La recuperación de las zonas afectadas por los incendios forestales de este verano en distintos puntos de España debe comenzar por proteger el suelo frente a las lluvias y evaluar su estado antes de plantear cualquier reforestación. Expertos coinciden en que las actuaciones en territorios quemados como los de Ávila, Madrid, Niebla –Huelva–, Zamora o Los Gallardos –Almería– deben adaptarse a la pendiente, la severidad del fuego y la capacidad de la vegetación para regenerarse de forma natural.

 

Proteger el suelo de la erosión

 

El decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, Eduardo Tolosana, señala que, una vez atendidas las necesidades de quienes han perdido viviendas, negocios o ganado, el primer paso en el medio natural consiste en evaluar los daños y determinar dónde resulta más urgente intervenir.

Las áreas inclinadas presentan un mayor riesgo de que la lluvia arrastre cenizas y suelo, mientras que la temperatura alcanzada por el terreno durante el fuego determina hasta qué punto ha quedado dañada su capacidad de recuperación

La prioridad depende principalmente de la pendiente del terreno y la severidad alcanzada por el incendio. Las áreas inclinadas presentan un mayor riesgo de que la lluvia arrastre cenizas y suelo, mientras que la temperatura alcanzada por el terreno durante el fuego determina hasta qué punto ha quedado dañada su capacidad de recuperación.

Para reducir ese riesgo, una de las actuaciones habituales consiste en instalar barreras horizontales en las laderas con materiales procedentes de la propia zona quemada. Cuando los restos disponibles no son suficientes, pueden incorporarse ramas u otros elementos procedentes de otros lugares.

Estas estructuras –denominadas palizadas, albarradas o fajinas según sus características– se colocan siguiendo las curvas de nivel y suelen alcanzar entre medio metro y un metro de altura. Su función es retener las cenizas y el suelo movilizados por las precipitaciones, evitando tanto la pérdida de terreno fértil como su llegada a los cursos de agua.

El técnico del programa de Bosques de WWF España, Jorge Aguado, coincide en que cualquier intervención debe partir de un diagnóstico técnico de las zonas más expuestas a escorrentías y erosión. En esos puntos, considera necesario adoptar medidas que impidan que el agua continúe degradando una superficie ya afectada por las llamas.

El divulgador ambiental y profesor de la Universidad Europea, Miguel Aguado Arnáez, también advierte sobre los riesgos de las precipitaciones después del incendio. El arrastre de cenizas puede formar en los ríos una especie de “chapapote vegetal” que dificulta la oxigenación del agua, con consecuencias para su flora y fauna.

A ello se suma la posibilidad de perder el escaso suelo que conserva cubierta vegetal, un recurso que será esencial para que el ecosistema pueda empezar a recuperarse. Por ese motivo, una vez disminuida la temperatura interior del incendio, preparar el terreno frente a las lluvias se convierte en una de las primeras tareas.

 

Esperar antes de reforestar

 

Los especialistas desaconsejan asumir que toda superficie quemada necesita una repoblación inmediata. Tolosana recuerda que numerosas especies mediterráneas llevan millones de años conviviendo con el fuego y han desarrollado mecanismos naturales que les permiten recuperarse tras un incendio.

Especies como la encina o el roble melojo pueden rebrotar gracias a la energía almacenada en sus raíces, mientras otras cuentan con estrategias relacionadas con las semillas

Especies como la encina o el roble melojo pueden rebrotar gracias a la energía almacenada en sus raíces, mientras otras cuentan con estrategias relacionadas con las semillas. En el caso del pino resinero, por ejemplo, el calor favorece la apertura de las piñas y la dispersión de semillas, mientras que otras permanecen en el suelo hasta encontrar las condiciones adecuadas después del fuego.

