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Medio ambiente
19 de diciembre de 2018
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Lunes, 20 de junio de 2016
Alberto G. Palomo
Aceite usado y solidario
Una entidad recoge este residuo en restaurantes y comedores escolares, lo vende a empresas que lo reciclan como biocombustible y destina los beneficios a proyectos sociales
Laboratorio de la empresa Tracemar en Madrid, donde se analiza la calidad del aceite usado / Foto: Sigaus Laboratorio de la empresa Tracemar en Madrid, donde se analiza la calidad del aceite usado / Foto: Sigaus

Un litro de aceite usado tirado por el sumidero contamina 1.000 litros de agua. Si pensamos por un momento en la cantidad de aceite que se utiliza a diario en las cocinas de nuestro país, llegaremos a la conclusión de que es necesario darle una salida ecológica a un residuo que, como casi todos, puede convertirse en un recurso. En Rastro Solidario la han encontrado. Igual que otras asociaciones y empresas privadas que ya se encargan del reciclaje de este producto, le dan un nuevo uso y destinan los fondos obtenidos a proyectos que van desde la reinserción social hasta la protección de animales.

El problema medioambiental del aceite utilizado para freír o guisar tiene una complicada solución en nuestras ciudades. Hace unas semanas se conocía que más de 500 cubos con una capacidad de 240 litros esperaban vacíos en un punto limpio de Madrid. Ahí es donde hay que llevar el residuo pero, según empresas como Researve (encargada de la recogida y el reciclaje de aceite vegetal y de cocina usado), apenas un 30% del recogido se recicla, por lo que esta actividad es "una asignatura pendiente". A este líquido, ellos –por ejemplo– le dan una segunda existencia como combustible. Algo que, junto con fabricar jabón, velas o detergente, puede ser el remedio a este derroche contaminante.

Otros segundos usos para este recurso son fabricar jabones, detergentes o velas

José Ramón Cuesta, presidente de Rastro Solidario, resume cómo nació esta iniciativa, radicada en Valencia pero con presencia en toda España: "Vimos como algo aprovechable podía servir para financiar otras labores y cumplir un doble objetivo: ayudar a otra gente y dejar de ensuciar el planeta". ¿Cómo lo hacen? Utilizan, apunta, la "economía social". En realidad, esta entidad presta sus servicios como "intermediarios". A saber: un equipo formado por voluntarios y cuatro empleados tiene como meta conseguir fondos para otras agrupaciones. Ellos recogen el aceite usado en restaurantes y comedores escolares y lo llevan a las instalaciones de una compañía que lo transforma en biodiésel. El dinero conseguido se reparte entre las más de 30 ONGs beneficiarias. Algunas de ellas trabajan en países como India o Senegal. Otras ayudan a reintegrarse a personas en riesgo de pobreza o de marginalidad en lugares más cercanos.

"Los negocios que colaboran consiguen una acreditación como amigos del medio ambiente. Las empresas que lo transforman obtienen un litro de combustible por cada litro de aceite usado, así que el negocio les sale redondo. Y con lo que nos pagan podemos ser los mediadores para recaudar fondos, distribuirlos entre las entidades colaboradoras y dotar de un salario a nuestros trabajadores", explica Cuesta.

Rendimiento económico

Este arquitecto de 46 años dejó a medias su proyecto de final de carrera al darse cuenta de que lo que quería era echar una mano a aquellos que hacían cosas por los demás. "Pensaba que los métodos de captación de socios y de recaudación de dinero estaban ligados a la caridad. Solo tenían un método, el de recolectar dinero en la puerta de centros comerciales o en las plazas de las ciudades", expone, "así que creí que se podía sacar –como hacen otros muchos– un rendimiento económico de actividades con resultados medioambientales positivos y, encima, no lucrarme, sino repartirlo".

El decreto que regula el destino de este residuo, el 279/2006, establece las medidas "para prevenir la incidencia ambiental de los aceites industriales, así como para reducir la generación de aceites usados tras su utilización o, al menos, facilitar su valorización, preferentemente mediante regeneración u otras formas de reciclado". En el apartado correspondiente a las obligaciones de los productores se encuentran la prohibición de verterlo en aguas superficiales o subterráneas, disponer de un espacio para su mantenimiento sin que contamine el suelo y llevar un control somero del tipo y la cantidad que producen. La gestión municipal, sin embargo, apenas cumple con su labor de almacenaje. Por eso, el tratamiento de estos residuos se ha convertido en un nicho para empresas que buscan la rentabilidad y para asociaciones sin ánimo de lucro.

El dinero se reparte a más de 30 ONGs de cooperación o reinserción social

Rastro Solidario compagina la actividad con la integración de personas en riesgo de marginalidad o con algún tipo de discapacidad física o mental mediante la inclusión de las mismas en su equipo o con la ayuda que presta a fundaciones o asociaciones que trabajan con ellos. "Queríamos demostrar que no se trata de dinero, sino de dotar de herramientas. De hacer ver a las asociaciones que se pueden financiar con una labor ambiental y sostenible. Las donaciones se acaban, pero la rueda que conforma el reciclaje crea un ciclo que fluye". Además, se ahorra en el desgaste de las depuradoras que dependen de los presupuestos municipales, se evita la movilidad con combustibles fósiles y su huella ecológica y se aporta un grano de arena a las nuevas formas de economía sostenible. Todos ganan y nadie pierde.

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