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Medio ambiente
20 de octubre de 2018
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Miércoles, 03 de octubre de 2018
Joaquim M. Pujals (Sierra del Sueve, Asturias)
La ronca del gamo ya resuena en los montes de la península
Menos conocido que la berrea del ciervo, el ritual reproductivo de este rumiante de tamaño algo menor también resulta un espectáculo fascinante
Dos grandes machos hacen entrechocar sus cuernos en la sierra del Sueve (Asturias) / Foto: Roger Rovira
Dos grandes machos hacen entrechocar sus cuernos en la sierra del Sueve (Asturias) / Foto: Roger Rovira

En los últimos años se ha popularizado la observación de la berrea del ciervo o venado (Cervus elaphus), uno de los grandes espectáculos de la naturaleza en la península Ibérica, que tiene lugar entre mediados de setiembre y mediados de octubre, con la llegada de los primeros fríos y las primeras lluvias del otoño. Mucho menos conocido, pero igualmente espectacular, es el ritual reproductivo del gamo (Dama dama), que se inicia inmediatamente después, como cogiendo el relevo, en muchos parajes de nuestra geografía (con frecuencia, los mismos, compartidos por ambas especies).

En lo único en lo que el gamo no puede competir con su más voluminoso pariente es en la potencia de los sonidos guturales que emiten los machos para retar a sus rivales en la disputa por las hembras. Los potentes gemidos del ciervo pueden ser escuchados con nitidez hasta a tres kilómetros de distancia, mientras que el seco ronquido del gamo, que recuerda al croar de las ranas, sólo tiene una cobertura de unos 500 metros.

El seco ronquido del ungulado recuerda el croar de las ranas y se oye a 500 metros

Por lo demás, ambos rituales son casi idénticos: tras haber pasado la mayor parte del año aislados, los machos (que superan los 90 centímetros de altura en la cruz, la parte más elevada del lomo, y pesan entre 70 y 100 kilos) entran en celo, se reúnen en grandes claros y pelean duramente por las hembras (que alcanzan 70-80 centímetros de cruz y pesan entre 35 y 60 kilos) durante dos o tres semanas y establecen sus jerarquías internas para que después los vencedores se apareen con ellas.

La competencia es feroz: los rivales gritan hasta la extenuación, corren en paralelo midiendo sus fuerzas y el tamaño de sus cuernas y, cuando ninguno de los ellos admite la superioridad del oponente, hacen chocar con fuerza sus potentes cornamentas, planas y palmeadas en el caso del gamo, una característica que las hace únicas por su aspecto entre todos los cérvidos actuales.

Una vez en posesión de su propio harén, los machos dominantes permanecen en vigilancia permanente: durante las 24 horas del día no paran de correr de acá para allá para mantener unidas a sus hembras, de marcar en territorio con secreciones glandulares y de orina, de hacer frente a cualquier rival que trate de aparearse con ellas. Entre 30 y 40 días después de la ronca, éstas empezarán a ovular. En todo este tiempo, los machos apenas comen ni duermen y es la época del año en que resulta más fácil ver a los gamos (y también cazarlos).

"Aunque hay que tener cuidado para no interferir y alterar su comportamiento en un momento tan delicado, durante la ronca es cuando te puedes aproximar más a los gamos y fotografiarlos sin que adviertan tu presencia", comenta Roger Rovira, fotógrafo de naturaleza con 25 años de experiencia, durante los que ha retratado animales en cuatro continentes. 

Cuando se han producido ya las cópulas (las hembras solamente están receptivas uno o dos días) y todo ha terminado, los gamos “se quedan exhaustos y desaparecen: parece que se los ha tragado la tierra”, explica Jorge Méndez, uno de los guardas desde hace quince años (y ya con 27 en el oficio) de la Reserva Regional de Caza del Sueve, de unas 10.000 hectáreas de superficie, donde el año pasado fueron censados 560 ejemplares (lo que significa que con seguridad habrá unos cuantos más), que constituyen la única población de la especie en Asturias. Tras un periodo de gestación de unos ocho meses, las hembras darán a luz a una sola cría (son raros los partos de dos) entre mayo y junio, después de haberse aislado del grupo en los días previos al parto.

Especie cinegética

El gamo fue reintroducido con finalidades cinegéticas en estas agrestes y erosionadas montañas calizas que se alzan a apenas cuatro kilómetros de la costa oriental asturiana a principios de la década de 1960, con un centenar de ejemplares procedentes de los bosques de Riofrío, en Segovia. Y, a diferencia de otros lugares del principado donde también se intentó, aquí se adaptaron tan bien que “hace una quincena de años censamos 1.300 ejemplares y hubo que reducir la población intensificando la caza”, recuerda Méndez.

