El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) ha elevado este lunes 23 de marzo de 2026 el tono de su advertencia sobre la guerra en Irán al reclamar que ninguna acción militar ponga en peligro la integridad física de las centrales nucleares ni la seguridad de sus trabajadores. La alarma se centra ahora en Bushehr, la única central nuclear operativa del país, después de que un proyectil impactara en su recinto y destruyera una estructura situada a apenas 350 metros del reactor, sin que por ahora se hayan notificado daños en la instalación ni heridos.
Bushehr, en el centro de la inquietud internacional
El director general del OIEA, Rafael Grossi, ha mantenido una conversación con el jefe de la corporación estatal rusa Rosatom, Alexei Lijachev, tras recibir información actualizada sobre la situación en la planta, construida con participación rusa. La agencia atómica de la ONU insistió después en que el personal de una central nuclear debe poder desarrollar su labor “en condiciones seguras”, un mensaje que va más allá del caso iraní y que vuelve a colocar sobre la mesa una idea que el organismo repite desde hace años: las infraestructuras nucleares no pueden convertirse en objetivo ni quedar expuestas al fuego cruzado de una guerra.
La preocupación no es menor. El aviso del OIEA llega después de que la autoridad reguladora iraní notificara que el impacto se produjo el 17 de marzo sobre el recinto de Bushehr, en torno a las 19.00 hora local. Aunque la planta no sufrió daños directos, el episodio confirmó lo que hasta hace poco era solo una hipótesis de riesgo: que la intensificación del conflicto ha situado demasiado cerca de un reactor en funcionamiento el radio de acción de los ataques.
Ese salto de tensión explica que Grossi haya endurecido su mensaje. No se trata solo de evitar un ataque deliberado sobre la central, sino de impedir que una ofensiva sobre infraestructuras cercanas, errores de cálculo o proyectiles desviados desemboquen en un incidente con consecuencias radiológicas imprevisibles para Irán y para toda la región del Golfo. El propio OIEA ya había advertido en crisis anteriores de que un accidente nuclear en un contexto bélico tendría efectos transfronterizos sobre la población, el medio ambiente y el suministro energético.
Una guerra que amplía el riesgo más allá del frente militar
La nueva alerta del organismo coincide con un escenario de máxima volatilidad desde que Israel inició sus ataques contra Irán el 28 de febrero de 2026, a los que después se sumó Estados Unidos. La extensión de la campaña militar ha multiplicado la presión sobre instalaciones estratégicas, entre ellas las energéticas y nucleares, en un momento en el que Teherán también ha amenazado con responder golpeando infraestructuras sensibles de la región.
Rusia se ha sumado públicamente a la advertencia. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, trasladó este mismo lunes a Washington el peligro que entraña cualquier ataque sobre centrales nucleares en territorio iraní, una posición especialmente relevante dado que Moscú ha sido el principal socio tecnológico de Bushehr y mantiene intereses directos en la seguridad de la planta.
La cuestión nuclear añade además una dimensión especialmente delicada a un conflicto cuyo balance humano sigue siendo objeto de disputa. Mientras las autoridades iraníes sitúan en más de 1.500 los muertos por la ofensiva de Israel y Estados Unidos, incluidos 210 niños, otras organizaciones elevan la cifra por encima de los 3.000 fallecidos. Más allá de la diferencia de balances, el dato que emerge con claridad es que la guerra ha entrado en una fase de daño masivo sobre población civil e infraestructuras esenciales.
En este contexto, la llamada del OIEA funciona también como una advertencia diplomática. Bushehr no es Natanz ni Fordo: no es una instalación de enriquecimiento de uranio, sino una central de generación eléctrica en funcionamiento. Eso convierte cualquier incidente en un problema de seguridad nuclear clásica, con riesgos potenciales de contaminación si fallaran sistemas críticos o si el reactor y sus estructuras auxiliares quedaran comprometidos. Por eso Grossi ha centrado el mensaje en la protección física, la continuidad del trabajo del personal y la necesidad de mantener la planta al margen de la lógica militar.
La advertencia llega, además, en un momento en que la comunidad internacional intenta evitar que la guerra derive en una crisis regional aún mayor. El hecho de que ya se haya producido un impacto dentro del recinto de Bushehr, aunque sin consecuencias inmediatas, demuestra que la línea roja nuclear está mucho más cerca de lo que admiten los discursos oficiales. Y esa proximidad explica el tono inusualmente contundente del OIEA: cuando un proyectil cae a 350 metros de un reactor operativo, la preocupación deja de ser preventiva y pasa a ser urgente.