La solemne calma de la zona arqueológica de Teotihuacán, en México, se vio rota la mañana del 20 de abril de 2026. Detonaciones de arma de fuego interrumpieron la contemplación de los turistas. Un joven de 27 años tomó a varios rehenes, asesinó a una mujer canadiense e hirió a 13 personas. Al sentirse acorralado por la Guardia Nacional, se suicidó. Fue uno de los ataques más brutales por parte de un solo individuo en la historia del país. Y ocurrió en uno de los sitios turísticos más populares de México, con 1,8 millones de visitantes anuales.

En redes sociales, el agresor Julio Cesar “N” simpatizaba con grupos de ultraderecha. En su perfil de X, su descripción venía acompañada de la palabra en italiano “vinceremo”, que solía ser usada en la propaganda del líder máximo del fascismo Benito Mussolini. En su timeline, compartía fotos del caudillo del Fascio italiano y de Adolf Hitler. También reproducía contenido de Alianza Nacional (partido español neonazi) y de Manuel Andrino, secretario general de Falange Española. Allí expresaba discursos de odio contra los migrantes y el independentismo catalán. En Facebook seguía cuentas como “Extrema Derecha España”, “Patria Libre” y “Movimiento Franquista”.

En su mochila llevaba una foto elaborada con inteligencia artificial. En ella aparecía junto a los autores de la matanza de Columbine de 1999 y portaba una camiseta con la frase “Disconnect and Self-Destruct”, que se relaciona con la subcultura digital True Crime Community, cuyos miembros suelen glorificar los asesinatos masivos.

En la conferencia matutina que realiza el Gobierno de México todos los días, las autoridades confirmaron que la radicalización del joven de 27 años se gestó en internet y que este era admirador de ideologías fascistas. Una de las medidas anunciadas por los responsables mexicanos tras lo ocurrido consiste en aumentar la vigilancia de las redes sociales con el objetivo de identificar y prevenir potenciales amenazas.

Para la periodista ganadora del Premio Pulitzer Anne Applebaum, este tipo de espacios digitales forma parte de una “internacional del autoritarismo”. Un entorno en el que también participan influencers y que se financia y amplifica por medio de redes transnacionales.

 

Semilla digital de violencia

 

Lo que se consume en internet no es banal. Puede incubar resentimientos y propagar discursos de odio que salgan de la pantalla del teléfono móvil para materializarse de la peor forma. Desde hace varios años, son alarmantes los contenidos anónimos de violencia que circulan en la red y que se multiplican en foros y comunidades digitales.

El tema ha dado incluso el salto a las pantallas. Se aborda en la película El Drama, protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson. El personaje de la actriz pone en riesgo su relación al revelar que, en la adolescencia, intentó planear uno de estos eventos de alto impacto. Esta ficción molestó a familiares de las víctimas del ataque en Columbine.

Avance de la película El Drama, protagonizada por Zendaya y Pattinson.

 

Comunidad “incel”

 

En México, otros atacantes se han nutrido de mensajes de odio en lo que particularmente se conoce como la machosfera o manosfera. Es el caso de Osmar N, de 15 años de edad, quien el pasado 24 de marzo asesinó a dos profesores de su escuela preparatoria en el estado de Michoacán.

El joven se identificaba con la comunidad incel, un colectivo activo en internet que combina frustración sexual y misoginia extrema.

Los sucesos de Michoacán y Teotihuacán no representan hechos aislados. También se han registrado casos en la Universidad Tecnológica de Guadalajara (UTEG) y en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), plantel sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Una revisión sistemática de 78 investigaciones sobre el “fenómeno incel” concluye que esta comunidad se caracteriza por una ideología misógina antifeminista y “vinculada a atentados terroristas”. Otros grupos ligados a la manosfera son los MGTOW (Men Going Their Own Way) y los PUA (Pick-Up Artists).

 

Manuales para ser “un verdadero hombre”

 

La investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, Rebeca Vilchis Díaz, describe estos espacios a partir de una percepción del feminismo como el enemigo a vencer. En ellos se reproducen narrativas de victimización masculina y banalización de la violencia contra las mujeres. Ahí circulan manuales, foros y guías sobre cómo “ser un verdadero hombre” en un entorno percibido como hostil hacia la masculinidad.

Entre los referentes de la manosfera destaca The Red Pill (la píldora roja), una subcultura surgida en Estados Unidos y un portal del mismo nombre cerrado oficialmente en Reddit (plataforma con 100 000 comunidades), pero replicado en otros rincones de la red. Su nombre deriva de una escena de la película Matrix.

 

Congreso de masculinidades

 

Lo preocupante es que estos discursos de la machosfera no se quedan en la virtualidad. Se filtran en la cultura, la política o hasta la vida cotidiana, reforzando posturas ultraconservadoras, que chocan con los esfuerzos por construir sociedades más igualitarias.

Un ejemplo polémico fue el Congreso de Masculinidades realizado entre el 17 y el 19 de abril en el Santuario de los Mártires, en la Zona Metropolitana de Guadalajara (México), con el respaldo de la cúpula eclesiástica.

El encuentro, que contó entre sus ponentes al autor superventas Jordan Peterson y al exfutbolista del Barcelona Carles Pujol, ha sido calificado por organizaciones civiles como un espacio que promueve discursos misóginos, regresivos y vinculados a la machosfera.

 

La complejidad de vigilar y regular las redes

 

La agresividad digital no se limita a los foros de la machosfera. Otros espacios difunden teorías conspirativas, discursos de odio contra personas de la comunidad LGBTQ+, migrantes y refugiados, o hacen apología de la violencia criminal.

Lo cierto es que, para el Estado, sería una tarea titánica –y habría que discutir hasta donde le corresponde– vigilar las redes sociales. Algo aún más complicado si se tiene en cuenta que el adoctrinamiento se da también en grupos cerrados en aplicaciones de mensajería, donde es casi imposible rastrear sus dinámicas.

Por otro lado, algunas plataformas de redes sociales no se están autorregulando adecuadamente estas cuestiones. En X se despidió a los curadores de contenido bajo el pretexto de garantizar una supuesta libertad de expresión absoluta. Una medida que refuerza la tendencia de un algoritmo que privilegia ideologías ultraconservadoras.

 

Desinformación y odio

 

Los discursos de odio y las ideologías ultraconservadoras y radicales tienen una estrecha relación con la desinformación. Aunque no son lo mismo, parecen reforzarse mutuamente. Bulos y discursos de odio circulan a través de vectores similares: redes sociales, grupos cerrados, memes, videos, bots, influencers y fake media (medios de comunicación falsos) o portales con agenda de este tipo. En muchas ocasiones, unos y otros se entrelazan, pues sus difusores suelen recurrir a teorías de la conspiración, contenidos falsos o inexactos para legitimar posturas antiderechos y, en el peor de los casos, actos violentos.

Como ocurre con el combate a la desinformación, para impedir la proliferación de discursos de odio, resultan necesarias –aunque no suficientes– leyes simples y adaptables a los frecuentes cambios digitales, junto con un compromiso serio de autorregulación por parte de las plataformas. Y, por supuesto, fomentar en las instituciones educativas una cultura de paz que contrarreste estos mensajes nocivos.