Bajo el lema Del origen al impacto: proteger la tierra y la vida frente a las tormentas de arena y polvo, Naciones Unidas vuelve a recordar en 2026 la importancia de prevenir, gestionar y mitigar los efectos de estos fenómenos meteorológicos, que afectan a la salud, la economía, la agricultura, los ecosistemas y la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.

Sumario

 

El 8 de junio de 2023 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución A/RES/77/294 para declarar el 12 de julio como el Día Internacional de la Lucha contra las Tormentas de Arena y Polvo. Desde entonces, esta fecha busca sensibilizar sobre unos episodios que no entienden de fronteras y que requieren cooperación internacional, intercambio de información climática y meteorológica, sistemas de alerta temprana y una mejor gestión del suelo y del agua.

La actualización más relevante para 2026 es que ya está en marcha la Década de las Naciones Unidas para Combatir las Tormentas de Arena y Polvo 2025-2034, proclamada por la Asamblea General mediante la resolución A/RES/78/314. Esta iniciativa pretende reforzar la cooperación regional e internacional y ampliar los esfuerzos para prevenir, detener y reducir los efectos negativos de estos fenómenos, especialmente en los países y comunidades más expuestos.

 

Un desafío para el desarrollo sostenible y la consecución de los ODS

 

Las tormentas de arena y polvo son un reto para el desarrollo sostenible porque afectan al medio ambiente, la salud, la agricultura, los medios de vida, el transporte, la energía y la economía. También contribuyen a la contaminación del aire y pueden agravar los impactos del cambio climático. Naciones Unidas recuerda que sus efectos se dejan sentir en todas las regiones del mundo y dificultan el cumplimiento de once de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente los relacionados con el hambre, la salud, el agua, el trabajo decente, las ciudades, la acción climática y los ecosistemas terrestres. Al menos el 25 % de las emisiones globales de polvo tienen origen humano, vinculadas a prácticas como la gestión insostenible del suelo y del agua, la degradación de las tierras o la desertificación. Sin embargo, esa misma acción humana también puede contribuir a reducirlas.

 

¿Cómo se forman las tormentas de arena y polvo?

 

Las tormentas de arena y polvo se producen cuando vientos intensos levantan partículas de arena, polvo u otros materiales desde la superficie terrestre y las transportan a través de la atmósfera, formando nubes densas que pueden reducir de forma drástica la visibilidad. Son fenómenos comunes en zonas áridas y semiáridas, aunque sus efectos pueden extenderse a miles de kilómetros del lugar de origen. Suelen estar asociadas a tormentas, cambios bruscos de presión o situaciones meteorológicas que incrementan la velocidad del viento en regiones amplias. Cuando los suelos están secos, degradados o desprovistos de vegetación, el viento puede arrastrar grandes cantidades de partículas y desplazarlas a escala regional, continental e incluso intercontinental.

 

Entre una y tres gigatoneladas de emisiones de polvo al año

 

Según la Organización Meteorológica Mundial, cada año entran en la atmósfera alrededor de 2.000 millones de toneladas de arena y polvo, una cantidad equivalente a 307 grandes pirámides de Guiza. Más del 80 % del polvo atmosférico mundial procede de los desiertos del norte de África y Oriente Medio, aunque puede viajar cientos o miles de kilómetros y afectar a regiones muy alejadas de su punto de origen.

El Boletín sobre Polvo Atmosférico de la Organización Meteorológica Mundial, publicado en 2025, advierte de que estos episodios afectan ya a unos 330 millones de personas en más de 150 países. Sus impactos van mucho más allá de los cielos turbios: pueden empeorar la calidad del aire, agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares, dañar cultivos, alterar infraestructuras, interrumpir el transporte terrestre y aéreo, reducir la producción de energía solar y aumentar los costes económicos para las comunidades afectadas.
 

Sirocco, Haboob, polvo amarillo o harmattan

 

Las tormentas de arena y polvo reciben muchos nombres dependiendo del lugar, entre otros, sirocco, haboob, polvo amarillo, tormentas blancas o harmattan.

En los últimos años, distintos organismos internacionales han alertado de que la degradación del suelo, la sequía, la mala gestión de los recursos hídricos y el cambio climático pueden favorecer episodios más frecuentes o intensos en algunas regiones. Aunque estas tormentas también cumplen funciones naturales, como transportar nutrientes que fertilizan ecosistemas terrestres y marinos, sus efectos negativos pueden ser muy significativos cuando afectan a zonas habitadas, áreas agrícolas, infraestructuras críticas o poblaciones vulnerables.

