El martes 7 de enero de 2025, Donald Trump Jr., hijo del presidente electo de Estados Unidos, aterrizó en Groenlandia con su avión privado, permaneciendo allí solo por unas horas. En sus redes sociales anunció su llegada con la frase: “Los groenlandeses aman a Estados Unidos y a Trump”. Este gesto ocurre en medio de la polémica generada por la intención de su padre de anexionar Groenlandia a Estados Unidos, alegando necesidades económicas y de seguridad nacional. No es la primera vez que el magnate pone sus ojos en este territorio: en 2019, Trump expresó públicamente la idea de comprar Groenlandia.
Groenlandia, la isla más grande del mundo, está situada en el océano Glacial Ártico, a tan solo 26 kilómetros de Canadá — en su punto más cercano a la isla de Ellesmere—. Con apenas 60.000 habitantes y una superficie que supera los dos millones de kilómetros cuadrados, cuatro veces más que España, es un territorio autónomo bajo soberanía danesa, con autogobierno en los asuntos internos. Permanece fuera de la Unión Europea por decisión propia, pero su política exterior está gestionada por el gobierno central de Dinamarca.
La seguridad nacional, en el centro
La anexión del territorio ártico no solo representaría un legado histórico para Trump, comparable a la compra de Alaska por Andrew Johnson en 1867, sino que también otorgaría a Estados Unidos acceso a las rutas comerciales árticas que se están abriendo por el deshielo, así como a importantes yacimientos de metales raros e hidrocarburos. Además, permitiría contrarrestar la creciente presencia militar de Rusia y la influencia de China en la región.
Desde 2012, China ha incrementado su presencia en Groenlandia a través de la adquisición de acciones en empresas mineras y energéticas locales, además de ofrecer financiación para infraestructura. En 2019, incluso China intentó comprar una base militar abandonada en la isla. Esto refuerza la percepción de que asegurar el control estadounidense de Groenlandia es vital, a pesar de que Dinamarca, miembro de la OTAN, ya alberga bases militares aliadas en la isla.
De las rutas marítimas árticas, destacan dos, que ya son practicables en verano, y que coinciden a la altura del estrecho de Bering para luego dividirse y emprender caminos distintos. La ruta del noreste, con destino a Europa, recae casi enteramente bajo control ruso. La otra ruta, la del noroeste, ya pasa por aguas estadounidenses en Alaska, pero luego atraviesa las aguas canadienses y groenlandesas hasta llegar a América. El control de Groenlandia sería un paso más en la obtención del control total de esta ruta ártica, que permite recortar la distancia con Asia y que, con el deshielo, será pronto practicable por muchos más meses.
El interés de Estados Unidos por Groenlandia no es nuevo. En 1946, el presidente Harry Truman ofreció 100 millones de dólares en oro al Reino de Dinamarca para comprar la isla. En 2019, la propuesta de Donald Trump de adquirir Groenlandia fue descartada por el gobierno danés. Este tipo de transacciones, aunque inusuales, tienen precedentes históricos, como la compra de Florida y Oregón a España por parte de EE.UU., o algunas más recientes, como la compra de 1.000 kilómetros cuadrados a Tayikistán en 2011 por parte de China.
En esta ocasión, la agenda expansionista de Trump en Groenlandia es más agresiva. La Casa Blanca ha amenazado con imponer aranceles contra Dinamarca, un país donde el 19% de las exportaciones fuera de la UE tienen como destino Estados Unidos. En una reciente rueda de prensa, Trump también insinuaba la posibilidad de recurrir a la fuerza para cumplir sus aspiraciones, recordando además el interés por recuperar el control del canal de Panamá, otra pieza clave del comercio mundial, que ya estuvo bajo control estadounidense hasta 1999.
Ganarle la guerra comercial a China también pasa por el Ártico
Además de los enormes depósitos de hidrocarburos en el Ártico, que se estima contienen el 13% del petróleo y el 30% del gas natural aún no descubiertos a nivel mundial, en Groenlandia hay otros recursos fundamentales para el sector tecnológico: las tierras raras. Este es uno de los motivos por los que Groenlandia es vital para la estrategia económica estadounidense, pues actualmente China es el mayor productor y exportador de estos materiales, esenciales para producir baterías y otros dispositivos electrónicos.
Así mismo, aunque EE.UU. cuenta con minería nacional de tierras raras, esta es minoritaria, y sigue importando de China más del 80% de las mismas. El gigante asiático el líder indiscutible del procesado de estos materiales, lo que impide al país norteamericano superar la dependencia de su competidor directo.
¿Por qué ocurre ahora?
Si bien el argumento económico de los recursos y de contrarrestar a China es el que más peso tiene en la ecuación, a este se suma el cada vez más acelerado cambio climático. A pesar del negacionismo practicado por Trump frente a la ciencia climática y su rechazo a la transición verde, la realidad del deshielo ya es innegable. Y aunque no respalde las políticas medioambientales, Trump sabe que las consecuencias del cambio climático le ofrecen oportunidades económicas.
En 2012, pocos años antes de que Trump hiciera publico su interés expansionista en el Ártico y Groenlandia, la banquisa ártica registró su menor extensión histórica, disparando los pronósticos de navegación de la ruta. Este enfoque estratégico fue acompañado en 2020 de la reapertura del consulado estadounidense en Nuuk, la capital de Groenlandia, fortaleciendo las relaciones directas con la isla sin necesidad de tratar directamente con Copenhague.
Además, la futura apertura de la ruta central o ruta transpolar está ganando relevancia. Los científicos estiman que, en todos los escenarios de emisiones posibles, el Ártico estará libre de hielo por primera vez todo el verano antes de 2050. Como región marítima estratégica, todos los estados árticos o con territorios en la región —Canadá, Estados Unidos, Rusia, Noruega y Dinamarca (Groenlandia)— han intentado extender sus zonas económicas exclusivas (ZEE) hasta las 200 millas náuticas y reclamar los espacios marítimos que serán cruciales tanto para el tránsito de la ruta como para la extracción de recursos. Son reclamaciones complicadas, que se solapan unas con otras y que están pendientes de resolver.
El interés expansionista en la región ártica, poco antes de que Trump tome de nuevo posesión como presidente, ha llegado acompañado de amenazas contra Canadá, Panamá o la propia Dinamarca, todos países aliados de Estados Unidos. Un ejemplo más de que el mundo está cambiando, y que ni las relaciones históricas, ni ser miembro de la OTAN garantizan una alianza permanente en la nueva era Trump, menos aún cuando se refiere a temas catalogados cómo de seguridad nacional.









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