En agosto de 1961, miles de aves marinas enloquecidas sobrevolaban las costas de la bahía de Monterrey, California. El extraño suceso sirvió de inspiración para que Alfred Hitchcock, que veraneaba en la zona, ideara el guion de su famosa película Los pájaros (1963), en la que bandadas de aves frenéticas atacan a los residentes de un pueblecito costero, Bodega Bay.

Hoy sabemos que aquellas aves habían incorporado a su metabolismo una neurotoxina producida por la floración de unas algas marinas, las diatomeas.

En estos días, 70 años después, toneladas de peces muertos afloran en la bahía de San Francisco. Las altas temperaturas y el aumento en el agua de nitratos, fertilizantes y otro tipo de desechos procedentes de las áreas urbanas e industriales han formado una vez más un perfecto caldo de cultivo para la floración de un alga microscópica que afecta a decenas de especies marinas que constituyen el alimento de las aves. Este suceso reciente está estrechamente relacionado con el acontecimiento que inspiró a Alfred Hitchcock.

 

El daño de las mareas rojas

 

La eutrofización, el aporte en exceso de nutrientes inorgánicos, produce floraciones, es decir, multiplicaciones exponenciales seguidas de acumulaciones masivas de organismos fitoplanctónicos, entre otros de determinadas algas que dan al agua el color característico de las mareas rojas. Entre otros efectos dañinos, hoy sabemos que estas algas liberan neurotoxinas que pueden alterar el comportamiento de la avifauna acuática.

Probablemente el registro más antiguo de los efectos tóxicos de las floraciones de algas aparece en el Antiguo Testamento cuando las aguas de Egipto se transformaron en “sangre”. Pero mucho antes, hace setenta millones de años, cientos de dinosaurios no lograron escapar de lo que resultó ser una trampa mortal causada por floraciones de algas tóxicas en el agua que los había atraído para calmar la sed.

 

Las neurotoxinas que llegan a los pájaros

 

Las mareas rojas van asociadas con la producción de neurotoxinas como los ácidos domoico y kaínico . Estas neurotoxinas se incorporan a la cadena trófica y se acumulan en moluscos bivalvos o en peces como anchoas y sardinas que son el alimento de la avifauna marina. Ingerirlas altera su funcionamiento neuronal.

El domoico y el kaínico, dos análogos químicos del ácido glutámico, son tremendamente tóxicos para metabolismo de los vertebrados. Cuando pasan a través de la barrera hematoencefálica de aves y mamíferos y se unen a los receptores neuronales del glutámico, provocan síntomas que fueron detectados por primera vez en 1987 en Canadá y veinte años más tarde en España.

Portada del Santa Cruz Sentinel de 18 de agosto de 1961, en la que se da cuenta de la lluvia de aves marinas que se desplomó sobre la costa de California la noche anterior.

 

La marea roja que inspiró Los pájaros

 

El 18 de agosto de 1961, un periódico californiano, el Santa Cruz Sentinel, informó de que miles de aves marinas enloquecidas arrasaron las costas de la bahía de Monterrey. Las aves, que regurgitaban anchoas, eran pardelas grises (Ardenna grisea). En 1991 se produjo un episodio similar en la misma zona. Esta vez afectó a pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis) que se desplomaban en tierra desorientados y moribundos.

 

La primera constancia del ácido domoico

 

Aunque las diatomeas del género Pseudo-nitzschia han vivido en aguas de California durante milenios, el ácido domoico sólo se detectó en 1991 cuando en el aparato digestivo de los peces de la bahía de Monterrey se encontraron altas concentraciones de esas diatomeas y del ácido domoico que producen. Al ingerir esos peces contaminados, los pelícanos habían incorporado a su metabolismo la neurotoxina producida por la floración de las diatomeas.

Antes de este hallazgo, los episodios de mortalidad de aves marinas en las costas californianas se atribuían a otros factores como la niebla, las enfermedades infecciosas, los derrames de petróleo y las prácticas pesqueras abusivas.

Uno de esos episodios fue el de la acumulación de pardelas grises desorientadas en Monterrey en el verano de 1961, un suceso que, probablemente, sirvió de inspiración para que Hitchcock ideara el guion de Los pájaros, adaptado de un relato corto de Daphne du Maurier, un extraordinario relato de suspense y mensaje apocalíptico en el que, en un contexto romántico, unos pájaros comienzan a mostrarse violentos contra los humanos.

Durante varias semanas estivales, enormes bandadas de pardelas se alimentan de krill, calamares y peces en las productivas aguas de bahías californianas como la de Monterrey afectadas por la corriente de California. En el verano de 1961 las pardelas cubrieron los cielos de la bahía volando torpemente al azar, aterrizando en cualquier sitio para regurgitar anchoas antes de morir tiradas por las calles entre estertores agónicos.

Pseudo-nitzschia es un género de la clase diatomeas, que incluye varias especies de algas unicelulares que producen ácido domoico, responsable de intoxicación en humanos por consumo de moluscos. Dr. Rozalind Jester.

 

El estudio que confirmó el vínculo entre las diatomeas y las pardelas

 

Que Pseudo-nitzschia fuera la responsable de la intoxicación de las aves en 1961 era una hipótesis plausible. Su comprobación llegó con un trabajo de investigación enfocado a demostrar que las especies de Pseudo-nitzschia productoras de toxinas estaban presentes en concentraciones elevadas en el episodio de aquel año.

Las tres biólogas marinas que llevaron a cabo la investigación analizaron el contenido de ejemplares del zooplancton herbívoro que se alimenta de diatomeas recogido por los muestreos que los buques oceanográficos llevan a cabo rutinariamente en la bahía.

Y así pudieron reconstruir el fitoplancton regional de 1961. Las especies de Pseudo-nitzschia productoras de toxinas representaron el 79% de las diatomeas digeridas en las muestras de zooplancton. Entre las seis especies de Pseudo-nitzschia encontradas destacaban dos: P. australis y P. multiseries, causantes de la floración que, treinta años después, también enloqueció a los pelícanos pardos.

Por otro lado, si se analizan los datos oceanográficos de los movimientos de las aguas superficiales oceánicas en Monterrey, se puede observar que las condiciones de las corrientes en 1961 eran muy similares a las registradas en 1991.

Alfred Hitchcock probablemente nunca supo que tras una de las escenas más sobrecogedoras de su obra estaban las diatomeas “sobrealimentadas”, que siguen causando estragos.

Más claro, agua.