Con la llegada del buen tiempo, las búsquedas sobre dietas rápidas, pérdida de peso y operación bikini se disparan cada año en España, mientras miles de personas inician planes exprés para adelgazar antes de las vacaciones con el objetivo de sentirse mejor con su cuerpo.

Sumario

 

Sin embargo, expertas en nutrición advierten de que esta práctica, asociada a la restricción y a la urgencia estética, puede perjudicar más que ayudar porque altera señales fisiológicas, favorece el efecto rebote y deteriora la relación con la comida.

 

Dietas bajo presión

 

La llamada operación bikini se ha convertido en una rutina estacional para muchas personas, especialmente en los meses previos al verano. La idea de llegar a las vacaciones con un determinado aspecto físico impulsa planes de adelgazamiento rápidos, restricciones alimentarias y cambios bruscos en la forma de comer.

Según recoge Infosalus en una entrevista con la dietista-nutricionista Julia Fernández-Renau, autora del libro A la mierda la dieta, esta práctica parte de una premisa equivocada: asociar el cuidado de la alimentación y del peso con quitar alimentos, imponer normas rígidas o reducir la comida de manera intensa durante un periodo corto.

La especialista sostiene que la operación bikini no es necesaria y advierte de que iniciar una dieta restrictiva justo antes de una fecha límite puede aumentar la inseguridad corporal. También puede desconectar a la persona de las señales de su propio cuerpo y alimentar una relación más difícil con la comida.

El problema, según Fernández-Renau, no reside solo en que estas dietas puedan fracasar a largo plazo, sino en el efecto que tienen durante el proceso. La restricción puede hacer que la comida ocupe más espacio mental, que aumenten los antojos y que se refuerce la sensación de culpa cuando la persona no logra mantener las normas impuestas.

 

Delgadez y éxito

 

La nutricionista critica la idea de que para ponerse un bikini sea necesario tener un cuerpo delgado. A su juicio, esta creencia forma parte de la llamada cultura de la dieta, un conjunto de normas sociales que vinculan la delgadez con el éxito, el control personal y la fuerza de voluntad.

Esa asociación, advierte, tiene un coste. La búsqueda de la delgadez puede hacer que se normalice comer menos de lo necesario, restringir alimentos deseados o interpretar el hambre como un obstáculo que debe vencerse. Desde esta perspectiva, la alimentación deja de percibirse como una necesidad corporal y pasa a estar atravesada por el miedo, la exigencia y la culpa.

Fernández-Renau señala que perseguir ese ideal puede afectar tanto a la salud física como a la salud mental. En el plano físico, porque comer menos de lo que el organismo necesita puede generar respuestas de adaptación. En el plano emocional, porque la restricción aumenta el deseo por aquello que se prohíbe y puede reforzar una relación insegura con la comida.

La experta resume el proceso como un círculo que se repite: cada dieta deja a la persona con más miedo a determinados alimentos, más inseguridad corporal y una mayor sensación de fracaso. En lugar de mejorar el bienestar, la búsqueda rápida de un cambio físico puede terminar aumentando el malestar.

 

Metabolismo en alerta

 

Ante una dieta restrictiva, el cuerpo no interpreta que la persona quiere adelgazar para una fecha concreta. Según explica Fernández-Renau, el organismo detecta que recibe menos energía de la habitual y activa mecanismos de protección. Es lo que la especialista describe como un “modo supervivencia”, con respuestas fisiológicas, hormonales y metabólicas.

Una de esas respuestas es la reducción del metabolismo basal, es decir, la energía que el cuerpo utiliza para mantener en funcionamiento los órganos vitales. La nutricionista apunta que esa reducción puede situarse entre el 10% y el 25%, con el objetivo de conservar energía ante el déficit calórico.

Además, el cuerpo puede reducir la termogénesis por actividad, de modo que la persona se mueve menos sin darse cuenta. Caminar, gesticular o realizar movimientos espontáneos puede disminuir porque el organismo intenta ahorrar energía. También puede hacer la digestión con mayor eficiencia y consumir menos calorías en ese proceso.

Ese mecanismo ayuda a explicar el llamado efecto rebote. Cuando la persona vuelve a comer de una forma habitual tras una etapa de restricción, el organismo puede recuperar el peso perdido, porque durante la dieta ha ajustado su gasto energético a la baja y ha aumentado las señales orientadas a buscar comida.

 

Hambre y recompensa

 

Los cambios no se limitan al metabolismo. Fernández-Renau también apunta a modificaciones hormonales. Durante una dieta, puede disminuir la leptina, conocida como la hormona de la saciedad, y aumentar la sensación de hambre. Al mismo tiempo, se activa la grelina, una hormona relacionada con el estómago vacío y con el impulso de comer.

El resultado, según la especialista, es que la persona siente más hambre y tiene más dificultades para quedarse satisfecha. El cuerpo, en estado de alerta, intenta recuperar la energía que considera insuficiente y refuerza las señales internas que empujan a comer.

La nutricionista añade que también se reactiva con más fuerza el sistema de recompensa. El cerebro responde con mayor intensidad a las señales relacionadas con la comida, lo que puede hacer que los olores, los pensamientos sobre alimentos y los antojos resulten más frecuentes o más difíciles de gestionar.

A ello se suma el papel de la corteza prefrontal, vinculada al autocontrol y a la toma de decisiones. Según explica Fernández-Renau, el déficit calórico puede reducir su actividad, lo que dificulta mantener la restricción y aumenta la probabilidad de comer alimentos que la persona había intentado evitar.

La experta también menciona cambios en neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. Una bajada de serotonina puede relacionarse con más ansiedad, irritabilidad o bajo estado de ánimo, mientras que las alteraciones en la dopamina pueden favorecer una búsqueda más compulsiva de comida.

Por todo ello, Fernández-Renau defiende que hacer dieta no solo modifica lo que se come, sino también el comportamiento y la relación con el propio cuerpo. Frente a la urgencia de la operación bikini, plantea revisar la forma en que se entiende el cuidado y dejar de vincularlo exclusivamente con la restricción o con un ideal estético impuesto por la cultura de la dieta.

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