Estados Unidos e Israel han vuelto a atacar Irán. El despliegue militar estadounidense en Oriente Próximo durante las últimas semanas ha culminado con una larga serie de bombardeos aéreos este 28 de febrero contra Teherán y al menos otras doce ciudades del país, donde la Media Luna Roja ya ha contado cerca de 200 muertos. Los ataques han matado al líder supremo del país, Alí Jamenei, al ministro de Defensa y al comandante de la Guardia Revolucionaria. Tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu han defendido la agresión aludiendo al riesgo existencial que supone la República Islámica para sus países, especialmente a través de su programa nuclear. Aunque las negociaciones seguían en curso, el presidente estadounidense ha repetido la misma fórmula que usó en Venezuela, lanzando una operación masiva mientras su Administración mantenía reuniones diplomáticas con el régimen iraní

La teocracia, que se encuentra en uno de sus momentos más débiles tras años de turbulencias económicas y las protestas ciudadanas de los últimos dos meses, ha respondido atacando territorio israelí y las bases norteamericanas de Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudí. La Guardia Revolucionaría de Irán también ha informado que está tomando medidas para cerrar el estrecho de Ormuz, la principal arteria petrolera del mundo. El conflicto, que se alargará durante días y que puede convertirse en una guerra prolongada y a gran escala, marca un punto de no retorno para Irán y Oriente Próximo.

 

Acabar con el régimen y provocar un cambio político en Irán

 

La amplitud de la operación y las propias declaraciones de Trump y Netanyahu dejan claro que el ataque de hoy no se limita a una operación de castigo orientada a limitar las capacidades nucleares y militares de la República Islámica y a forzar un acuerdo con sus dirigentes. El plan de ambos mandatarios es desestabilizar primero y acabar después con el régimen de los ayatolás, una obsesión que ha construido gran parte de sus carreras políticas durante años. Prueba de ello es que parte de los bombardeos se han dirigido contra los principales mandatarios del régimen iraní, incluido el ayatolá Jamenei, el ministro de Defensa Amir Nasirzadeh y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammed Pakpour.

Tanto Trump como Netanyahu —que este año se enfrentan a importantes procesos electorales— han visto una oportunidad inigualable en la debilidad del régimen iraní, que durante las últimas semanas ha repirmido con brutalidad las protestas masivas que han inundado el país. Las manifestaciones, donde han sido asesinadas 7.000 personas según HRANA, han provocado una brecha insalvable entre el régimen y la población iraní, que lleva años sometida a las dentelladas de la crisis económica, el empobrecimiento, la falta de libertades y la corrupción. A ello se suma el debilitamiento del Eje de la Resistencia, la red de alianzas que mantenía el régimen con distintas milicias a lo largo de Oriente Próximo y que ha quedado muy mermada tras el enfrentamiento con Israel desde los atentados de Hamás en octubre de 2023.

Mapa geopolítico de Irán y su influencia en Oriente Próximo

Pese a esto, para Estados Unidos será más difícil imponerse en Irán de lo que fue en Venezuela. Por un lado, las exigencias estadounidenses apuntan directamente a las propias garantías de supervivencia del régimen, como el programa nuclear, por lo que es muy complicado que acepte doblegarse a las demandas. Por otro lado, Irán es el doble de grande y tiene tres veces más población que el país caribeño, además de contar con un régimen más cohesionado bajo el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei y la Guardia Revolucionaria. Además de ser el brazo represor y protector del régimen, este cuerpo tiene influencia política, supervisa el programa nuclear y controla sectores económicos clave. 

Con la muerte de Jamenei y algunos de los principales mandatarios, las opciones de supervivencia del régimen pasan por aguantar el shock del primer ataque y extender el temor a los costes de un conflicto prolongado. La teocracia está diseñada para sobrevivir a la muerte del líder supremo, pero la presión bélica de Estados Unidos e Israel también podría hacer chocar a la Guardia Revolucionaria con los sectores políticos pragmáticos y el Ejército, que priorizan la estabilidad del Estado sobre la continuidad del régimen. El descabezamiento de la teocracia no asegura un transición dócil y calmada. De hecho, la ausencia de una oposición organizada abre la posibilidad a un conflicto civil, al desgobierno y el caos interno. 

