Un cerezo cargado en la huerta, unas ciruelas maduras al borde del camino o un manzano junto a la última casa del pueblo. Detrás de la mayoría de las visitas de osos pardos a las aldeas de la cordillera Cantábrica hay algo tan cotidiano como la fruta de temporada: entre 2009 y 2021 se han documentado 73 entradas de osos pardos (Ursus arctos) en núcleos habitados de Asturias, Castilla y León y Cantabria, y en el 86 % de los casos el animal buscaba comida ligada a la actividad humana, desde frutales y huertas hasta pienso, colmenas, ovejas o basura.
El trabajo lo firma un equipo de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) junto con la Universidad de León y la Fundación Oso de Asturias, y se ha publicado en la revista Scientific Reports (1). Su conclusión principal es que los frutales son el reclamo dominante: aparecen en 40 de los 73 episodios analizados, más de la mitad del total. Es el primer análisis científico de estas visitas en la población cantábrica, que ronda los 320–370 ejemplares repartidos por unos 17.000 kilómetros cuadrados.
La fruta, el principal reclamo
El calendario de estas visitas se ajusta al de la cosecha. El 82 % de los episodios se registró entre junio y septiembre, los meses en que maduran cerezas, ciruelas, manzanas y peras en las huertas de montaña. En primavera y otoño los casos fueron mucho más escasos y en invierno no se documentó ninguno, cuando los osos reducen al mínimo su actividad.
Este patrón cobra sentido teniendo en cuenta que el 82 % de los episodios se dieron en los meses de verano, entre junio y septiembre
MANUEL DÍAZ FERNÁNDEZ, EBD-CSIC
“Este patrón cobra sentido teniendo en cuenta que el 82 % de los episodios se dieron en los meses de verano, entre junio y septiembre, que es cuando hay fruta disponible en los pueblos”, explica Manuel Díaz Fernández, investigador de la EBD-CSIC y primer autor del estudio (2). El resto de atrayentes queda muy por detrás: los cultivos aparecen en 14 casos; las ovejas, la basura y el pienso para animales domésticos, en 8 cada uno, y las gallinas, la hierba o las colmenas suman 5 episodios. En 22 ocasiones el oso encontró más de un recurso en el mismo pueblo.
El horario y el perfil del animal también se repiten. El 64 % de los acercamientos se produjo de noche o durante el crepúsculo, un patrón descrito en otros países europeos, donde los osos parecen desplazar su actividad a las horas sin gente para aproximarse a los pueblos. La mayoría de los ejemplares identificados eran jóvenes o subadultos (37 %), por delante de los adultos (16,4 %) y de las hembras con crías (8,2 %); en el 38,4 % de los casos no hubo datos suficientes para clasificarlos.
Los osos tampoco pasaron de largo. En 39 casos (53 %) el animal permaneció en el pueblo o en sus alrededores más de un día, lo que apunta a que la comida fácil y la escasa actividad humana nocturna compensan el riesgo de acercarse. Hubo constancia de encuentros directos entre personas y osos en 29 episodios (39,7 %), aunque los agentes de campo solo pudieron confirmar tolerancia a la presencia humana –que el animal no huya ni reaccione– en siete de ellos.
Qué pueblos reciben más visitas
Los 73 episodios se concentran en 44 pueblos: 35 registraron un único caso y 9 acumularon varios, hasta un máximo de ocho. La distribución tampoco es homogénea sobre el mapa. El 86 % de los casos se produjo en la subpoblación occidental, la más numerosa, con 63 episodios en 35 localidades, frente a los 10 casos de la parte oriental. Para entender por qué unos núcleos reciben osos y otros no, el equipo comparó esos pueblos con otros sin visitas registradas dentro del área de distribución de la especie, combinando datos de las administraciones y de las fundaciones conservacionistas, revisión de prensa digital y trabajo de campo.
Los pueblos visitados por osos suelen situarse cerca de las zonas de cría, en áreas de mayor calidad de hábitat y con más daños atribuidos a la especie
Los pueblos visitados por osos suelen situarse cerca de las zonas de cría, en áreas de mayor calidad de hábitat y con más daños atribuidos a la especie, según concluye el trabajo. La probabilidad de recibir una visita crece cuanto mejor es el hábitat para el oso y cuantos más daños a colmenas, ganado o frutales se han contabilizado en el entorno entre 2012 y 2018, y disminuye a medida que aumenta la distancia al núcleo de cría más próximo. También pesa la vecindad: los pueblos con episodios están más cerca unos de otros de lo que cabría esperar por azar.
A escala local, la diferencia entre dos pueblos vecinos está en los detalles. Los núcleos visitados tienen un perímetro mayor –más puntos de entrada y, previsiblemente, más frutales y huertas–, están más cerca del bosque y se asientan en terrenos de relieve más abrupto. Esas dos condiciones ofrecen al animal cobertura antes y después de acercarse a las casas, y encajan con lo que se sabe de la selección de hábitat de la especie.
Los propios autores introducen un matiz importante: como la mayoría de los pueblos registró un solo episodio, estas visitas parecen responder más a condiciones generales de la zona –buen hábitat y comida disponible– que a una fidelidad de determinados osos a un pueblo concreto. Advierten además de un posible sesgo de observación, porque en las localidades más grandes hay más vecinos y, por tanto, más probabilidades de que el animal sea visto y de que el caso llegue a los registros oficiales.
Prevenir antes que ahuyentar
A partir de estos resultados, el equipo propone centrar la gestión en la prevención: dificultar el acceso de los osos a los recursos que los atraen o retirarlos en los momentos críticos del año, con medidas como la recogida de la fruta en verano o la protección de huertas y colmenas con pastores eléctricos. Hasta ahora ha predominado el enfoque contrario: las administraciones intervinieron en 26 de los 73 casos y en 16 recurrieron al ahuyentamiento –gritos, petardos o balas de goma–, frente a solo tres actuaciones preventivas.
Estas deberían ser el tipo de medidas preventivas a priorizar, incluso por delante de las medidas reactivas centradas en espantar a los osos de los pueblos
MANUEL DÍAZ FERNÁNDEZ, EBD-CSIC
“Estas deberían ser el tipo de medidas preventivas a priorizar, incluso por delante de las medidas reactivas centradas en espantar a los osos de los pueblos, ya que estas pueden perder su efecto en el tiempo si no se elimina el acceso a los recursos tróficos”, aclara Díaz Fernández. El estudio recuerda que los métodos acústicos y visuales apenas surten efecto más allá del muy corto plazo, mientras que los estímulos dolorosos controlados, como las balas de goma, mantienen su eficacia unas semanas antes de diluirse.
El propio trabajo incluye un caso que lo ilustra. Según un informe de la Junta de Castilla y León citado por los autores, una osa frecuentó durante años varios pueblos de la cordillera pese a los repetidos intentos de ahuyentarla. El problema solo se resolvió cuando se retiró casi por completo la fruta disponible en la localidad.
El equipo reclama también unificar los protocolos de recogida y clasificación de estos incidentes entre comunidades autónomas, hoy dispares, para identificar cada situación con precisión y ajustar las medidas. El Protocolo de intervención con osos en la cordillera Cantábrica (3) se aprobó en 2019 y no contempla medidas preventivas como limitar el acceso al alimento. “La clave para el futuro es establecer unas medidas de gestión que nos permitan adelantarnos a estos sucesos y reducirlos en la medida de lo posible”, concluye el investigador. Los autores apuntan que sus resultados podrán completarse con herramientas genéticas y con el radiomarcaje de ejemplares que ya se desarrolla en la región.
Referencias
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