Esa capacidad natural obliga a observar cómo evoluciona el terreno antes de decidir una reforestación. Sin embargo, el seguimiento sigue siendo necesario porque la regeneración puede no producirse en determinadas áreas o, por el contrario, aparecer con una densidad excesiva que incremente el riesgo ante futuros incendios.

En otros ecosistemas, como algunos pinares de montaña sin esa capacidad de resistencia, la intervención puede resultar imprescindible y será necesario reforestar. La respuesta, por tanto, varía según las características de cada zona y de las especies afectadas.

WWF también considera un error la imagen de una plantación rápida inmediatamente después del incendio. Introducir maquinaria y personal en un suelo deteriorado puede aumentar el impacto precisamente cuando el terreno necesita reducir las alteraciones y recuperar progresivamente su estructura.

Algunas de las áreas quemadas este verano en la Comunidad de Madrid y Castilla y León presentan además un especial valor para la biodiversidad. Jorge Aguado plantea que, tras evaluar los daños, podrían estudiarse medidas dirigidas a especies como el águila perdicera, el águila imperial o el buitre negro.

Si permanecen en pie árboles maduros adecuados, una de las posibilidades mencionadas por el experto sería favorecer la nidificación mediante plataformas instaladas en ejemplares de gran tamaño. No obstante, no existen todavía datos específicos sobre la situación de estas especies en las superficies afectadas.

 

Una recuperación de décadas

 

Miguel Aguado Arnáez recuerda que los ritmos de la naturaleza son mucho más lentos que las expectativas humanas. Aunque resulte deseable recuperar rápidamente el paisaje anterior al incendio, un bosque tupido necesita de media entre 40 y 50 años para volver a desarrollarse.

El estado del suelo resulta decisivo en ese proceso. Cuando las llamas avanzan rápidamente pueden quemar la vegetación superficial sin llegar a destruir el terreno, pero si permanecen durante mucho tiempo sobre un mismo punto pueden carbonizar el suelo y reducir considerablemente su calidad para albergar nueva cubierta vegetal.

En torno al primer año pueden aparecer pequeños brotes verdes, tras los cuales los arbustos desempeñan un papel importante porque sus raíces contribuyen a sujetar el terreno y mejorar sus condiciones

La recuperación comenzará de manera progresiva. En torno al primer año pueden aparecer pequeños brotes verdes, tras los cuales los arbustos desempeñan un papel importante porque sus raíces contribuyen a sujetar el terreno y mejorar sus condiciones.

Posteriormente podrán desarrollarse especies arbóreas, ya sea por regeneración natural o mediante plantaciones cuando sean necesarias. Algunos árboles crecen además protegidos por la sombra de los arbustos, que puede favorecer unas mejores condiciones durante sus primeras etapas.

La restauración, por tanto, debe avanzar “de abajo hacia arriba”, comenzando por el suelo y la vegetación que ayuda a estabilizarlo antes de aspirar a recuperar un bosque maduro. Aunque el proceso completo pueda prolongarse durante varias décadas, las primeras señales de recuperación serán visibles durante los próximos años.

Las actuaciones tienen además un coste económico considerable. Según las estimaciones aportadas por Tolosana, instalar palizadas, fajinas y albarradas cuesta entre 1.500 y 4.000 euros por hectárea, mientras que aclarar una regeneración excesivamente densa puede situarse entre 500 y 1.500 euros por hectárea.

Cuando es necesario reforestar, los trabajos pueden alcanzar entre 3.000 y 5.000 euros por hectárea. Estas cantidades se suman a unos costes de extinción que el ingeniero sitúa entre 10.000 y 19.000 euros por hectárea, una comparación que, a su juicio, refuerza la necesidad de invertir previamente en gestión forestal.

Para Tolosana, estas cifras muestran que la prevención puede resultar más rentable que afrontar posteriormente la extinción y restauración de las superficies incendiadas. La selección de zonas estratégicas de gestión y la aplicación de medidas preventivas aparecen así como parte esencial de una respuesta que no termina cuando se apagan las llamas.

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