 

Sin alternativa a la República Islámica

 

Pese al impacto del nuevo ataque estadounidense, ni siquiera la caída de la actual República Islámica llevaría a sus opositores al poder. Los principales grupos contrarios al régimen de los ayatolás están en el exilio y fragmentados, y no tienen estructuras dentro del país. Por un lado está el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán. Heredero de los Muyahidines del Pueblo (MEK, por sus siglas en inglés), su pasado terrorista y desestabilizador ha pesado más que los intentos recientes por servir de plataforma internacional. Por otro lado está el príncipe heredero Reza Shah Pahlaví. Aunque intenta erigirse como un árbitro imparcial y ha ganado legitimidad en el creciente nacionalismo iraní alejado del islamismo revolucionario, existen dudas de su capacidad para articular una alternativa a la República Islámica que resulte gobernable.

Mientras tanto, la oposición interna tiene dos frentes sin capacidades para cumplir sus objetivos. Uno es el de los reformistas o pragmáticos dentro del régimen, que incluyen al propio presidente Masoud Pezeshkian. Si bien estarían dispuestos a llevar a cabo algunas reformas aperturistas y a entenderse con Estados Unidos, están reprimidos por el ala dura y no tienen margen de maniobra para decidir el rumbo del país. El otro frente son las minorías étnicas: azeríes, árabes, kurdos y baluchíes, entre otras. Aunque suman casi el 40% de la población, sus aspiraciones autonomistas y separatistas chocan con el objetivo tanto de la República Islámica como de la oposición exiliada de mantener la integridad del territorio iraní. Finalmente, la juventud está cada vez más harta, pero también reprimida por la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij.

A ello se suma la idea de Trump de evitar un nuevo Irak para Estados Unidos. Sin una alternativa clara a la República Islámica, Washington no quiere desatar otro conflicto duradero en Oriente Próximo que dificulte su giro hacia América y para contener a China en Asia. El caso de Venezuela es un ejemplo de ese pragmatismo. Trump descartó imponer al ganador de las elecciones de 2024, Edmundo González, y a la líder opositora María Corina Machado, ambos en el exilio, ya que el régimen chavista controla el aparato estatal y represor. En cambio, optó por descabezar al régimen asegurando un continuismo favorable y por ahora estable. En Irán, a los bombardeos les han seguido las declaraciones de Trump y Netanyahu pidiendo a la ciudadanía que se hagan con el poder, algo que choca con la idea de mantener un régimen dócil e inoperante, ya complicada de por sí. 

 

El cierre del estrecho de Ormuz, una crisis energética en el horizonte

 

El estrecho de Ormuz, ubicado entre Irán y Omán y puerta de entrada al golfo Pérsico, es el principal cuello de botella de hidrocarburos del mundo, por donde pasa el 30% del mercado del petróleo y el 20% del gas natural licuado global. Durante años, Irán ha amenazado con bloquearlo y ha llegado a limitarlo puntualmente, pero el cierre que ahora anuncia la Guardia Revolucionaria supondría un grave problema para la economía global, así como para las propias cuentas de Irán.

La República Islámica es el país con las terceras mayores reservas probadas del mundo y está entre los diez que más extraen. La sola amenaza estadounidense ha provocado inestabilidad en los precios del crudo, pero el ataque de hoy y la posibilidad de un cambio de régimen abre la puerta a un escenario mucho más impredecible. Pese a esto, Estados Unidos se ha convertido en los últimos años en un exportador neto de petróleo, por lo que Trump tiene más margen de maniobra ante las inestabilidad que pueda llegar al sector.

Por otra parte, y de igual forma que sucedió con Venezuela, si Estados Unidos consigue hacerse con el control de esta ruta de suministro también podría bloquear el envío de petróleo sancionado a China, su gran rival geopolítico. El 12% de las importaciones de crudo de Pekín el año pasado llegaron desde Irán, que tiene como destino principal de sus exportaciones de crudo al gigante asiático. Ese objetivo de Washington también formaba parte de la intervención en Venezuela, otro proveedor clave para China. Sumando el de Rusia, casi una cuarta parte del petróleo que importa Pekín está sujeto a sanciones, y el intervencionismo estadounidense también busca acabar con ese suministro que China consigue a través de una red opaca.

