Independientemente de si es o no Año Santo Jacobeo, las calles compostelanas desbordan gente entre los lugareños, los peregrinos y la creciente masa de los llamados “turigrinos”. Es esta una masa que, en cualquier época del año, visita la ciudad para sacarse un selfie desde los tejados de la catedral, que incívicamente hace un picnic en la plaza del Obradoiro o que, incluso, se desplaza hasta la costa atlántica para, simbólicamente, quemar sus botas o dejar harapos como “huella” (¡y qué “huella”!) de su paso por el fin del mundo.
Lejos parece quedar, en el espíritu de estos viajeros de spa resort y servicio de equipaje, el sentido de la peregrinación pregonado en el Veneranda dies, uno de los más conocidos y estudiados textos del Códice Calixtino: “el camino de peregrinación es cosa muy buena, pero es estrecho. Pues estrecho es el camino que conduce al hombre a la vida: en cambio, ancho y espacioso el que conduce a la muerte”.
Sin embargo, no dejan de mantenerse próximos al sentido etimológico del término, ya que, en origen, “peregrina/o” era quien que atravesaba otras tierras, lejos de su casa, como persona extranjera.
Jerusalén, Roma y Santiago
Aunque en el Medievo ya existía una importante red de santuarios de carácter más o menos local, los tres “destinos internacionales” preferentes eran, primero, Jerusalén y Roma, y más tarde Santiago de Compostela, en el extremo occidental del mundo conocido.
En un pasaje de la Vita Nuova, Dante explicaba que “peregrino” era quien iba hasta Galicia, porque, entre los Apóstoles, la tumba de Santiago era la que se encontraba más lejos de su patria. En cambio, a quienes viajaban a Jerusalén y Roma se les solía llamar “palmeros” y “romeros”, respectivamente. Con todo, los textos de la época muestran que esta distinción terminológica no fue, en la práctica, aplicada siempre tan rígidamente.
La peregrinación también podía imponerse como pena civil por haber cometido un delito (aunque, con el paso del tiempo, pudo conmutarse con una compensación económica) e incluso era posible que una persona hiciese una peregrinación en nombre de otra
Más allá de las razones espirituales y devocionales, por promesa o voto, en el Medievo se conocieron otras motivaciones. Por ejemplo, hubo viajeros movidos por la curiosidad y el afán de conocer. La peregrinación también podía imponerse como pena civil por haber cometido un delito (aunque, con el paso del tiempo, pudo conmutarse con una compensación económica) e incluso era posible que una persona hiciese una peregrinación en nombre de otra.
En cualquier caso, quien peregrinaba llegó a gozar de una consideración especial, amparado por leyes específicas. Además, en el plano de la redención, a partir de los siglos XI-XII se asistió a un nuevo panorama ante las primeras indulgencias otorgadas a quienes asistían a las Cruzadas.
Y a pesar de todo esto, ¿fue ajeno el peregrino medieval, ataviado con su bordón y su escarcela, a la picaresca del camino? ¿Había burlas o críticas hacia ciertos “peregrinos”? Los textos literarios de la época contribuyen a dar respuesta a las preguntas.
Perspectivas sobre la peregrinación
Las consignas publicitarias para persuadir a la población a emprender una peregrinación han existido siempre, y la literatura recoge muestras de ello. En la lírica occitana, Marcabru es considerado iniciador de la cansó de crozada, un tipo de composición que se desarrolló en el contexto histórico de las cruzadas.
Con un carácter diferente se presentan las cantigas de los trovadores gallegoportugueses, donde las muestras son bastante heterogéneas. Las llamadas “cantigas de santuario” promocionan ermitas sobre todo de carácter local. Hay también alguna cantiga dedicada a la peregrinación compostelana de Sancho IV y, cobrando distancia, otras se centran en motivos relacionados con Tierra Santa, el perdón y los falsos peregrinos, abordándolos desde una perspectiva satírica.
Pero d'Ambroa, ¿un ‘turigrino’ medieval?
Las canciones satíricas a las que nos referimos nos ofrecen una “instantánea” del siglo XIII, a falta de TikTok e Instagram…
El juglar de origen gallego Pero d'Ambroa, que se localiza en el entorno poético de Alfonso X, no dudó en alabarse por haber realizado un viaje a ultramar que, sin embargo, nunca habría llegado a concluir.
Esto sirvió de inspiración para un grupo de destacados trovadores que, conscientes de las fake news sobre tal aventura, dedicaron un ciclo de canciones satíricas a desenmascarar al falso peregrino. Lo acusaban de realizar a medias la cruzada, de rodearse de lujo y de mentir sobre su viaje.
Así se denuncia en los versos de Pedr'Amigo de Sevilha, delatando que fue a “morar en la mejor calle que encontró”. Más mordaz e incisivo es Pero Gomez Barroso, que afirma no haberle dedicado ninguna cantiga sobre el tema porque ni siquiera habría emprendido el viaje, pero amenaza con poner en conocimiento de la corte otros asuntos que dejarían al falso viajero en muy mal lugar.
La polémica estaba servida y el propio Pero d’Ambroa se defendió de las acusaciones, contribuyendo al diálogo satírico con el fin de defender su honor y reafirmar la autenticidad de su viaje.
El peregrino burlón que decía venir de Tierra Santa
El caso de Pero d’Ambroa no es excepcional. Un tal Sueiro Eanes ocupa el centro de la diana al que el trovador Martín Soares dirigió su dardo satírico con motivo de una improbable peregrinación a Tierra Santa.
En su canción, Martín Soares ataca al caballero, poniendo de manifiesto las inexactitudes geográficas, las etapas imposibles y la incongruencia del itinerario. Así, con burla e ironía, sugiere que la ciudad francesa de Marsella estaría más allá del mar, mientras que Acre (en el Reino de Jerusalén) estaría más cerca y que, a su lado, se encontraría la localidad pirenaica de Somport.
También propone que, tras recorrer distintos puntos de la península ibérica, Sueiro Eanes podría continuar su jornada desde Nogueirol y pernoctar en Jerusalén…
La ‘maleta’ de la peregrina
Hoy podemos reírnos de los peregrinos que viajan con servicio de equipaje, pero mucho más debió reírse el círculo literario de Alfonso X a costa de la “maleta” de María Pérez, soldadeira también conocida como Balteira.
Su proximidad a los trovadores alfonsíes favorecería que varios le dedicasen canciones de burla por una vida de vicio y perdición. Entre los textos del ciclo satírico de la Balteira, los versos del trovador Pero da Ponte se distinguen por el efecto cómico de sus dobles sentidos: como cruzada, María regresó de Tierra Santa cargada de perdón, pero fue perdiéndolo al albergar por las noches con unos muchachos.
Y es que el perdón –señala Pero da Ponte– hay que saber guardarlo bien, pero la “maleta” de María no tiene candado…