La promesa lleva medio siglo repitiéndose: con suficiente crecimiento y mercados abiertos, los países pobres acabarían alcanzando a los ricos. Los datos no la respaldan. La diferencia de renta por habitante entre los países más ricos –el Norte global, lo que los economistas llaman el centro– y el resto del mundo –el Sur global, la periferia– ha crecido entre un 170 % y un 270 % desde 1960 y es hoy mayor que en cualquier otro momento de la historia.
El trabajo, publicado en la revista New Political Economy (1), lo firman Jason Hickel, profesor de ICREA en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), y Dylan Sullivan, doctorando en ese mismo centro y en la Universidad Macquarie. Ambos han analizado el PIB por habitante de 173 países entre 1960 y 2023, el 99,87 % de la población mundial, y su conclusión es que la convergencia entre países ricos y pobres no está ocurriendo.
La brecha se ensancha desde 1960
Para medir esa distancia, los autores han comparado la renta media de las economías que el Fondo Monetario Internacional clasifica como avanzadas –Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Japón– con la del resto del planeta, agrupado bajo la etiqueta de economías emergentes y en desarrollo. El resultado es que, desde 1960, el centro ha capturado entre 4 y 10 veces más renta por habitante que la periferia.
La renta de la periferia solo ha pasado del 20 % al 23 % de la del centro en paridad de poder adquisitivo y del 9 % al 11 % si se usan los tipos de cambio de mercado
La renta de la periferia solo ha pasado del 20 % al 23 % de la del centro en paridad de poder adquisitivo y del 9 % al 11 % si se usan los tipos de cambio de mercado, según los cálculos del estudio. Con un tercer método, que incorpora las variaciones anuales de las divisas, la posición de la periferia incluso ha empeorado: del 12 % al 11 %. En más de seis décadas apenas ha habido movimiento.
La diferencia entre esas formas de medir no es un tecnicismo menor. La paridad de poder adquisitivo –que compara lo que cuesta la vida dentro de cada país– dibuja un mundo más igualitario, porque los precios son más bajos donde la renta es más baja. Los tipos de cambio de mercado, en cambio, miden lo que cada ciudadano puede comprar en el mercado mundial. El trabajo lo ilustra con un ejemplo cotidiano: aunque un libro editado en la India o en China sea más barato que uno editado en Estados Unidos, comprarlo se lleva una parte mucho menor del ingreso de un estadounidense medio que del de un indio o un chino medios.
Esa distinción explica por qué el índice de Gini –el indicador más habitual de desigualdad, que va de 0, igualdad total, a 1, desigualdad máxima– cuenta dos historias distintas. Medido en poder adquisitivo interno, ha bajado de 0,56 en 1960 a 0,47 en 2023. Medido a tipos de cambio de mercado apenas se ha movido, de 0,68 a 0,63, y es un 35 % más alto. Y si se excluye a China del cálculo, el mundo no solo no se ha vuelto más igual: se ha vuelto menos.
Las décadas perdidas del Sur global
El periodo que va de 1980 a 2000 sobresale en todos los gráficos del estudio. Fueron los años de la crisis de la deuda del Tercer Mundo y de los programas de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, con devaluaciones, recortes fiscales y supresión de las protecciones salariales. Cuatro de las siete regiones de la periferia sufrieron contracciones severas y prolongadas.
En América Latina la renta media cayó un 7 % desde 1980 y tardó trece años en recuperarse; en Oriente Medio y el norte de África se desplomó un 25 %
En América Latina la renta media cayó un 7 % desde 1980 y tardó trece años en recuperarse; en Oriente Medio y el norte de África se desplomó un 25 % y tardó veinticinco, detalla el trabajo. En Europa del Este y Asia Central el retroceso fue del 36 % a partir de 1989 y la recuperación llegó diecisiete años después. En el África subsahariana la caída del 23 % arrancó en 1974 y no se revirtió hasta 36 años más tarde.
La comparación con lo ocurrido en los países ricos resulta reveladora. La Gran Recesión desatada por la crisis financiera global redujo la renta del centro solo un 4 % y en seis años estaba recuperada. Las recesiones de la periferia durante el auge del neoliberalismo fueron, de media, seis veces más profundas y cuatro veces más largas, mientras la renta del centro seguía subiendo.
Otro dato desmonta la idea de que el club de los países ricos se va abriendo poco a poco. Desde 1960, la proporción de la humanidad que vive en la periferia no ha bajado, sino que ha subido del 79,6 % al 86,4 %. Dicho de otro modo: 86 de cada 100 personas del planeta viven hoy en países clasificados como emergentes o en desarrollo.
Sí ha habido 18 países que han pasado de la periferia al centro desde 1980, pero suman apenas el 1,9 % de la población mundial y el 0,5 % de la superficie terrestre. Son, sobre todo, el Mediterráneo europeo (Portugal, Grecia e Israel), los tigres asiáticos (Corea del Sur y Taiwán) y varios países de Europa central y oriental. Los autores sostienen que su incorporación responde a intereses geopolíticos de Estados Unidos durante la Guerra Fría –del Plan Marshall a la ayuda militar y económica– y no a una vía que el resto pueda repetir.
China y los límites del planeta
En todo ese panorama hay una excepción. China es la única región periférica que ha reducido de forma apreciable su distancia con el centro tras décadas de industrialización acelerada. Pero el estudio pide no exagerar el alcance de ese ascenso.
Su renta por habitante sigue siendo el 22 % de la del centro a tipos de cambio de mercado y el 38 % en paridad de poder adquisitivo
Su renta por habitante sigue siendo el 22 % de la del centro a tipos de cambio de mercado y el 38 % en paridad de poder adquisitivo, precisa el análisis. Su posición relativa está todavía por debajo del máximo que alcanzaron América Latina, Asia occidental o Europa del Este durante la etapa socialista y desarrollista de los años sesenta y setenta. China, concluyen los autores, ha pasado de la periferia a la semiperiferia, no al centro.
Fuera de China el retroceso es generalizado. De los 136 países periféricos analizados, 93 – el 68 %– están hoy relativamente peor frente al centro que en 1960. Solo diez han mejorado su posición en al menos diez puntos porcentuales.
¿Por qué no se cierra la brecha? Hickel y Sullivan se apoyan en la literatura sobre intercambio desigual: el centro se apropia de trabajo, recursos y valor del Sur global gracias a precios sistemáticamente bajos en el comercio internacional. Si el crecimiento del centro depende de esa apropiación, argumentan, la periferia no puede recorrer el mismo camino, porque ese camino no se puede universalizar.
La salida que proponen pasa por la política industrial, la planificación y la soberanía económica: reducir la dependencia de las importaciones y las monedas del centro y ampliar el comercio Sur-Sur.
Los autores añaden un matiz decisivo para el debate ambiental: converger en el nivel de renta actual del centro tampoco sería deseable, porque exigiría un consumo de energía y materiales capaz de amenazar la estabilidad ecológica del planeta. La convergencia del siglo XXI, sostienen, debería producirse en niveles de uso de recursos que garanticen una buena vida para todas las personas y sean compatibles con los límites del planeta.
Referencias
- (1) The myth of catch-up development: trends in core–periphery inequality from 1960 to 2023. New Political Economy.
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