El humo de los incendios forestales ha dejado de ser un riesgo limitado al perímetro del fuego. La guía sanitaria que el Ministerio de Sanidad ha aprobado para 2026 advierte de que la exposición al humo alcanza también a las poblaciones situadas a cientos de kilómetros del foco, por la amplia dispersión de las partículas debida a la acción del viento.

Sumario

 

El documento sitúa las partículas finas PM2.5 como la principal amenaza para la salud y recoge un estudio europeo que ha cuantificado ese impacto: un pequeño aumento de estas partículas en el aire se ha asociado a un incremento del 0,7 % en la mortalidad general, del 0,9 % en la mortalidad cardiovascular y del 1,3 % en la respiratoria.

 

Las PM2.5, la principal amenaza

 

Sanidad ha descrito el humo de los incendios como una mezcla compleja de gases y partículas que incluye PM2.5 y PM10, monóxido y dióxido de carbono, óxidos de nitrógeno, ozono, compuestos orgánicos volátiles como el formaldehído y el benceno, plomo y otras sustancias tóxicas e irritantes. El impacto sobre la salud es, según el texto, una consecuencia directa de esa mala calidad del aire, y las PM2.5 destacan por su capacidad de penetración profunda en el organismo.

La guía ha subrayado además un matiz determinante. Las partículas finas procedentes de los incendios forestales podrían suponer un riesgo de mortalidad mayor que las emitidas por otras fuentes, como el tráfico, por diferencias en su composición química, su tamaño y su potencial oxidativo. Ignorar esa toxicidad específica llevaría a subestimar la cifra de fallecidos en más de un 90 %.

El aviso ha coincidido con el último balance de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su director regional para Europa, Hans Henri P. Kluge, ha señalado que la superficie quemada en la Región Europea ha pasado de 1,4 millones de hectáreas en 2022 a 2,2 millones en 2025, un aumento del 57 % en cuatro años, y que España y Portugal han notificado más del doble de incendios entre enero y julio que en el mismo periodo del año anterior.

 

Quiénes corren más riesgo

 

El Ministerio ha identificado los colectivos más expuestos: personas mayores de 65 años, mujeres gestantes, menores de cinco años, quienes trabajan al aire libre, pacientes con afecciones respiratorias o cardiovasculares previas, personas que requieren oxigenoterapia y quienes padecen diabetes, cáncer o enfermedades que debilitan el sistema inmunitario.

La neumóloga Laura Álvarez, especialista del Hospital Universitario HM Montepríncipe, ha explicado que en pacientes con asma o EPOC la inhalación del humo puede desencadenar una inflamación del bronquio que favorezca la aparición de broncoespasmo, manifestado con tos, pitidos en el pecho y sensación de falta de aire. “En algunos casos puede tratarse de un cuadro potencialmente grave que requiera atención médica”, ha advertido la especialista.

La OMS ha alertado de que la exposición no solo afecta al aparato respiratorio, sino que incrementa el riesgo de complicaciones cardiovasculares, sobre todo cuando los episodios de contaminación por humo se prolongan durante horas o varios días. La guía de Sanidad detalla esos mecanismos: inflamación de las arterias coronarias, desestabilización de las placas de ateroma y formación de coágulos que pueden derivar en infartos, ictus, arritmias o insuficiencia cardíaca.

El documento incorpora además un capítulo que suele quedar fuera del foco informativo: el impacto en la salud mental. Los incendios son eventos potencialmente traumáticos que pueden derivar en estrés postraumático, ansiedad, depresión, problemas de sueño y duelo, con efectos específicos en la población infantil –irritabilidad, retraimiento social, pesadillas y descenso del rendimiento escolar–, incluso entre quienes no han sufrido daños físicos directos.

 

Cómo protegerse del humo

 

Las recomendaciones oficiales han insistido en permanecer en interiores siempre que sea seguro, con puertas y ventanas cerradas y anulando en lo posible el resto de vías de ventilación –chimeneas, campanas extractoras o rejillas–. El texto aconseja usar el aire acondicionado en modo recirculación, reducir la actividad física dentro y fuera de casa, porque el aumento de la frecuencia respiratoria favorece la inhalación de partículas, y limitar otras fuentes de contaminación interior, como el tabaco o las estufas de leña.

Si resulta imprescindible salir, la protección adecuada son las mascarillas FFP2 o N95 correctamente ajustadas, y las variantes con filtro de carbono activo protegen además frente a los gases contaminantes. Sanidad ha sido explícita al señalar que las mascarillas quirúrgicas y los pañuelos no ofrecen una protección segura frente a estas partículas, y ha recomendado añadir gafas y manga larga en presencia de humo o ceniza.

La guía ha fijado también una distancia de seguridad: evitar acercarse al área del incendio, especialmente si se encuentra a menos de 300 metros. Y ha remitido a la consulta de los datos oficiales de calidad del aire en el portal ica.miteco.es o en las webs de cada comunidad autónoma, además de advertir sobre la circulación de información falsa durante las emergencias.

Una vez controlado el fuego, y cuando las autoridades confirmen que la calidad del aire exterior es adecuada, el Ministerio ha aconsejado ventilar la vivienda antes de reocuparla por completo, evitar el contacto con las cenizas y limpiar suelos y superficies con paños húmedos para no dispersar las partículas. También ha pedido no consumir alimentos que hayan estado expuestos al humo o a la ceniza.

Entre los signos de alarma que obligan a acudir a un centro sanitario figuran la dificultad respiratoria, la sensación de falta de aire, el dolor en el pecho o el pulso acelerado.

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