Detrás de la imagen de un Tyrannosaurus rex escamoso y dentado recorriendo Norteamérica hay, en realidad, pistas dejadas hace más de 60 millones de años. Ahora, un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) ha medido por primera vez la temperatura corporal del célebre dinosaurio a partir de fragmentos de sus dientes fósiles, y la ha situado en unos 36 °C, comparable a la de un ser humano. El hallazgo confirma que el “Rey de los Lagartos Tiranos” era un depredador o carroñero activo –no un animal lento que dependía del sol para calentarse– y capaz de sobrevivir en climas fríos, mortales para otros reptiles.
El estudio se ha publicado el 16 de septiembre en la revista Science Advances(1). Lo firman, entre otros, Randon J. Flores (primer autor), el geobiólogo Robert Eagle y la geoquímica Aradhna Tripati (autora sénior), todos de UCLA, junto a investigadores del University College London y del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles, que ha cedido los fósiles(2).
Las mediciones de tres dientes de T. rex procedentes de la Formación Hell Creek (Montana, Estados Unidos), de finales del Cretácico, han dado una temperatura de 36,3 °C, con un margen de error de 2,5 grados. Aunque en los últimos años se habían acumulado cada vez más indicios de que el T. rex era de sangre caliente, es la primera vez que los científicos disponen de una cifra real.
Entre el reptil y el ave
Aunque seguía siendo un reptil escamoso que ponía huevos, la temperatura del T. rex es comparable a la de un mamífero de sangre caliente. Los reptiles actuales de sangre fría rondan entre 28 y 30 °C, mientras que la mayoría de las aves –descendientes evolutivas del tiranosaurio– alcanzan entre 40 y 43 °C, ha explicado Eagle, coautor del estudio.
La temperatura es más o menos la que habría supuesto: más alta que la de un reptil o un mamífero lento como el perezoso, pero más baja que la de un ave
ROBERT EAGLE, geobiólogo de UCLA
“La temperatura es más o menos la que habría supuesto: más alta que la de un reptil o un mamífero lento como el perezoso, pero más baja que la de un ave”, ha señalado Robert Eagle. El investigador ha subrayado que nadie había logrado antes una medición de temperatura como esta en un tiranosaurio.
Según Eagle, un T. rex capaz de regular su propia temperatura –lo que se conoce como termorregulación– respalda las teorías de que los tiranosaurios eran animales activos, que cazaban o carroñeaban para alimentar un metabolismo rápido.
El resultado también ayuda a reconstruir la cronología de la evolución: muestra hasta qué punto este antepasado de las aves modernas, de sangre muy caliente, ya se había diferenciado de los dinosaurios de sangre fría.
Para descartar un espejismo, el equipo ha analizado también fósiles de cocodrílidos del mismo yacimiento de Hell Creek. Estos animales, de sangre fría, han arrojado unos 30 °C, frente a los 36 °C del T. rex.
Si el paso del tiempo hubiera alterado la química de los fósiles, ambas especies habrían dado lecturas similares, ha explicado Eagle. Además, al comparar sus datos con reconstrucciones del clima de la época, los autores concluyen que el T. rex mantenía una temperatura más alta que la de su entorno.
Un termómetro escondido en el esmalte
La clave para tomarle la temperatura al T. rex reside en un enlace químico. Dentro del esmalte dental, isótopos raros de carbono y oxígeno –variantes poco frecuentes de estos elementos– se unen entre sí. Cuantas más uniones hay, más fría era la temperatura a la que se formó el esmalte, de modo que un animal de sangre caliente conserva menos enlaces en sus dientes.
El esmalte dental posee grandes estructuras cristalinas extremadamente duraderas, lo que lo convierte en la parte del esqueleto que más resiste la alteración química
ROBERT EAGLE, geobiólogo de UCLA
“El esmalte dental posee grandes estructuras cristalinas extremadamente duraderas, lo que lo convierte en la parte del esqueleto que más resiste la alteración química del medio ambiente a lo largo de los eones”, ha explicado Eagle. En teoría, ha matizado, se podría medir cualquier parte del esqueleto, pero los huesos se remodelan, se disuelven y se reemplazan constantemente a lo largo de la vida.
