A lo largo de la historia occidental, los orígenes de las féminas presentan a la mujer como un ser creado a partir del hombre. Es el caso de Eva, en la religión cristiana, que fue creada a partir de una costilla de Adán, o Galatea, dentro del ámbito pagano, creada como una escultura de marfil extremadamente bella por Pigmalión, un rey y escultor de Chipre. Se normaliza así la creación femenina como una construcción social de la mujer idílica, concepto que se perpetúa hasta la actualidad, donde se construye, se reconstruye y se deconstruye la imagen visual de las mujeres en la publicidad.
En este contexto, se debe plantear qué sucede con la imagen de las mujeres en la publicidad de perfumes, ya que estas imágenes publicitarias ocupan un lugar privilegiado en la cultura visual contemporánea. A través de ellas no solo se venden perfumes, también se construyen imaginarios de deseo, estatus y feminidad. Aquí, el canon de belleza femenina –heredero de siglos de representación– se reconfigura mediante tecnologías de retoque que prometen perfección absoluta. El resultado es una estética seductora y sofisticada que, al tiempo que fascina, legitima normas estéticas.
Belleza en píxeles
Desde la Antigüedad, la figura femenina ha estado ligada a arquetipos como Afrodita/Venus, asociada a la belleza, el erotismo y la atracción. En la publicidad de perfumes, esta deidad se reencarna en modelos jóvenes de mujeres caucásicas, de piel tersa y rasgos armoniosos, envueltas en escenarios que sugieren hedonismo, lujo y exclusividad.
Este modelo heredado se ha adaptado a cada época, pero mantiene una constante: la promesa de perfección. Se trata de una feminidad codificada, suave pero poderosa, accesible solo a través del consumo, donde el clásico arquetipo no aparece de forma literal, sino mediante símbolos y narrativas –la luz dorada, el mármol, las abundancia de flores, la mirada insinuante– que traducen lo divino a un lenguaje de marca.
En la publicidad de perfumes esta perfección se plasma en imágenes que evocan sensualidad, lujo y deseo. Las campañas no solo venden fragancias, sino también un estilo de vida aspiracional donde la mujer ideal es sofisticada, seductora y eternamente joven.
El perfume es, por definición, intangible: su publicidad necesita traducir la esencia a una forma visible. Ese “exceso” de visualidad se logra a través de protagonistas femeninas portadoras de un magnetismo que ordena el entorno; los objetos y las miradas gravitan en torno a ellas. Sin embargo, ese poder representado es paradójico: se ejerce dentro de un marco estrecho de atributos –sensualidad medida, elegancia controlada, disponibilidad sugerida– que refuerzan la idea de que la feminidad valiosa es la que se ajusta al canon.
La manipulación digital: belleza sin límites
En la era digital, la belleza se ha convertido en un concepto tan maleable como los píxeles que conforman una imagen. La publicidad, especialmente la de perfumes, sigue siendo uno de los escenarios más influyentes en la construcción del canon de belleza femenino.
La edición extrema no es neutral. Normaliza una corporeidad que escapa a la experiencia cotidiana. Para el público, especialmente para las mujeres expuestas a estas imágenes desde la adolescencia, el mensaje es claro: la belleza aceptable se consigue borrando toda huella de realidad. La manipulación digital funciona como un quirófano invisible. El retoque suaviza pieles, borra poros, redefine contornos, alarga extremidades, afina narices y homogeneiza texturas. El objetivo no es únicamente embellecer, es estabilizar un ideal irreal.
Con la llegada de la edición digital, el canon se ha radicalizado. Programas de retoque permiten eliminar cualquier “imperfección”, ajustar proporciones corporales y crear pieles irreales. El resultado: mujeres que no existen en la realidad, pero que se convierten en referentes para millones de consumidoras.
Algunas marcas han comenzado a cuestionar esta práctica, apostando por campañas más inclusivas y menos retocadas. Han incorporado rostros y cuerpos más variados. Sin embargo, la diversidad a menudo aparece como una estrategia de ampliación de mercado, no como una transformación del imaginario. Se suma un tono de piel, un rasgo distinto, una edad más, pero el sistema de signos permanece, donde la mayoría sigue recurriendo a la manipulación digital como herramienta para reforzar el ideal aspiracional.
La lógica del retoque persiste incluso cuando se enarbola el mensaje “sin filtros”. La edición se oculta, se hace más sutil y, por tanto, más difícil de detectar. La diversidad se integra siempre que no cuestione el ideal de perfección. Así, la publicidad puede declararse inclusiva sin renunciar al canon que produce la fascinación y el deseo de compra. La paradoja es evidente: mientras la sociedad reclama diversidad y realismo, la publicidad continúa alimentando un imaginario donde la belleza es sinónimo de perfección artificial.
Consecuencias
El impacto de estas imágenes no se limita a los segundos que dura un anuncio o a la página de una revista. Convivimos con ellas en redes sociales, escaparates, pantallas, etc. La exposición constante genera comparación automática: ¿hasta qué punto mi rostro y mi cuerpo se acercan al estándar? Cuando la respuesta se aleja del ideal, aparece la fatiga estética: una sensación de inadecuación que empuja a rutinas, productos y procedimientos.
Además, la manipulación digital difumina la frontera entre fantasía y realidad. Si cada imagen parece “natural”, lo real se vuelve insuficiente. Los poros molestan, las arrugas desentonan, la luz del día no favorece. La vida cotidiana se percibe como una versión sin corrección de color. El problema no es desear verse bien; es confundir salud con borrado, autoestima con edición.
El anuncio promete empoderamiento, pero lo encierra en reglas. Te empodera si te adecuas, si te pulen, si encajas. El consumo opera como mediación: la mujer empoderada no es la que decide sobre su imagen, sino la que compra la imagen que otros diseñaron para ella. Y aquí la manipulación digital no solo “mejora” la estética: legitima jerarquías de clase, raza y edad bajo una pátina de lujo.![]()




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