.

Los resultados cuestionan además la idea de que solo el ejercicio aeróbico sirve para perder grasa y de que la musculación únicamente desarrolla músculo. Según Moura, ambos tipos de actividad pueden activar mecanismos comunes y otros diferentes, por lo que considera que combinarlos es una estrategia adecuada para perder peso.

El propio equipo subraya, sin embargo, que se trata de resultados obtenidos en animales. El estudio solo utilizó ratones machos, no tuvo en cuenta diferencias de edad, examinó un único depósito de grasa y se basó en marcadores moleculares, sin medir directamente cuánta grasa se estaba descomponiendo.

Por ello, sus conclusiones no significan que siete días de musculación produzcan los mismos efectos en las personas. El trabajo ha contado con financiación de las agencias brasileñas FAPESP, CNPq y CAPES.

Los investigadores estudiarán ahora periodos de entrenamiento más largos, para ver cómo evolucionan estas respuestas cuando empieza la pérdida de peso. También analizan el efecto del ejercicio en otros depósitos de grasa, incluida la que rodea el corazón.

Para Moura, que la báscula no cambie de inmediato no significa que el entrenamiento no esté funcionando. Al menos en los animales estudiados, el organismo ya había modificado su forma de gestionar la grasa tras una semana de ejercicio, aunque el peso siguiera estable.

Referencias

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