Comer insectos provoca rechazo en buena parte de Occidente, pero ese desagrado podría hundir sus raíces miles de años atrás. Un equipo del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) –centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra (UPF)– ha empleado dos técnicas genéticas complementarias para reconstruir el consumo de insectos en la prehistoria y ha concluido que en Europa fue esporádico y, casi siempre, accidental, frente a lo ocurrido entre los neandertales y en las regiones tropicales.

Sumario

 

El estudio, firmado por los investigadores Manuel Piñero y Pablo Librado, se ha publicado en la revista Science Advances (1).

 

Qué revela el sarro dental

 

Los Homo sapiens anatómicamente modernos llegaron a Europa hace al menos 46.000 años. Para averiguar qué comían, el equipo ha rastreado el ADN de insectos en 745 muestras de cálculo dental –el sarro, esa placa endurecida que atrapa y conserva fragmentos del ADN de los alimentos– y lo ha comparado con el de 18 neandertales y casi un centenar de grandes simios. En los europeos prehistóricos, esas huellas resultaron mínimas, equiparables a las de los chimpancés de selva, que apenas dedican un 4% de su dieta a los insectos. La entomofagia –el consumo de insectos– era, por tanto, una práctica marginal.

La ausencia de entomofagia no responde únicamente a recientes factores culturales, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva

PABLO LIBRADO, investigador principal del IBE

“La ausencia de entomofagia no responde únicamente a recientes factores culturales, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva”, ha señalado Pablo Librado, investigador principal del IBE y responsable del trabajo. Para sostener esa idea, el equipo ha analizado además los genes que producen las enzimas capaces de romper la quitina –el compuesto que forma el caparazón de los insectos– y ha comprobado que, en las poblaciones del norte de Eurasia, portan mutaciones que reducen esa capacidad digestiva, un rasgo mantenido durante los últimos 9.000 años.

De hecho, buena parte de las pocas huellas detectadas en humanos se explican por contaminación posterior a la muerte o por una ingesta involuntaria, ligada al agua, a los cadáveres o a los granos almacenados. El caso más revelador es el de un neandertal de 42.800 años cuyo sarro contenía ADN de una mariquita asiática que no llegó a Europa hasta los años ochenta del siglo XX: una señal de que estos restos no siempre permanecen sellados frente al ADN del entorno.

 

Los insectos en la dieta neandertal

 

Los neandertales, que habitaron Eurasia desde hace unos 400.000 años hasta hace alrededor de 40.000, cuentan una historia distinta. Aunque coexistieron un tiempo con el Homo sapiens, el análisis de 18 muestras de su sarro ha revelado mucho más ADN de insectos, en niveles comparables a los de los chimpancés occidentales, que en la sabana recurren a termitas y hormigas cuando escasea el alimento. En su caso destacan los dípteros –moscas y mosquitos–.

La abundancia de restos de mosquitos refuerza la posibilidad de que los cadáveres de sus presas permanecieran en charcas y zonas pantanosas

PABLO LIBRADO, investigador principal del IBE

“La abundancia de restos de mosquitos refuerza la posibilidad de que los cadáveres de sus presas permanecieran en charcas y zonas pantanosas, entornos idóneos en los que los insectos depositan sus huevos”, ha explicado Librado. Esa presencia de moscas y mosquitos respalda una hipótesis reciente: que los neandertales consumían con frecuencia cadáveres de animales infestados de larvas, lo que ayudaría a explicar los elevados niveles de nitrógeno hallados en sus restos.

En sintonía con esa dieta, tanto los neandertales como el único denisovano analizado –un linaje de humanos arcaicos identificado en la cueva de Denisova, en Siberia– portaban variantes genéticas que facilitaban la digestión de los insectos, justo lo contrario que los europeos actuales. Curiosamente, el grupo con más ADN de insectos en el sarro no fue ninguno de ellos, sino los gorilas, que los ingieren sin querer junto al follaje del que se alimentan.

 

Del trópico al plato del futuro

 

La clave de todo está en la latitud. Al examinar el genoma de 26 poblaciones actuales, los investigadores han encontrado que dos genes ligados a la digestión de la quitina –llamados CHIA y CTBS– figuran entre los que muestran un patrón geográfico más marcado de todo el genoma: cuanto más cerca del trópico vive una población, mayor es su capacidad para asimilar insectos. Y la razón es puramente ecológica.

Es necesario ingerir grandes cantidades de insectos para compensar el elevado gasto calórico que implica su recolección

MANUEL PIÑERO, investigador predoctoral del IBE y primer autor

“Es necesario ingerir grandes cantidades de insectos para compensar el elevado gasto calórico que implica su recolección”, ha apuntado Manuel Piñero, investigador predoctoral del IBE y primer autor del estudio. En el trópico abundan los insectos sociales –como termitas y hormigas–, cuya biomasa permite recolectarlos de forma sostenible durante todo el año; lejos de esa franja, el esfuerzo no compensa y la capacidad de digerirlos se pierde de forma gradual.

Esa diferencia entre el norte y el sur no es reciente. Gracias a 1.663 genomas antiguos, el equipo ha comprobado que el patrón ya existía hace 9.000 años, al inicio de la agricultura, y que incluso cazadores-recolectores anteriores –como los jomon de Japón– portaban ya las variantes de baja digestión. El rechazo europeo, por tanto, es anterior a la propia agricultura.

La baja disponibilidad de insectos lejos de los trópicos pudo haber sido un factor clave en el abandono de la entomofagia

PABLO LIBRADO, investigador principal del IBE

“La baja disponibilidad de insectos lejos de los trópicos pudo haber sido un factor clave en el abandono de la entomofagia”, ha concluido Librado. El asunto no es solo histórico: el crecimiento de la población y la presión sobre un planeta que ya destina cerca del 35% de su superficie a la agricultura han llevado a la FAO a proponer los insectos –hay 1.611 especies comestibles catalogadas– como fuente sostenible de proteína. Y aunque las sociedades occidentales sigan mostrando reparo, el procesado industrial permite hoy aprovechar sus nutrientes sin necesidad de digerir el caparazón, lo que abre la puerta a su cría masiva para alimentación humana y animal.

Referencias

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