Eagle y Flores han extraído el esmalte de los fósiles con un taladro dental y han disuelto el polvo resultante en ácido fosfórico. Así han liberado dióxido de carbono, un gas que conserva los enlaces entre isótopos.
Después, han medido ese gas con un espectrómetro de masas, un instrumento que distingue las moléculas según su peso. Presurizar el gas les ha permitido obtener un chorro de CO2 más denso y, con ello, una muestra suficiente a partir de menos material.
El método se desarrolló en UCLA hace una década, con huesos, pero aplicarlo al T. rex exigía más fósil del que ningún museo estaba dispuesto a ceder. El equipo ha logrado reducir en aproximadamente un 90% la cantidad de material necesaria. “Nadie te da un diente de T. rex a menos que puedas demostrar que solo necesitas unos pocos miligramos”, ha resumido Tripati.
Eso ha convencido al Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles. De sus colecciones proceden dos dientes de Thomas, el más completo de los esqueletos de tiranosaurio de su sala de dinosaurios, y un tercer diente parcial de otro ejemplar.
“Nos piden fósiles para análisis destructivos continuamente”, ha reconocido Luis Chiappe, conservador del Instituto de Dinosaurios del museo. A su juicio, sacrificar pequeñas porciones de dos dientes para conocer la temperatura del T. rex ha merecido sin duda la pena.
Un territorio de México a Alaska
Un T. rex de sangre caliente también podía sobrevivir en hábitats más fríos, en territorios donde los animales de sangre fría no lo habrían conseguido, ha explicado Alessandro Chiarenza, paleontólogo del University College London y coautor del trabajo. El dinosaurio vivió en el Cretácico, uno de los periodos más cálidos de la historia de la Tierra, entre 6 y 14 °C más caluroso que hoy.
Usando modelos paleoclimáticos del pasado, hemos podido reconstruir un área en Norteamérica hace 66 millones de años que se extendía de México a Alaska
ALESSANDRO CHIARENZA, paleontólogo del University College London
“Usando modelos paleoclimáticos del pasado, hemos podido reconstruir un área en Norteamérica hace 66 millones de años que se extendía de México a Alaska, según dónde podía sobrevivir un T. rex con una temperatura corporal de 36 °C”, ha afirmado Chiarenza. El estudio concluye que la mayor parte del paleocontinente norteamericano, incluidas las latitudes más altas y frías, era potencialmente accesible para la especie.
Ni siquiera el calor del Cretácico evitaba que el invierno de Alaska fuera demasiado gélido para un dinosaurio de sangre fría. De hecho, allí no se han hallado fósiles cretácicos de lagartos, tortugas ni cocodrilos, pero sí de Tyrannosaurus. “Ahora tenemos pruebas empíricas gracias a este termómetro geológico”, ha subrayado el paleontólogo.
Los dientes nos dicen que el T. rex era más cálido que el entorno que lo rodeaba. Un T. rex de sangre caliente puede ir casi a cualquier parte del continente
ARADHNA TRIPATI, geoquímica de UCLA
“Los dientes nos dicen que el T. rex era más cálido que el entorno que lo rodeaba. Un T. rex de sangre caliente puede ir casi a cualquier parte del continente, incluido el Ártico”, ha resumido Aradhna Tripati, que ha recordado que la fisiología térmica condiciona el comportamiento, el área de distribución, el balance energético y la respuesta de una especie a un clima cambiante. “Para un animal tan famoso, es notable lo poco que sabíamos realmente”, ha admitido.
- (1) The body temperature of Tyrannosaurus rex. Science Advances.
- (2) Scientists finally know the body temperature of the Tyrannosaurus rex. UCLA Newsroom.
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