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Medio ambiente
29 de abril de 2017
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Lunes, 03 de octubre de 2016
Roger Font
El impacto ambiental de las mascotas
Un perro consume más recursos naturales que un 4x4, y un gato lo mismo que un utilitario, según un libro publicado por dos expertos en sostenibilidad
El gasto medio anual en un perro oscila en España entre los 700 y los 1.500 euros / Foto: Tanakawho - Wikipedia El gasto medio anual en un perro oscila en España entre los 700 y los 1.500 euros / Foto: Tanakawho - Wikipedia
Dejando de lado las consideraciones éticas sobre lo que supone para un animal ser convertido en una mera posesión doméstica o un juguete vivo y pasar el resto de sus días solo y encerrado en una pecera, un terrario, una jaula o un piso (que es una jaula algo mayor), la posesión de mascotas, una moda en auge en el mundo rico, está adquiriendo un impacto ambiental insospechado y preocupante. El mantenimiento de un perro mediano puede dejar una huella ecológica superior a la de un gran vehículo 4x4, y la de un gato, a la de un turismo; los animales domésticos están acabando con especies autóctonas en la mayor parte del globo y hasta la recogida de las heces de los canes en las calles –cuando se recogen– supone el gasto de millones de bolsas de plástico diarias que no se podrán reciclar.

En su libro ¿Hora de comerse al perro? La guía real para una vida sostenible, donde analizan el impacto para el planeta de nuestros hábitos y decisiones cotidianas, Robert y Brenda Vale, una pareja de arquitectos especializados en viviendas ecológicas de la Universidad de Victoria (en Wellington, capital de Nueva Zelanda), calcularon que para alimentar a un perro mediano tal y como lo hacen hoy los propietarios urbanos de animales de compañía hacen falta unas 0,84 hectáreas de terreno.

Un can doméstico necesita 0,84 ha para su sostenimiento. Un etíope vive con 0,67

A modo de comparación, para compensar las emisiones de un Toyota Land Cruiser que recorriera 10.000 kilómetros al año bastarían 0,41 hectáreas. De acuerdo con sus estimaciones, un gato casero de los que languidecen en tantos apartamentos tiene el mismo impacto en el medio ambiente que un Volkswagen Golf: ambos consumen los recursos de 0,15 hectáreas. Peor y más triste aún: con datos de 2004, un ciudadano vietnamita podía mantenerse con 0,76 hectáreas, y un etíope con 0,67.

Los Vale basaron sus cálculos en el consumo medio por parte de un perro mediano de 90 gramos de carne y 156 de cereales dentro de su ración total de 300 gramos diarios de piensos. Eso equivaldría, antes del procesado de estos alimentos secos, a unos 450 gramos de carne fresca y 260 de cereales. En un año, el animal de compañía habrá consumido unos 164 kilos de carne y 95 de cereales. Sin duda, mucho más que cientos de millones de habitantes humanos del planeta.

Dado que son precisos 43,3 metros cuadrados de terreno para generar un kilo de pollo –si es de cordero o de ternera, se requiere muchísima más superficie– y 13,4 metros cuadrados para producir un kilo de cereales, el mantenimiento de un perro mediano le cuesta al planeta las citadas 0,84 hectáreas. Si se trata de un animal mayor, un pastor alemán, la extensión puede superar netamente la hectárea (y no digamos ya si hablamos de un gran danés).

Vestidos y juguetes

Estas conclusiones se refieren únicamente al impacto ambiental de la producción de los alimentos que consume el animal y de su transporte. No tienen en cuenta el creciente número de accesorios de todo tipo con que los poseedores de mascotas los rodean en un intento cada vez más evidente de humanizarlos (juguetes, casetas, incluso vestidos...). El gasto medio anual en un perro (sumando comida, medicamentos, gastos veterinarios, complementos...) oscila en España entre los 700 y los 1.500 euros, lo que ha generado un enorme volumen de negocio: el sector facturó en España 848 millones de euros en 2014, año en el que había en el país 5.000 tiendas especializadas y 6.000 clínicas veterinarias, según la Asociación Nacional de Comercio de Animales de Compañía.

Pero el coste para el planeta de someter de por vida a otros seres vivos al antojo de un humano no se queda aquí. La enorme proliferación de mascotas las ha convertido en un grave peligro para la fauna autóctona, ya tan puesta al límite por la manera de vivir de sus dueños. Sea matando directamente a los animales salvajes –por mucho que se les vista con jerséis y lacitos, perros y gatos son depredadores–, estresándolos con su presencia o introduciendo enfermedades en sus hábitats, los llamados animales de compañía son una amenaza para especies en muchos casos en peligro de extinción.

Para la recogida de las heces se usan millones de bolsas de plástico de un solo uso

La asociación suiza ProNatura ha calculado que, en un mes de primavera, los gatos domésticos de aquel país pueden eliminar a un millón de ratones, 400.000 insectos, 350.000 pájaros y 50.000 ranas y sapos, además de ser la primera causa de muerte del escasísimo lagarto de arena, y ha reclamado que se cobre un impuesto de 370 euros a los propietarios de gatos sin castrar en un intento de contener su número.

En Australia, las autoridades estiman que 75 millones de animales endémicos (la cifra incluye pequeños vertebrados e invertebrados) mueren cada día en las garras de unos 20 millones de gatos domésticos que viven más o menos asilvestrados. En el XII Congreso Internacional de Manejo de Fauna Silvestre en la Amazonía y Latinoamérica celebrado el mes pasado en Quito (Ecuador) se difundió una encuesta realizada a 400 personas en la India rural en la que un 67% de los entrevistados dijo haber visto a perros persiguiendo o atacando venados o animales de similar tamaño, un 17% observó ataques a zorros, un 7% a conejos, un 5% a monos y un 4% a ardillas. Y eso, en mayor o menor medida, sucede en todas las zonas habitadas por el hombre en el planeta.

Con decenas de miles de perros hacinados en nuestras ciudades, cuyos propietarios consideran normal que hagan sus necesidades en las calles, plazas y parques, sus excrementos y orines se han convertido en un desagradable y serio problema de estética e higiene. Pero también medioambiental. Ante el temor a las sanciones, los cada vez más numerosos pero todavía insuficientes propietarios que recogen las heces utilizan para ello bolsas de plástico, mayoritariamente de polietileno, que tardan una media de 150 años en descomponerse –los ayuntamientos todavía no castigan las micciones, que se acumulan por todas partes–. Eso supone el gasto de millones de bolsas diarias, en un momento en que se está tratando de reducir el consumo de plásticos de un solo uso –la Unión Europea trata de erradicarlos para 2020–. Es decir, las mascotas provocan también muchas más emisiones de gases de cambio climático y un alud de residuos no reciclables.

Según el Informe de análisis y caracterización del sector de los animales de compañía del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, en 2012 había en España 3.588.016 hogares con al menos un perro, que en 2015 habían subido hasta 3.929.755. El estudio estimaba que el año pasado había unos 5.147.980 perros y 2.265.980 gatos en los domicilios del país. Respecto a 2012, eran un 10,37% más de perros y un 9,01% menos de gatos. En Estados Unidos, en 2012, eran 69.926.000 perros y 74.059.000 gatos. Los primeros salen cada día a evacuar en los espacios públicos de nuestras ciudades, mientras pasean cansinamente atados por el cuello al paso de un humano pendiente de su teléfono móvil en su único momento de libertad diario, a menudo a horas intempestivas. Hagan números. Y reflexionen por un instante sobre tanta necesidad de compañía no humana.

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