Los ganaderos se quejaban de que la nutrida colonia de gamos no dejaba crecer los pastos que compartían con sus rebaños y algunos ecologistas advirtieron del peligro para los raros bosques de tejos de la sierra, a causa de la erosión del suelo y la ingesta por parte de los cérvidos de los brotes tiernos. También hubo agricultores que denunciaron daños en sus campos de fabes, las afamadas alubias que constituyen el ingrediente fundamental de la fabada (en realidad, los animales iban en busca del maíz al que las asocian los cultivadores para que la planta de la leguminosa se enrosque en sus tallos).

Así que, ante la ausencia de depredadores naturales, las escopetas fueron las encargadas de rebajar las cifras demográficas del gamo asturiano, aunque esta situación podría cambiar en un futuro no muy lejano, puesto que por la cercana Reserva de Caza de Piloña, a una decena de kilómetros, ya merodea el lobo, que pese a las infraestructuras viarias interpuestas ha llegado hasta el mismo litoral cantábrico.

“No tardará en llegar aquí, y cuando lo haga esto será para él un paraíso, porque los gamos no están acostumbrados a su presencia”, opina el guarda, que desempeña sus labores en ambos espacios naturales. El Plan de Gestión del Lobo del gobierno asturiano ha establecido unas zonas “libres” de ellos en las que se permite matarlos, y entre ellas se halla el Sueve, así que de nuevo volverían a hablar las armas, pero “cazarlo es muy difícil, es un animal muy inteligente, sólo lo logramos cuando se despista, o como decimos nosotros, cuando se duerme”, revela.

La especie fue introducida en Iberia por los romanos, que la trajeron de Asia

La población de gamos del Sueve se mantiene estable desde hace unos años. La reserva autoriza la caza de entre 50 y 60 ejemplares al año, por los que los escopeteros pagan entre 2.000 euros (en el caso de turistas extranjeros) y unos 500-600 los poseedores de permisos nacionales o regionales (sin garantía de cobrar la pieza). El gamo es un negocio para la comarca en tanto que especie cinegética. Pero cada año son más las personas que ascienden a las estribaciones del pico Pienzu (de 1.161 metros de altitud, la cumbre de la sierra) atraídos por la posibilidad de ver a los ungulados en plenas disputas reproductivas, por lo que su presencia aporta un nuevo recurso económico al territorio.

Estamos en pleno periodo de la ronca del gamo. En las latitudes más meridionales, en las colonias de Doñana, de las sierras de Cazorla o del Segura, en los cotos privados cordobeses, donde se encuentran algunas de sus mayores poblaciones, los animales están en celo desde finales de setiembre. Estos días empiezan el proceso reproductivo los de la zona centro, como en Riofrío, la serranía de Cuenca o los montes de El Pardo, donde ya los cazaban en el siglo XVI los Austrias. Y en breve empezarán a roncar los gamos del Sueve, de Navarra, de los Aiguamolls de l'Empordà o del Pallars (ambos en Cataluña).

Porque el inicio del proceso reproductivo “depende de la latitud, pues es consecuencia del fotoperiodo, del número de horas de luz solar al que se exponen, cuya disminución estimula el inicio del celo, y el aumento de los niveles de testosterona”, revela Julián Santiago Moreno, doctor en Veterinaria por la Universidad Complutense de Madrid e investigador en el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA), uno de los mayores expertos en la reproducción de rumiantes del país.

El científico destaca que el gamo podría ser considerado una especie invasora, puesto que, extinguido en la península desde finales del Paleolítico, con la última glaciación, regresó de manos de los romanos como animal ornamental con ejemplares procedentes de Oriente Próximo, donde hoy en día apenas sobreviven algunos gamos en libertad en Irán.

“En 1914 se encontraba en estado silvestre exclusivamente en la cuenca cacereña del Tajo y en los Montes de Toledo, permitiendo las repoblaciones posteriores una distribución más extensa, pero constituyendo pequeños núcleos”, se señala en el estudio Ungulados silvestres de España: biología y tecnologías reproductivas para su conservación y aprovechamiento cinegético, coordinado por el doctor Santiago Moreno y su colega del INIA Antonio López Sebastián. 

Sumando todos esos pequeños núcleos aislados, la estimación actual de su censo en el conjunto de España es de unos 8.000 ejemplares, aproximadamente la mitad de los cuales habitan en parajes, parques naturales o nacionales gestionados por la Administración, y la otra mitad en cotos de caza privados. Estos días, todos ellos viven inmersos en el que es sin duda el momento más importante del año para su especie.

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