El Casino de Montbenon de Lausana (Suiza) sería un escenario perfecto para una película de James Bond. Situado en unos magníficos jardines y con vistas al lago de Ginebra y los Alpes, los criminales y villanos podrían hacer su entrada o escapar en lancha o helicóptero. El edificio en sí es tan bello como ornamentado, con el pequeño matiz de que nunca ha albergado una sala de juego.

Cuando me senté hace poco en su vasto comedor, no pude evitar sentir que una determinada historia se desarrollaba a mi alrededor –sin cuerdas que descendieran repentinamente del techo ni disparos de armas que resonaran en la sala–, pero el motivo por el que me habían invitado a un escenario tan impresionante se hizo de repente evidente.

Mientras estábamos sentados en un rincón apartado del restaurante, la conversación se apagó de repente y mi anfitrión se inclinó lentamente hacia delante y dijo: “Dime algo, Matthew, y espero que no te importe que te lo pregunte, pero cuando vemos lo que está pasando en el Reino Unido no podemos evitar pensar: "¿Qué coño está pasando? ¿Puedes explicarlo, por favor?”.

Seguramente es demasiado dramático sugerir que el restaurante se sumió en un silencio reverencial, pero ciertamente hubo una larga pausa mientras mis amigos y colegas europeos esperaban con profunda expectación mi respuesta.

Esa respuesta, en ese momento, fue débil, torpe e incoherente.

Algunos podrían decir que era, por tanto, un perfecto reflejo del estado de la política británica.

Pero el caos y la confusión actuales, la traición y la agitación exigen una respuesta más honesta y considerada. He aquí, pues, un segundo intento de responder a lo que podríamos denominar, al estilo Bond, “la cuestión de Montbenon”.

Casino Montbenon en Suiza.
Casino Montbenon: escena de un interrogatorio político. Shutterstock

En primer lugar, lo que está ocurriendo no tiene que ver solo con la primera ministra, Liz Truss. Su liderazgo –y el hecho de que se le hayan entregado las llaves del número 10 de Downing Street– es sintomático de una enfermedad mucho más profunda de la política británica: la falta de una visión nacional coherente. Un partido político o un líder sin una visión clara de lo que quiere conseguir, por qué lo quiere conseguir y cómo pretende conseguirlo es poco probable que disfrute del sabor del poder durante mucho tiempo.

Si ha existido una visión central en la política británica durante la última década, esta se vio envuelta por los cuentos de hadas del Brexit. El resultado ha sido un vacío político.

Después de años impulsando el Brexit o tratando de evitarlo, la élite política británica no tiene ninguna visión del futuro del Reino Unido tras su salida de la UE o de cómo recuperar un papel significativo en el mundo.

Peor aún, ahora que el país está al otro lado del Brexit, se encuentra en un mundo que, como ha demostrado la invasión de Putin a Ucrania, está casi definido por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad. Son riesgos que exigen amigos cercanos y alianzas estratégicas, no rigidez, pensamiento cerrado y retórica vacía.

 

Agotamiento político

 

La dimensión realmente significativa de la política británica en la actualidad no es que el gobierno conservador esté desorganizado –los efectos de la titularidad tienden a pesar mucho sobre cualquier partido después de un tiempo– sino que la oposición laborista también es débil.

Los recientes sondeos de opinión pueden sugerir que el partido laborista ha obtenido una gran ventaja sobre el partido conservador, pero mi sensación es que esta diferencia está alimentada por la desafección (negativa) hacia los conservadores más que por el afecto positivo hacia la nueva visión ofrecida por los laboristas. Los datos de la encuesta revelan que el número de personas que responden “sí” a la pregunta “¿tiene el Partido Laborista un objetivo claro?” ha caído del 65% en julio de 2019 a alrededor de sólo el 40% en la actualidad.

El conservador no es el único partido en apuros. El propio sistema de partidos se está desinflando.

En el pasado, cuando un partido gobernante se quedaba sin fuerzas, cuando su visión se había agotado, el péndulo de la política de partidos se movía y “los otros” tenían la oportunidad de inyectar algunas ideas nuevas. Pero si somos brutalmente honestos, la política británica parece ser el terreno de dos (y medio) partidos débiles y cansados, sostenidos solo por un sistema electoral desproporcionado.

Puede ser que lo que realmente esté ocurriendo es que las debilidades sistémicas y estructurales en la gobernanza del Reino Unido simplemente se estén haciendo más evidentes. La política británica está implosionando, en cierta medida, porque los principios y procesos a través de los cuales “hace” política simplemente no están alineados con las necesidades y demandas de una población cada vez más diversa y con visión de futuro.

La cultura política británica y las instituciones y procesos que la sustentan siguen siendo elitistas. Esto refleja sus orígenes predemocráticos, pero las tendencias tribales y el antagonismo agresivo parecen cada vez más anacrónicos. La política de Westminster es simplemente vergonzosa. Hay demasiados gritos y no se escucha lo suficiente. Es una política de patio de recreo de lo más patética.

El hecho de que la primera ministra y su (ahora ex) canciller fueran capaces de anunciar un paquete de políticas tan estridente en lo que llamaron un “minipresupuesto”, eludiendo el escrutinio formal y esencialmente “volando a ciegas” (como lo describió el gobernador del Banco de Inglaterra) con la economía de la nación revela el meollo del problema.

El poder está demasiado centralizado, las reglas del juego son demasiado opacas. Mientras el gobierno rema hacia atrás y la oposición se desgañita desde la barrera, sigue faltando una visión positiva para el futuro. Una visión, por ejemplo, que vaya más allá de la actual crisis del coste de la vida y que redefina el reto del cambio climático como una oportunidad positiva para invertir e innovar para las generaciones futuras.

Tengo la sensación de que la crisis de la política británica que estimuló la cuestión de Montbenon no muestra signos de remitir. Es posible que, si retrocedemos un poco, se trate de los pasos vacilantes de un antiguo régimen que necesita urgentemente una modernización y una renovación si se quiere recuperar algún sentido de competencia gubernamental, confianza pública y credibilidad global.The Conversation