En España, este fenómeno resulta especialmente familiar a través de las intrusiones de polvo mineral sahariano, conocidas habitualmente como calima. La Agencia Estatal de Meteorología recuerda que estas intrusiones se repiten con frecuencia en nuestro entorno geográfico y tienen impactos en sectores como la salud, la agricultura, el transporte terrestre y aéreo o la energía solar. Para mejorar la prevención, AEMET ofrece mapas diarios de probabilidad de concentración de polvo mineral en superficie para la Península, Baleares y Canarias.

También destaca el papel del Barcelona Dust Regional Center, gestionado conjuntamente por AEMET y el Barcelona Supercomputing Center. Este centro coordina para la Organización Meteorológica Mundial las actividades de investigación y operación del sistema de asesoramiento y alerta sobre tormentas de arena y polvo en el norte de África, Oriente Medio y Europa, y distribuye predicciones diarias basadas en modelos como MONARCH.
 

Compendio sobre las tormentas de arena y polvo

 

En 2022 se puso en marcha el Compendio sobre las Tormentas de Arena y Polvo, impulsado por la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación. Este documento reúne conocimientos, herramientas y recomendaciones para mejorar la vigilancia, el pronóstico, la alerta temprana y la respuesta ante estos episodios. Además, subraya la importancia de integrar su gestión en las políticas públicas, la planificación territorial, la protección de la salud y las estrategias de adaptación climática.

El compendio recuerda que las tormentas de arena y polvo no son un fenómeno nuevo, sino parte de la dinámica natural de determinadas regiones del planeta. La diferencia es que hoy sus impactos pueden verse amplificados por factores como la presión sobre los recursos naturales, la degradación de los suelos, la expansión de zonas vulnerables y la exposición de infraestructuras y poblaciones cada vez más conectadas.
 

Pueden causar daños en océanos, cultivos, animales y en la salud humana

 

Cada año, las tormentas de arena y polvo transportan minerales y nutrientes esenciales que, al depositarse en los océanos, pueden actuar como fertilizante natural y estimular el crecimiento del fitoplancton, base de la vida marina y pieza clave en la captura de carbono atmosférico. Sin embargo, el mismo proceso también puede generar efectos negativos, como favorecer floraciones de algas nocivas, alterar ecosistemas marinos o transportar contaminantes y microorganismos a largas distancias.

Aunque no siempre provocan daños inmediatos o visibles, sus efectos acumulativos pueden ser importantes. En las zonas de origen pueden erosionar la capa superficial del suelo, afectar a los cultivos y al ganado, y reducir la productividad agrícola. En las regiones donde se deposita el polvo, especialmente cuando se combina con contaminación local, puede empeorar la calidad del aire y agravar enfermedades respiratorias o cardiovasculares. La baja visibilidad y la acumulación de partículas también pueden interrumpir comunicaciones, transporte, cadenas de suministro y producción energética.
 

Restauración de tierras, vigilancia y colaboración

 

La respuesta a estos fenómenos requiere un enfoque integral que combine prevención, adaptación y cooperación. Reducir la erosión eólica, restaurar tierras degradadas, mejorar la gestión del agua, proteger la cubierta vegetal y planificar mejor el uso del suelo son medidas clave para disminuir las fuentes de emisión de polvo y reforzar la resiliencia de las comunidades.

La mitigación en origen es fundamental, pero también lo son la vigilancia, la predicción y la comunicación temprana del riesgo. Los sistemas de alerta permiten anticipar episodios de polvo, informar a la población, proteger a las personas vulnerables y ayudar a sectores como el transporte, la agricultura, la energía o la salud pública a tomar decisiones con mayor margen de actuación.

En este contexto, la Década de las Naciones Unidas 2025-2034 ofrece una oportunidad para situar las tormentas de arena y polvo en la agenda climática, ambiental y sanitaria global. Su gestión exige ciencia, cooperación institucional, políticas públicas y concienciación ciudadana, porque lo que se levanta en una región puede afectar a la calidad del aire, la salud y la economía de territorios situados a miles de kilómetros.

Actuar desde el origen hasta el impacto, como propone el lema de 2026, significa proteger la tierra, cuidar la vida y prepararnos mejor ante un fenómeno natural cuyos efectos dependen, cada vez más, de nuestra capacidad colectiva para prevenir, anticipar y responder.

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