 

Hacia una nueva geopolítica en Oriente Próximo

 

La caída de la República Islámica o un debilitamiento irremontable abrirá una nueva etapa en Oriente Próximo. En primer lugar, supondría la victoria de Israel contra el Eje de la Resistencia. Es un cambio que lleva dándose desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023: el Estado hebreo ha debilitado al grupo palestino en la Franja de Gaza y a Hezbolá en Líbano, y ha atacado a los hutíes en Yemen y a otros proxies en Irak y Siria. A ello se sumó la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria en diciembre de 2024 y la guerra de junio de 2025 entre Israel e Irán, que Estados Unidos remató atacando las instalaciones nucleares iraníes. El Estado hebreo, a este paso, se consolidará como el policía de Washington en la región.

En segundo lugar, una derrota iraní —sin mayor inestabilidad— propiciaría un nuevo equilibrio en Oriente Próximo encabezado por Israel, Arabia Saudí y Turquía. Israel vencería al enemigo que consideraba una amenaza existencial, Arabia Saudí se impondría a su rival en el mundo musulmán y Turquía extendería su influencia sobre Siria. Los tres son socios de Estados Unidos, mientras que Rusia tendría que mantener su presencia a través de Turquía, Siria e Irán, y China su rol de mediador, como hizo entre Irán y Arabia Saudí, para asegurarse el suministro energético. Por su parte, las otras monarquías del Golfo también pretenden ganar peso con inversiones multimillonarias en la reconstrucción de Gaza, Siria o Líbano.

Sin embargo, este nuevo contexto realzará las disputas por el liderazgo regional y otras rivalidades emergentes. En particular, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han sido aliados durante décadas, pero se están distanciando. Pasaron de sostener la coalición contra los hutíes en Yemen a dividirse entre esas facciones. Asimismo, Abu Dabi se ha acercado a Israel, mientras que los atentados de Hamás y la respuesta israelí rompieron el acercamiento con Riad. Arabia Saudí y Emiratos también están enfrentados al otro lado del mar Rojo, apoyando respectivamente a Somalia y Somalilandia, al Ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido en la guerra de Sudán, y en el Cuerno de África a Etiopía y Eritrea, donde puede estallar una nueva guerra.

 

Estamos ante la erosión del orden internacional

 

Trump ha demostrado en este segundo mandato que cumple sus amenazas incluso cuando la contraparte ha cedido ante sus exigencias. En Venezuela, tanto Maduro como Machado le ofrecieron el petróleo, y terminó capturando a Maduro, descartando a Machado y controlando el crudo. Con Irán, la represión de las protestas y el desacuerdo ante las condiciones inaceptables para el régimen terminaron sirviendo para justificar el ataque. Por tanto, negociar y desplegar fuerza son caminos complementarios de la Casa Blanca hacia sus objetivos, donde las primeras le sirven para ganar tiempo y como excusa para después intervenir. 

Los siguientes en la lista son Cuba y, por qué no, Groenlandia México. Las conversaciones del secretario de Estado, Marco Rubio, con el régimen cubano transcurren en paralelo al corte del suministro de petróleo para hacer colapsar tanto al aparato castrista como a la isla. Por su parte, Trump y el vicepresidente J. D. Vance han seguido amenazando a Groenlandia y despreciando a Europa pese a los intentos del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, por apaciguar al presidente. Para Estados Unidos sería fácil hacerse con una isla poco protegida y poco poblada donde tiene presencia militar. En cuanto a México, la designación de los cárteles de la droga como grupos terroristas allana el camino a bombardearlos, como han propuesto Trump y otras figuras del Partido Republicano para combatir el narcotráfico hacia Estados Unidos.

Las intervenciones de Estados Unidos ya no son las guerras de Vietnam, Afganistán o Irak, pero tampoco ataques selectivos de otras épocas para asegurar su dominio. La captura de Maduro, los bombardeos en Irán y las amenazas a sus aliados europeos también están acabando con su ya escasa legitimidad y con el orden internacional. De ese modo facilita a Rusia legitimar la invasión a Ucrania, a China presionar más a Taiwán y el mar de la China Meridional, y a Israel culminar el genocidio en Gaza y la anexión de Cisjordania. A ello se suman los aranceles globales, el abandono de decenas de organizaciones multilaterales y la creación de la Junta de Paz. Ideada para la reconstrucción de la Franja, es una institución a medida de Trump para sustituir a la ONU, impulsar sus negocios y proyectarse como pacificador global. Sin embargo, este nuevo unilateralismo hace de Estados Unidos una potencia más peligrosa y del mundo un lugar más inseguro.